TENÍA EL CUARTO repleto de ropa por todas partes. Había vaciado prácticamente todos los cajones y el armario tratando de decidir qué me llevaría. Durante la semana previa, había tomado la decisión y luchado por convencerme a mí misma de no dejar que me afectara el hecho de tener que pasar un verano entero con Kai Morgan. En su casa. Éste iba a ser mi verano a pesar de todo e iba a disfrutarlo como yo quería. Ya buscaría la manera de conseguirlo.
—¡Georgie, nos vamos en diez minutos! —la voz de Elliot resonó desde el otro lado de la puerta.
Bufé observando el estropicio que tenía en mi cuarto, llevándome la mano a la frente. Dios, estaba todo hecho un desastre. Rápidamente, comencé a elegir algo de ropa, decidiendo que ya me compraría algo por ahí. Ya tendría tiempo para ir de compras. Buen método para perderles de vista. Metí todo lo que pude en la maleta y la cerré con algo de dificultad. Tras una final pero victoriosa pelea con ésta, salí de mi cuarto. Nada más bajar, salimos de casa. En la calle, Kai nos esperaba. Había venido a buscarnos, cómo no.
—¡Buenos días! —saludó Kai con una amplia sonrisa en su rostro. Se alzó el capó del coche donde estaba apoyado.
Entonces lo vi. Bajé mis gafas de sol para ver mejor lo que tenía frente a mí. No podía ser. Un Ford Mustang descapotable rojo, del 69, estaba frente a mis ojos. Oh, Dios, ese coche era precioso, una completa joya. No hacía falta saber mucho sobre coches para reconocer que ese, era un coche que cualquiera desearía.
—¿Te gusta? —preguntó Kai, dándose cuenta de que me había quedado embobada. Al igual que yo lo hice, me recompuse lo mejor que pude y seguí andando hacia el coche mostrando indiferencia.
—Los Mustang están sobrevalorados —comenté de mala gana mientras pasaba por su lado sin tan siquiera mirarle. Escuché una pequeña risa suya por mi comentario y no pude evitar sonreír ligeramente de lado.
No iba a darle el gusto de llevar la razón.
Los tres subimos al coche y emprendimos el viaje. Yo iba detrás, apoyada sobre la puerta del coche con mis brazos cruzados y mi cabeza sobre ellos. El viento ondeaba mi pelo y el sol de verano calentaba mi piel, dándome una sensación de placer.
Apenas había una hora y poco más de viaje. No vivía muy lejos, al parecer. La verdad, tenía curiosidad por saber dónde, y cómo, vivía Kai. Nunca había estado en su casa, ya que prácticamente vivíamos peleándonos y nunca me apuntaba a ninguno de sus planes con mi hermano. De hecho, nunca me había interesado en nada que tuviera que ver con él, así que no le conocía en absoluto. A menudo trataban de que me uniera a sus planes pero constantemente rechazaba su oferta.
—Ya verás, Georgie, te va a encantar.
—Lo dudo —respondí sin mucho afán. Cuanto más nos acercábamos, más cambiaba mi humor al respecto. De nuevo, no quería tener que atravesar un verano así, no como yo había planeado.
Minutos más tarde, dejé de notar la luz del sol sobre mi piel y eso me hizo abrir los ojos de nuevo. Al hacerlo, me sorprendí completamente ante lo que mis ojos veían. Estábamos en un camino, atravesando lo que parecía un pequeño bosque. Me sentí por momentos confundida, ¿Este chico vivía en una cabaña o algo por el estilo? Ni de broma iba a pasar mi verano perdida en el bosque.
Así como mis ojos continuaron analizando aquél lugar, pronto, pude ver algo totalmente diferente frente a ellos. Mi boca se abrió de la sorpresa, quedándome sin habla.
