Prólogo.
Seattle siempre había sido una ciudad de contrastes.
Mientras unos despertaban con el sonido de los ferris cruzando la bahía y el aroma del café recién hecho, otros abrían los ojos preguntándose cómo llegarían al final del mes. Entre sus calles húmedas, sus inviernos grises y sus interminables bosques de edificios y pinos, nacían historias destinadas a cruzarse, aunque nadie pudiera imaginar el precio que tendrían que pagar sus protagonistas.
Lucille Nicholls nació una mañana lluviosa de octubre.
Emily Nicholls apenas tenía veintidós años cuando dio a luz a una niña de enormes ojos color miel y una cabellera oscura que, desde el primer día, parecía negarse a permanecer peinada. El parto fue largo, agotador y estuvo acompañado únicamente por la mujer que jamás la abandonó: su madre, Rose Nicholls.
Del padre no hubo noticias.
Daniel Brooks había desaparecido meses antes del nacimiento. Cuando Emily le contó que estaba embarazada, él decidió que aquella responsabilidad no formaba parte de sus planes, cambió de número telefónico, abandonó el apartamento donde vivía y simplemente desapareció de sus vidas.
Nunca conoció a su hija, nunca preguntó por ella, nunca envió una felicitación de cumpleaños, ni siquiera supo el color de sus ojos. Con el paso de los años, Lucille aprendería que algunas personas simplemente elegían irse, y que perseguirlas solo significaba perder tiempo que podía invertirse en quienes sí permanecían.
Por fortuna, ella nunca estuvo sola. Emily trabajaba jornadas interminables para sacar adelante a su pequeña, aceptaba cualquier turno disponible, hacía horas extras siempre que podía y regresaba a casa completamente agotada, sin embargo, nunca permitía que el cansancio le robara una sonrisa cuando Lucille corría a abrazarla.
Rose era quien completaba aquel hogar. Mientras Emily trabajaba, la abuela llenaba la casa de olor a pan recién horneado, cuentos antes de dormir y abrazos capaces de curar cualquier tristeza, no tenían grandes lujos. Vivían en una pequeña casa de un barrio tranquilo de Seattle, donde el techo crujía cuando llovía demasiado y la calefacción parecía pelear cada invierno por seguir funcionando, pero el hogar siempre estaba limpio, cálido y lleno de amor.
Lucille jamás sintió que le faltara algo, si una Navidad no había demasiados regalos, Emily y Rose inventaban juegos, si no podían salir de vacaciones, convertían el jardín en un lugar mágico, si había preocupaciones económicas, procuraban que la niña nunca las notara y Lucille creció creyendo que la felicidad no dependía del tamaño de una cuenta bancaria.
Desde pequeña era imposible mantenerla quieta. Corría de un lado a otro como si el mundo fuera demasiado pequeño para toda la energía que llevaba dentro, reía por cualquier tontería, hablaba con desconocidos sin miedo alguno y soñaba despierta con convertirse en alguien capaz de ayudar a las personas.
Le encantaban los animales, las plantas, la lluvia, los arcoíris que aparecían después de las tormentas y tenía la costumbre de recoger flores silvestres durante el camino de regreso a casa para regalárselas a su madre o a su abuela.
— Porque las personas bonitas merecen flores bonitas. — decía con apenas seis años.
Emily siempre terminaba llorando, Rose siempre decía que aquella niña tenía un corazón demasiado grande para un cuerpo tan pequeño, nadie imaginaba que conservar ese corazón puro también podía convertirse en una debilidad.
El primer día de primaria llegó acompañado de nervios. Lucille llevaba una mochila nueva que Emily había comprado después de ahorrar durante varios meses, no era la más cara ni la más llamativa, pero para ella era perfecta.
Entró al salón sujetando con fuerza la mano de su madre, los niños corrían por todas partes, algunos lloraban, otros reían y entonces ocurrió algo que cambiaría por completo su infancia, un niño de cabello castaño perfectamente peinado se acercó a ella con una enorme sonrisa.
