Rebecca sabe perfectamente lo que implica romper este compromiso. Su poder es real, no es una ilusión. Sabe que es una carta que puede jugar contra mí. Y eso me enfurece más. Mi mandíbula se tensa, mi mano libre se cierra en un puño que muestra el blanco en mis nudillos. Porque para mí, Rebecca no es solo el pago de una deuda del pasado, no es solo el peso de las expectativas familiares. Es... mía. Y esa obsesión me consume de maneras que no sé cómo controlar. Me consume tanto, que no me atrevo a decir en voz alta la verdadera razón por la cual la quiero a mi lado. El silencio de mi padre lo siento como una condena. Cuando me mira de esa manera, siento que está mirando a través de todos los muros de concreto que por años me he esforzado en construir. —¿No la más? —Las palabras salen

