CAPÍTULO IV. VE EL CAYADO POR PRIMERA VEZ
Cuando ocurrió lo que voy a contar tenía ya dieciséis años, con esta edad salía con su padre a cazar, y así se le enseñaba el manejo de las armas, que en aquel tiempo había, sabía tirar bien con la honda y también con el arco además usaba un poco el látigo y la espada, y sobre todo era un experto en recibir palos cuando se trataba de aprender a defenderse con el cayado. Le daban tal cantidad de palos, que según decía su padre, “cuando le mandaba a entrenar con el cayado, empezaba ya a quejarse”, pero también sucedía que era una de las armas que en aquel entonces más se usaba.
Un día, estando de caza, y llevando el arco con él, le pareció ver un conejo, cogió el arco, apuntó y cuando la flecha salía, apenas tuvo tiempo de desviarla, pues vio que era su propio padre que estaba durmiendo detrás de un matorral.
El padre ni se enteró, pues no llegó a darle, pero él pasó tanto miedo en esos momentos, que desde entonces cuando salía a cazar, quería tener a toda la gente detrás de él y los compañeros protestaban y le decían,
―¡Claro, así se puede cazar bien!, si vas el primero, así siempre consigues más caza que nadie.
Pero volviendo al relato, cuando su padre despertó, se encontró al hijo muy nervioso, y encima le estaba metiendo una bronca tremenda, y el padre no sabía por qué, mientras José le decía,
―¡Pero hombre!, ¿cómo se os ocurre poneros a dormir al amparo de un arbusto?, ¿no veis que cualquiera que pase por aquí podría confundiros con un conejo y haberos matado o hecho daño?
Y así sin saber nada, el padre tuvo que aguantar la bronca del hijo y encima dar las gracias por su interés.
Cuando pasó algún tiempo, el muchacho le contó lo sucedido, y el por qué no quería que nadie estuviera delante de él cuando salieran de caza, y el padre se echó a reír, pues decía,
―Mira, encima que casi me matas, me echas una bronca, y voy y te doy las gracias ―Y luego le dijo―. Me parece bien la medida como prudencia, pero que en ese caso tienes que dejar que los demás disparasen alguna vez primero, pues sino parecerá que te estás aprovechando de las circunstancias.
Estos son pequeños detalles de la vida de un muchacho de provincia, como se podría decir ahora, sin embargo, a continuación, veréis algo que verdaderamente le causó una gran impresión, y le marcó para el resto de su vida.
Fue durante un viaje que hizo a la Capital, ya que él vivía en un pueblo cercano, marchaba a caballo con otros que también como él eran jóvenes, iban ellos delante, y en medio de camino encontraron a un pobre anciano, que apenas podía andar, y que marchaba cargado con un atado de leña, para venderla en el mercado.
Cuando pasaron con los caballos, el anciano cayó al suelo, los compañeros de José, en lugar de bajarse a ayudarle o ver si le había pasado algo, se empezaron a mofar de él, y así el hombre asustado y entre las patas de los caballos apenas sí podía gritar.
Y tuvo tan mala fortuna que uno de los caballos le pisó una pierna, y al punto quedó rota. El viejo gritó tan fuerte, que los de arriba se callaron y dándose cuenta de lo que habían hecho se marcharon corriendo.
José todo lo había visto desde atrás, y aunque también se había reído, no había intervenido. Se quedó y bajó del caballo y trató de ayudar al viejo, y éste lleno de furia le dio con el cayado que llevaba en la cabeza, pero José le dijo,
―Mira lo que me has dado me lo merezco por haberme reído en lugar de defenderte, por lo que estamos en paz, ¡déjame que te ayude!, y dime ¿dónde te puedo llevar?, pues no puedes caminar.
―Tengo que llevar a la ciudad para vender la leña, pues es el único medio que tengo para vivir ―contestó el viejo después de calmarse un poco.
―¡Por eso no te preocupes! ―le dijo José―. Te la compro, y ahora dime, ¿dónde te puedo llevar?, ¿y cómo te llamas?
―Me llamo José y soy carpintero, un día fui un hombre que tenía dinero, pero ahora como soy tan viejo y no puedo trabajar, me dedico a recoger leña y a llevarla a vender, y con lo que me dan vivo como puedo. Yo y mi mujer que se llama María, y que también es vieja como yo ―le contestó el viejo.