— Hola, soy Marvin. — Lucille respondió con la misma naturalidad.
— Yo soy Lucille. — se presentó.
— ¿Quieres sentarte conmigo? — ella asintió.
Así de sencillo, sin grandes acontecimientos, sin música romántica, sin miradas guiadas por el destino, solo dos niños que comenzaron a hablar como si se conocieran desde siempre, aquella misma tarde ya estaban jugando durante el recreo.
Al día siguiente compartían el almuerzo, una semana después eran inseparables y un mes más tarde, Marvin insistió en llevarla a conocer a sus abuelos. Lucille estaba convencida de que aquella enorme casa pertenecía a una película, tenía un jardín inmenso, una biblioteca enorme y habitaciones que parecían no terminar nunca, Emily se sintió incómoda, ella solo era una madre soltera de clase trabajadora.
Sin embargo, todas aquellas inseguridades desaparecieron cuando los abuelos de Marvin la recibieron con una calidez inesperada.
Charles Wilson y Eleonor Wilson eran médicos retirados y dos figuras muy respetadas en Seattle. Habían construido una enorme fortuna durante décadas de trabajo y poseían inversiones, propiedades y una reputación impecable, pero, lejos de mirar a Emily o a Lucille por encima del hombro, las recibieron con un cariño que jamás esperaron.
— Esta casa siempre tendrá una silla para ustedes. — dijo Eleanor aquella primera tarde.
Y cumplió su palabra, con el tiempo, Lucille dejó de sentirse una visita, los Wilson celebraban sus cumpleaños, la invitaban a las cenas familiares, le preparaban regalos en Navidad, Charles incluso bromeaba diciendo que ahora tenía dos nietos, Emily jamás olvidaría aquella generosidad.
Gracias a ellos, Lucille conoció un mundo completamente distinto al suyo, pero nunca la hicieron sentir menos por no pertenecer a él. Mientras tanto, Marvin y ella crecían juntos, compartieron excursiones escolares, exámenes, cumpleaños, películas, secretos, lágrimas, risas.
Se defendían cuando alguien intentaba burlarse del otro, si Lucille caía, Marvin era el primero en ayudarla a levantarse, si Marvin tenía un mal día, Lucille aparecía con algún dulce para hacerlo sonreír. Todos asumían que terminarían enamorándose, era la típica historia que cualquier adulto imaginaba, pero nunca ocurrió.
Nunca existieron miradas románticas, nunca hubo un beso robado, jamás sintieron celos cuando el otro hablaba con alguien más, eran simplemente mejores amigos y Lucille sabía perfectamente por qué.
Años antes de terminar la secundaria, Marvin le confesó entre lágrimas aquello que llevaba guardando desde hacía mucho tiempo.
— Me gustan los chicos. — Lucille no respondió de inmediato.
Simplemente lo abrazó, un abrazo largo, sincero, silencioso. Cuando finalmente habló, solo dijo.
— Sigues siendo mi mejor amigo. — aquellas palabras bastaron para que Marvin llorara como nunca antes.
Desde ese día, Lucille se convirtió en la única persona que conocía toda la verdad, también descubrió el enorme miedo con el que vivía, porque, aunque los Wilson parecían la familia perfecta de puertas hacia afuera, escondían una realidad muy distinta. Eran profundamente conservadores, las apariencias lo eran todo, el apellido Wilson debía permanecer intachable y Marvin estaba convencido de que, si algún día confesaba su orientación s****l, no solo perdería la herencia familiar, sino también el cariño de quienes más quería, Lucille jamás lo juzgó, solo estuvo ahí, como siempre.
Los años pasaron, ambos ingresaron a la Universidad de Washington, en Seattle, Lucille eligió estudiar Fisioterapia, desde pequeña había admirado la capacidad del cuerpo humano para recuperarse y soñaba con ayudar a quienes habían perdido movilidad después de un accidente o una enfermedad.