A lo lejos, se dejaba ver una enorme casa gris y blanca. Y cuando digo grande, es grande. El terreno que la rodeaba era sumamente amplio y estaba acompañada por árboles, arbustos y algunos setos que la complementaban de una forma realmente bonita. Había una enorme pero sencilla fuente delante de la entrada. El agua brotaba creando una imagen espectacular. No podía creerme lo que estaba viendo. Esto no podía ser la casa de Kai. Ni de broma, me niego a creerlo.
Avanzamos hasta llegar a la entrada de la casa y el coche se detuvo, aparcando. Los chicos bajaron y, de nuevo, tuve que parpadear varias veces, confusa, ¿En serio vivía aquí? Bajé del coche tomando mi maleta conmigo y me acerqué hasta ellos.
—¿A quién le has robado la casa, Morgan? —salió de mis labios sin pensar. Kai rió, pero no respondió. Elliot me dio un golpe como reprimenda por mi comentario y nos desafiamos un segundo con la mirada.
Abrió la puerta y los tres entramos en la casa. Mi boca se abrió todavía más al ver el interior de ésta.
Había un amplio salón frente a mí. La casa era toda blanca por dentro, con ventanales que permitían que la luz del día la iluminara al completo. A mi derecha había un pequeño salón de estar con un chaise longue, de al menos unos tres metros, que daba a una gran chimenea. Había algunas plantas decorativas alrededor y algunos cuadros colgados en las paredes.
A mi izquierda, había otro salón que parecía más bien para tomar algo. Había un minibar en uno de los lados y una mesa alta, haciendo de barra, con algunos taburetes. Estaba fascinada por lo que mis ojos estaban viendo y todavía trataba de procesar el hecho de que todo esto fuera realmente de él.
Seguí a los chicos, atravesando la casa y llegamos hasta una escalera. Plegué el asa de mi maleta y me dispuse a cogerla, pero unas manos entorpecieron mi tarea.
—Deja, yo la llevo —dijo Kai, sorprendiéndome. ¿Él siendo amable? Observé por unos instantes cómo cogía mi maleta y comenzaba a subirla. Creo que era la primera vez que Kai me hablaba y no era para meterse conmigo—. Vamos, pequeña —añadió burlón, sacándome de mi pequeño trance. Otra vez no. No, no ese tipo de "pequeña". Todo empezó siendo un "pequeña Davies" y con el tiempo acabó acortándolo. Si fuera con otras intenciones, Elliot jamás le permitiría llamarme así.
Subí tras ellos. Todavía no sabía qué pensar. Intentaba recordar algún comentario, pista, momento en el que alguien mencionara esta casa. Nada. ¿Cómo tenía una casa como esta? Finalmente, llegamos al piso de arriba y andamos por un largo pasillo.
—Ya sabes cuál es tu cuarto, Davies.
Por un segundo dudé pero luego caí en que se refería a mi hermano. Elliot se metió en una de las habitaciones y yo me detuve frente a la puerta, observándole.
—Eh, pequeña. Por aquí —dijo Kai en alto, captando al instante mi atención y alzando su mano hacia mí.
Anduve hasta él y me detuve ante otra puerta. Él abrió ésta y ambos entramos en la habitación, mis ojos observándola sorprendida. Era luminosa, con algunos cuadros en las paredes, una gran cama en el centro, baño propio, espaciosa... Vaya, no está mal, nada mal.
—Es tu casa. Al menos durante el próximo mes —comentó Kai, encogiéndose de hombros.
—Ya, bueno, no por elección propia —espeté, intentando parecer molesta. No podía estarlo ahora mismo viendo semejante casa. Mi hermano me había contado algunas cosas, sí, Me había dicho que él tenía dinero, pero, ¿Tanto? Esta casa debía valer, al menos, millones.
—Eso duele —respondió él ante mi hachazo.
—Oh, ¿He herido tu pequeño y retorcido corazón?
De nuevo le resulté divertida. Caminó hacia la puerta para irse pero se detuvo un segundo, girándose hacia mí.