Esto extrañó al muchacho, ya que se llamaba igual que él, y también le recordó a aquella niña, que por nombre tenía el mismo que el viejo le había dicho que tenía su mujer, y estando así pensando se dio cuenta de que el viejo seguía en el suelo y de su boca salía un quejido mientras se apretaba la pierna herida. Con cuidado José le subió al caballo, y cuando se quiso poner en camino, el viejo le dijo,
―¡Señor, la leña! ―Al mismo tiempo que señalaba la leña tirada.
José la recogió y poniéndola en lo alto del caballo dijo al viejo,
―¡Indícame el camino, y te llevaré a tu casa!
Este se lo indicó, y cuando llegaron vio que tenía un taller que un día había sido importante por su amplitud, pero que ahora parecía una pura ruina, ¡todo estaba que se caía!
Y salió una mujer que apenas se tenía de pie, y se asustó mucho, y preguntó por lo que había pasado, y el viejo le contó todo, mientras José nada decía.
Cuando la mujer se hubo calmado un poco, José cogió al viejo en sus brazos y ayudado por el cayado que éste tenía, lo metió en la casa, y la verdad, nunca había estado en una casa tan grande y tan mísera a la vez, y preguntó a la mujer,
―¿Dónde está el lugar donde reposa? ―Pues no se atrevió a decir cama, ya que no sabía siquiera si tenían alguna.
Ella le contestó que dormían en el suelo, en unas esteras y unas pieles que allí había.
Cuando dejó al viejo encima de las esteras, hizo intención de marchar, más el viejo le dijo,
―Mira, ya que tienes buen corazón y eres bondadoso, haz la caridad completa y coge agua del pozo, ya que mi mujer no tiene fuerzas para subir el cubo, y yo era el que lo hacía y ahora no puedo.
José hizo lo que le pedían, y cogió el agua del pozo, y sacó un cubo y como el pozo era profundo, era pesado, y con el cubo dijo a la mujer,
―Dime, ¿dónde pongo el agua?, en verdad no me explicó, ¿cómo puede tu marido sacarla?, pues pesa en extremo.
―Mira, mucho más pesan los años que tenemos y la ingratitud de la gente y la tuya misma, aunque sin saberlo, pues mira que según has entrado aquí, solo has pensado en marchar y no en curar la herida que han causado tus amigos ―contestó la mujer.
―Mira mujer, que lees en mis pensamientos, te pido perdón por ello, más como aún es tiempo de reparar lo que no he hecho, déjame que lo haga ―contestó José avergonzado, pues decía la verdad.
Y diciendo esto se arrodilló al lado del viejo, y descubrió su pierna, y la vio, pensó que no tenía remedio, pues la tenía machacada y al ser huesos viejos, estos estaban destrozados. José volvió a dirigirse a la mujer diciendo,
―Mira, que no conozco nada de cómo se cura, ¡dime tú lo que se hace, y trataré de hacerlo lo mejor que sepa!
Y la vieja le dijo que fuera al bosque y que buscara unas hierbas, y luego cogiera unas ramas y desbrozara un árbol, y algunas cosas más.
El muchacho presuroso se marchó al bosque e hizo lo que le habían dicho, y llegó cargado con todo. Se extrañó de no ver al viejo tumbado y medio muriéndose. Estaba mucho mejor, y con la pierna que no parecía la misma, pues apenas tenía alguna herida y ésta era superficial, y dirigiéndose a la mujer la preguntó extrañado,
―¿Qué le has dado que ha obrado tal maravilla?, pues la pierna que vi, estaba en tal estado, que apenas sí tenía remedio, y ahora veo que mañana podrá caminar, y esto únicamente puede ser obra del cielo.
―Mira que te digo, tu bondad, tu buen corazón, tu humildad y tu generosidad, son el mejor remedio que podía tener, ¡deja todo eso en ese lugar y sígueme! ―le dijo el anciano.
Se levantó sin ningún esfuerzo y José no salía de su asombro y el viejo le dijo,
―Ven que te voy a enseñar una carpintería, y verás cómo se pueden hacer maravillas con ella.