Marvin, por su parte, eligió Enfermería, tenía facilidad para tratar con las personas, era simpático, divertido y conseguía hacer reír incluso a los pacientes más difíciles. Todo parecía marchar bien, hasta que aparecieron las r************* . Lo que comenzó como simples vídeos grabados con el teléfono terminó convirtiéndose en un fenómeno, Marvin tenía un carisma casi imposible de ignorar, era ingenioso, espontáneo, fotogénico.
En pocos meses acumuló miles de seguidores, luego cientos de miles, después millones. Las marcas comenzaron a buscarlo, los eventos, las entrevistas, las colaboraciones y Marvin descubrió que adoraba ser el centro de atención, pero también descubrió otra cosa.
La fama le daba oportunidades para conocer hombres sin levantar sospechas, empezó a salir con uno, luego con otro y otro más. Todo a escondidas, con una mentira preparada para cada ocasión y detrás de cada mentira, siempre estaba Lucille.
— Estoy con Lucy. —
— Fuimos al cine. —
— Estamos estudiando. —
— Pasaré la noche con ella. —
Ella siempre asentía, siempre sonreía, siempre lo cubría, porque era su mejor amigo, porque conocía el miedo que escondía detrás de cada excusa, porque creía que algún día él reuniría el valor suficiente para vivir siendo quien realmente era.
Lo que nunca imaginó fue que Marvin comenzaría a aprovecharse de aquella lealtad, durante el segundo año de universidad, él la invitó a cenar a uno de sus restaurantes favoritos, parecía especialmente nervioso, jugaba con la copa entre las manos mientras buscaba las palabras adecuadas.
— Necesito pedirte un favor. — Lucille sonrió.
— ¿Otro favor? — preguntó burlona.
— Este es diferente... — ella levantó una ceja, Marvin respiró profundamente — Necesito una novia. — Lucille soltó una carcajada.
Pensó que estaba bromeando, pero él no sonrió.
— Hablo en serio... — el silencio cayó entre ambos — Mis abuelos están empezando a sospechar, mis padres también quieren que siente cabeza, que forme una familia... y han dejado muy claro que, si no cumplo con lo que esperan de mí, podrían cambiar el testamento... — Lucille permaneció callada — Solo tendríamos que fingir, salir juntos, publicar algunas fotos, ir a reuniones familiares de la mano, nada más. — ella negó lentamente con la cabeza.
— No, Marvin. — él insistió.
Le habló de la presión, del miedo, de la herencia, de todo lo que perdería, Lucille seguía negándose, hasta que él lanzó la última carta.
— Te pagaré. — ella frunció el ceño.
— ¿Qué? — susurro.
— Una mensualidad, lo suficiente para que no tengas que preocuparte por las cuotas de la universidad, el alquiler o los libros, mientras sigamos fingiendo, yo cubriré todos esos gastos. — Lucille sintió que el corazón se le detenía.
Porque aquella propuesta atacaba justo donde más le dolía, Emily hacía enormes sacrificios para ayudarla, Rose había vendido algunas joyas familiares para que pudiera seguir estudiando y, aun así, el dinero apenas alcanzaba. Había noches en las que Lucille fingía no tener hambre para que su madre pudiera cenar, había pensado en abandonar la universidad más de una vez, no porque dejara de amar la fisioterapia, sino porque el sueño era demasiado caro.
Marvin conocía perfectamente esa realidad y utilizó esa necesidad como argumento, Lucille bajó la mirada, por primera vez en su vida sintió que aceptar una mentira podía ser la única forma de proteger a las dos mujeres que siempre lo habían dado todo por ella.
No sabía que aquella decisión, tomada con la mejor de las intenciones, terminaría convirtiéndose en la mayor prisión de su vida.