—Estaremos en la piscina —informó y, sin más, se fue.
Me quedé unos instantes más observando la habitación tras ver la puerta cerrarse. Esta iba a ser mi casa durante el verano. A una parte de mi le provocaba cierto cosquilleo agradable ante la idea de pasar el verano en una casa como ésta. Sería una pasada. Por otro lado, seguía algo inquieta por tener que aguantar a Kai todo este tiempo, pero haría lo posible por no dejar que él fastidiara mi verano.
Media hora más tarde, tras colocarme el bikini que me había comprado semanas antes para estrenarlo y el pareo a conjunto, me puse las chancletas y salí de la habitación. No había deshecho la maleta del todo, aunque como tampoco traía gran cosa, no era problema. Mañana me iría a centro comercial.
Todo la casa estaba completamente en silencio, parecía no haber nadie. Caminé por el pasillo hacia las escaleras y bajé. No sabía hacia dónde ir, no conocía la casa en absoluto. Llegué hasta el salón en el que que había estado nada más entrar y me dirigí al ventanal de la sala de estar, mirando a través de él. Había un gran jardín, cubierto con césped. Mis ojos descendieron y encontraron el pomo del ventanal. Abrí éste y salí hacia fuera.
Anduve, desconfiada todavía, por aquél jardín observándolo todo atentamente. Estaba muy bien cuidado. El césped perfectamente cortado y cuidado. Pequeños matorrales y setos correctamente recortados y alguna que otra escultura a lo largo de éste. Increíble, pensé de nuevo. A los pocos metros de andar, comencé a escuchar ruidos. Parecía alguien lanzándose al agua. Bien, no estaba muy lejos, había encontrado la piscina. Caminé hacia éstos, que cada vez eran más fuertes, y finalmente pude verla. De nuevo, mis ojos se abrieron ampliamente admirando lo que veían.
Una gran piscina rectangular se extendía a lo largo del lugar y Elliot nadaba en ella. Desbordante, y el agua estaba tan cristalina que podía verse el reflejo de la casa en ella. Un pequeño dibujo en el fondo de ésta era perceptible. Echando un vistazo al resto mientras andaba, visualicé una mesa y una pequeña barbacoa.
—Por fin vienes —comentó Elliot al verme, saliendo del agua.
—Sí, bueno, no encontraba la piscina. Nadie se ha dignado a enseñarme la casa —añadí en alto, desviando la mirada hacia Kai.
—Si querías un tour por la casa, sólo tenías que pedírmelo, pequeña —respondió él y no pude evitar rodar los ojos mientras me acercaba.
Alcancé la mesa y observé por un segundo a Kai, preparando ya la comida.
—No me llames pequeña —demandé cortante mientras examiné todo lo que había en la mesa. Mojitos, bien. No me vendría mal emborracharme un poco para poder aguantarle mejor, así que me serví una copa.
—¿Entonces, cómo quieres que te llame? —preguntó con ese tono tan suyo.
—Prefiero que no me llames —respondí y di un trago largo a mi copa, terminándomela, sin apartar la vista de él. Me volví a servir otra.
—Cuidado, no quieras ir tan rápido —comentó al ver que me servía de nuevo.
—Es la única forma que tengo para poder aguantarte.
Así como le lancé una última mirada de desaprobación, pasé por su lado y me dirigí hacia una de las tumbonas que había allí. No pude evitar sonreír ligeramente de lado tras darle la espalda, habiendo escuchado su risa ahogada por mi comentario. Me senté en la tumbona, quitándome el pareo, para luego acostarme en ella. El sol era cálido, sin molestar mucho y dejaba una sensación agradable en la piel. Podía pasarme aquí horas. Apenas se oían ruidos, ya que estábamos alejados del barrio y la tranquilidad invadía el lugar. Dejando tan sólo una sensación de calma. La verdad, todo esto no estaba mal. Y con lo grande que era la casa, perderse sería fácil.
