—¿Tú consideras que te has distraído, Rebeca? —Intento sonar lo más simpático posible. La sonrisa que me ofrece es la de la chica dulce que sabe que ha cometido una travesura. Vuelve a mirar a su alrededor, mordiéndose el labio y cuando desliza sus ojos a mí, chasquea la lengua. —Creo que me emocioné, tienes razón… —Levanta las manos como si yo estuviese a punto de explotar. Solo me tiembla el ojo, pero ni eso le demuestro—. Pero lo acomodaré, te lo prometo. —No tienes nada que acomodar, le pediré a… —¿A quién? —replica mordaz—. ¿A la servicial de Irina, Vladimir? Porque si es así, no la quiero aquí en nuestra habitación. «Maldita seas, mujer. ¿A qué juegas?». Me muerdo la lengua, porque si me defiendo, pierdo. —Contrato personas especiales y capacitadas para ordenar el vestidor, Re