Le fue enseñando todos los instrumentos, que, aunque viejos, los conservaba en buen estado, y le enseñó algunas piezas que aún conservaba como muestras, para demostrar lo que sabía hacer, y le dijo,
―Si tú quieres, con un poco de esfuerzo, y en un poco más de un año, podrás conseguir maravillas, pues todo depende de la fuerza de voluntad que cada uno pone y en el empeño en conseguirlo. Y así el que se entrega por entero a una obra, lo consigue totalmente, y da cien por uno, y no se cansa nada más que lo justo, pero si uno se entrega a medias no consigue nada, y lo único que hace es perder el tiempo. Si tú quieres, te enseño el arte de la madera, que al igual que todas las artes, no solo depende de las fuerzas de cada uno, sino de lo que se aprende con paciencia y escuchando los buenos consejos.
José estaba maravillado por todo lo que ocurría, y le dijo,
―Mi señor ―Pues el respeto le había venido de golpe―. Soy cosa inútil, pues he nacido como príncipe de la casa de David, y éste no dejó de herencia mucho dinero, pero sí honores y además el saber que uno de sus descendientes sería el MESÍAS, pero también nos dejó el no saber hacer nada, y estar todo el día de holgazán ―Y el propio José se extrañaba de las palabras que le salían por su boca, pues nunca había pensado así y continuó―. Mira, si queréis hacemos una cosa. Vengo todos los días, y me enseñáis sin decir nada a nadie, pues si lo supieran darían por terminado lo que pretendemos.
―Mira, si quieres aprender, y pareces bien dispuesto, te podrías quedar con todo esto, ya que nosotros únicamente querríamos un sitio como ahora, donde reposar, y te podría instruir en todo lo que hace falta para ser un carpintero de primera ―dijo el viejo.
Al muchacho le pareció bien, pero le dijo,
―¡Déjame pensarlo!
―Mira de aquí a una semana te esperaré, si no vienes entiendo que no quieres y buscaré a otro muchacho que le parezca mejor ―dijo el viejo.
―No, ¡te contestaré en dos días! ―le rectificó José.
Cuando se dirigía a la puerta encontró a la mujer y mirándola a los ojos descubrió una bondad tan grande que le llenó el corazón de alegría, y le dijo,
―¡He visto esos ojos antes, pero no recuerdo dónde! ―y se despidió.
―Mira ―le dijo el viejo antes de marchar―. Para que no te olvides te daré algo que te puede servir ―Le dio su cayado y continuó―. Mira, que es de madera muy especial, y entiendo de eso, pues he trabajado la madera durante toda mi vida, y tiene la virtud de dar fuerzas cuando fallan, y de sujetar cuando uno se cae, y de ayudar a levantarse cuando estás caído en el suelo, y además te defiende, y te da seguridad, y te protege de todo mal que pueda venir de fuera, y da justicia al que te quiere atropellar, y por ti mismo verás que tiene muchas más propiedades, que te serán reveladas cuando le lleves en la mano, y le tengas cariño especial como le tengo yo.
»Pero mira que te lo dejo únicamente hasta que vuelvas, pues como yo no puedo caminar por estar herido, de nada me vale ahora, pero si vuelves te lo daré como regalo para siempre y descubrirás que a través suyo, conseguirás llegar, a donde sin él no podrías ―Y así el viejo se despidió.
La vieja estaba en la puerta y cuando se marchaba le dijo,
―¡Déjame que te coja la mano! ―Y al hacerlo el muchacho sintió el mismo calor que cuando aquella jovencita le había cogido la suya, y creyó reconocer sus ojos en la misma vieja que tenía delante.
Cuando llegó a su casa le estaban esperando sus amigos, y cuando le vieron llegar con un haz de leña encima de la cabalgadura se les rompían las mandíbulas de tanto reír. Es que José no se había dado cuenta de descargar la leña que había recogido del viejo, y dijo a sus amigos,
―¡Dejarme en paz!, que habéis causado daño únicamente para reíros.
Y en esto salió el padre de José y escuchó el comentario y preguntó y los chicos le explicaron, que por el camino habían atropellado a un anciano cargado de leña y que José se había quedado para auxiliarlo y ahora venía con la leña encima del caballo.