—¿Vienes a darte un baño? —dijo una voz, sacándome del trance en el que me encontraba minutos después. Joder, Kai. Al abrir los ojos comprobé que él estaba sentado en la tumbona de al lado, con sus ojos ya puestos en mí.
—¿Contigo? Ni en tus mejores sueños —respondí y volví a cerrar los ojos.
—Está bien, tú te lo pierdes.
Oí que se alzaba de la tumbona y se iba. Mis ojos, curiosos, se abrieron y le vieron quitándose la camiseta que llevaba, quedando tan sólo en bañador. Le observé y no pude evitar morder mi labio inferior. Tenía una espalda realmente bonita. Nunca le había visto así. Mi mirada descendió hacia su trasero y mi cabeza se ladeó. También tenía un buen culo. Él se dio la vuelta al llegar a las escaleras de la piscina y entonces pude ver su torso. Estaba realmente fuerte, musculado, ¿Dónde tenía todo eso escondido?
—Hey, ¿Qué tal lo llevas? —la voz de Elliot me sobresaltó. Giré mi rostro hacia el con el pulso algo acelerado. Madre mía, me había quedado embobada mirando a Kai, ¿Qué narices acababa de pasarme?
—Eh... bien, supongo. No es lo que esperaba pero bueno —contesté y me encogí de hombros.
—Sabes que te quiero, ¿No? —dijo él, alzando una ceja.
—Lo sé, porque soy la mejor —presumí rodando los ojos. El sonrió y se acercó hasta mí, dejando un beso en mi mejilla. Se alzó llevando una mano hacia mi cabeza para luego revolverme el pelo antes de volver a lanzarse al agua.
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Habíamos comido. Para mi sorpresa sin que Kai me molestara. Los chicos estaban descansando en las tumbonas alrededor de la piscina bajo el sol. Todo sereno, plácidamente en silencio. Estaba en la mesa tomándome otro mojito y extrañamente disfrutando de aquella casa. Desvié la mirada hacia la piscina, observándola y tras no debatirlo mucho, me levanté decidida.
Me quité el pareo dejándolo en el suelo mientras iba hacia la piscina y sin darle más vueltas, me tiré de cabeza.
El agua fría chocó contra mi cuerpo y erizó mi piel. Al instante subí a la superficie, tomando una gran bocanada de aire. Nadé por la piscina haciendo algunos largos, yendo y viniendo varias veces tranquilamente. Esto, por ahora, era lo más cercano a un momento de paz total que había tenido desde que empezaron mis vacaciones.
Minutos más tarde, salí del agua. Tomé una de las toallas que había en una de las sillas para secarme un poco y me la enrollé al cuerpo.
Desvié la mirada hacia los chicos. Seguían descansando plácidamente bajo el sol. Sin saber muy bien qué hacer, caminé por el jardín. Volviendo por donde había venido anteriormente entré momentos después de nuevo en la casa.
Un estante con algunos libros llamó mi atención, causando que mis pies viajaran hacia allí como la devora libros que soy. Comencé a observar éstos, leyendo los títulos. Había lecturas interesantes y bastante buenas. Me costaba incluso creer que él tuviera éstas lecturas.
—Estos son mis favoritos —dijo una voz que me sobresaltó al instante, haciendo que me diera la vuelta. Kai, de nuevo—. Siempre los tengo a mano.
¿Qué hacía aquí? Seguía en bañador y no llevaba su camiseta puesta. Mis ojos no pudieron evitar echar un vistazo rápido. ¿Qué me está pasando? ¡Detente, Geo! Mi expresión cambió, intentando mostrar algo de desagrado por su presencia.
—Ven, quiero enseñarte algo —añadió y acto seguido comenzó a andar. Por un momento no supe si seguirle o no. Aún algo insegura, comencé a andar tras él.
Caminamos por la casa, llegando a un pasillo que había, y me llevó hasta una puerta. Pude ver por el rabillo del ojo que sonreía de lado. Entonces, abrió la puerta y los dos entramos.
Mi boca se abrió de la sorpresa al ver lo que había allí dentro. Era una sala enorme, con un montón de estanterías llenas de libros. Muchos libros. Mis ojos observaron aquella maravilla de habitación. Había un gran ventanal con unas vistas hacia un pequeño camino que terminaba en una playa. Unos sillones y un sofá de piel con una mesita de café en el centro, un pequeño rincón de lectura.
—Dijiste que te gustaba mucho leer, así que pensé que te gustaría ver esta habitación —explicó mientras yo seguía contemplando el lugar. ¿Qué? Recordaba cuando lo dije pero no creí que fuera a acordarse de tal tontería.
—Pero, ¿Tú sabes leer? —me burlé, alzando una ceja. El soltó una pequeña risa.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Gin —respondió deambulando por la biblioteca y mi corazón dio un vuelco. Gin. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre y no por algún apodo de los suyos. Nunca me habían llamado así. Gin, mi mente repitió, creando un extraño cosquilleo en mi estómago.
—Tampoco hay mucho que saber. Arrogante, pedante, mujeriego seguramente... —dije, rodando un poco los ojos ante esa última mientras caminaba hacia él—. Tendencia a molestar a pobres chicas como yo para divertirte.
—Si te dieras la oportunidad de conocerme, verías que eso no es así —ladeó su cabeza, acercándose también. Pude detectar una ligera, casi invisible sonrisa en su rostro.
Ahora que lo tenía más cerca, podía observarle mejor. Creo que nunca me había parado a hacerlo antes. Sus ojos eran entre azules y verde claros. Su nariz era respingona, pero bonita, y sus labios eran gruesos y carnosos. La barba algo larga, se extendía por su rostro cubriéndolo parcialmente. Su pelo n***o estaba revuelto y algo húmedo todavía. Y su sonrisa era realmente bonita, no podía negarlo en absoluto.
—¿Conocerte? —bufé soltando una pequeña risa—. No me hagas reír.
—¿Por qué no? A lo mejor te llevarías una sorpresa.
Alcé una ceja, mirándolo incrédula por sus palabras a la vez que intentaba analizar su expresión, al mismo tiempo que su actitud.
—Me parece que no, gracias —respondí finalmente dándome media vuelta para irme pero él me tomó de la muñeca, provocando que me detuviera. Me giré de nuevo hacia él.
—Yo me di la oportunidad de conocerte.
—¿Conocerme tú a mí? Lo dudo mucho.
Él intentó contener una sonrisa mientras movía su cabeza como si dudara sobre ello.
—Sé que te gusta leer... El café caliente por la mañana, no muy cargado y con mucho azúcar —su voz algo rasposa explicó—. Prefieres película y manta antes que salir de fiesta, aunque una locura de vez en cuando te gusta. Odias el brócoli, nunca te lo comes. Escuchas a Los Smith, amante del rock... —continuó, todavía acercándose más a mí—. ¿Sigo?
Me quedé totalmente sin palabras. Todo era cierto, pero me costaba creer que él se hubiera interesado en conocerme. Siempre era molesto conmigo, me vacilaba constantemente.
—Bueno, eso podría saberlo cualquiera —justifiqué, fingiendo indiferencia.
—¿Tú crees? —dijo con la voz todavía más ronca, algo pícara, acortando el espacio todavía más.
En ese momento, me di cuenta de lo cerca que estábamos el uno del otro. Tan sólo nos separaban unos centímetros, causando que mi corazón se acelerara estúpidamente. Bajé la mirada un instante y pude ver que él seguía cogiéndome por la muñeca. Sentí un pequeño cosquilleo recorrerme todo el cuerpo. Me solté de su agarre de mala gana, lanzándole una última mirada.
—No me conoces —sentencié y me fui de allí sin mirar atrás.