Un domingo de principios de agosto, Aurora salió a trotar al parque Delaware. Era una rutina que cumplía religiosamente y que solo interrumpía en las mañanas lluviosas. Había decidido no estudiar aquel semestre; por ahora, la prioridad numero uno era cuidar a su abuela.
El día amaneció encapotado; enormes nubes negras empezaron a juntarse en el horizonte. Sin embargo, Aurora confiaba en que no llovería en las primeras horas de la mañana. Ya iba por la tercera vuelta al parque cuando empezó a caer una llovizna leve que, en cuestión de minutos, se convirtió en un aguacero torrencial. Mientras corría hacia su casa, sentía que la lluvia caía tan fuerte que las gotas de agua le golpeaban la cara como si fueran piedrecitas.
Llegó empapada hasta los huesos y entonces se dió cuenta que había olvidado las llaves. Por ser domingo, la señora Rachel, que se ocupaba de las labores de la casa, no estaba. Lo ultimo que quería era tener que despertar a su abuela, a quien el uso de la oxicodona, un opioide que tomaba para controlar el dolor de cabeza, le producía sueño.
No le quedó más remedio que hacer sonar el timbre. Pero cuando el timbre sonó varias veces sin que la puerta se abriera, Aurora se empezó a preocupar.
—¿ Y si de pronto Annie se había sentido mal y la había llamado cuando ella no estaba? Un sentimiento de culpa la empezó a invadir.
Su habitación en el segundo piso daba hacia la calle y afortunadamente tenía la ventana abierta. Necesitaba una escalera urgentemente. A la vuelta de la cuadra vivía Robert Nelson, un electricista pensionado que tenía una escalera larguísima. Robert era un hombrón de más de 1.80 metros, con brazos fuertes y una espalda ancha que daba testimonio de muchos años de trabajo instalando redes eléctricas. A sus sesenta y tantos años, se mantenía erguido y con una presencia imponente, gracias a su físico y personalidad.
—Ojalá Robert no haya ido a la iglesia por el aguacero que esta cayendo, pensaba Aurora mientras corría a buscarlo. Afortunadamente, Robert si estaba y, al ver, la preocupación de la joven, se echó la escalera al hombro y se fue caminando detrás de ella bajo la inclemente lluvia.
Cuando Aurora por fin pudo entrar, comprobó que sus peores temores eran ciertos, junto a la escalera en el primer piso estaba Annie desvanecida.
Aquella mañana, Robert fue el ángel de la guarda que estaba de turno. Levantó a la anciana y la acomodó en un largo sillón de la sala, mientras Aurora llamaba la ambulancia.
Cuando Annie abrió los ojos, las luces blancas de la habitación la deslumbraron un poco. El monitor cardíaco dejaba oír el pip pip pip que marcaba el ritmo constante de su corazón. A su lado derecho, Aurora revisaba su teléfono distraídamente.
—¿ Que horas son?, pregunto Annie con voz débil.
—Abuela, gracias a mi Dios, despertaste, dijo Aurora, tomando entre sus manos la mano derecha de Annie.
Son las once y cinco minutos de la mañana
—¿ De que día?
—Hoy es domingo, contestó la joven sin soltar la mano de su abuela.
—Me di un gran golpe, hija. Me duele mucho la cabeza.
—Lo más seguro es que muy pronto te haga efecto una inyección que pusieron en el suero y se te quite el dolor, dijo la joven
—Ojalá así sea, Quiero sentirme bien muy pronto para irme a mi casa. Mira como ando por aquí.
— Y luego abuela, ¿ como andas?
—Mírame, me gusta que me vean siempre con mi cabello bien arreglado, con ropa de mi marca favorita y zapatos que me combinen perfectamente. Y aquí estoy en bata de dormir, con el cabello vuelto un desastre y creo que hasta descalza me trajeron para acá.
—Ay, abuelita, no te preocupes por eso. Como estés siempre te ves hermosa, dijo la joven pasando la mano por la cabeza de Annie. Además, como me dijiste en días pasados, nadie se salva de los imprevistos.
—¿ Yo te dije eso?
—Claro que lo dijiste, abuela.
—¿ Vio?, ya se me están olvidando las cosas que digo.
La puerta se abrió y entró un doctor bastante joven, tal vez de unos treinta años. El apellido Wong en su bata blanca y sus ojos ligeramente rasgados hablaban de sus genes venidos del oriente.
—Buenos días, saludó muy amablemente. Ya veo que mi amiga la señora Sinclair ha despertado, dijo leyendo el nombre en la historia clínica que traía en la mano.
Aurora se puso de pie y dijo:
—Yo los voy a dejar solos para que hablen tranquilos.
Cuando la puerta se cerró, el doctor dio un vistazo al monitor cardiaco y dijo:
—Usted tiene un corazón sano. ¿ como se siente?, ¿ le duele algo?
—Me duele la cabeza, aunque creo que ya un poquito menos que cuando me desperté. Dígame, doctor, ¿ que me paso?
—El doctor se sentó al lado de Annie revisando la historia clínica y dijo:
—Desafortunadamente, parece que el tumor ha seguido creciendo. Los mareos frecuentes y este desmayo nos muestran que es así.
—¿ A cual tumor se refiere, doctor?, dijo Annie sentándose en la cama.
—¿ El doctor Green no habló con usted?
El monitor mostró un aumento en el ritmo cardiaco de Annie cuando preguntó:
—¿ Y sobre que tenía que hablar conmigo el doctor Green?
El doctor se dio cuenta demasiado tarde de que sin querer había cometido una imprudencia.
—Aquí en su historia esta un diagnostico firmado por él desde el mes de mayo. Pensé que ya usted sabía de que se trata. Pero parece que no es así y le ruego me disculpe.
Annie se llevó la mano derecha a la frente y cerró los ojos. Luego preguntó:
—¿ Y que dice el diagnostico?
El doctor Wong vio el monitor cardíaco antes de decir:
—Es bueno que se tome un momento para calmarse, señora Annie.
La abuela tomó bastante aire y se acostó, Ya estoy más calmada, ahora dígame, ¿ que dice el diagnostico?
Cuando Wong, salió de la habitación, vio a Aurora sentada junto a una máquina expendedora de bebidas. Tenía en sus manos un vaso desechable de cartón donde humeaba un café.
El doctor, se paró junto a la joven y le dijo:
—Su abuela necesita hablar con usted. Lo siento mucho. Después siguió su camino sin poder disimular el desconcierto que sentía.
Cuando Aurora vio a su abuela, supo de un vistazo lo que había pasado. Annie tenia los ojos cerrados y golpeaba la cama con el puño de la mano derecha.
—¿ Cuándo pensabas decirme que me estoy muriendo Aurora?, entonces, ¿ para eso fue que te llamó el doctor aquella tarde?
La joven llegó junto a la cama y se limpio con sus manos unas lagrimas que se empeñaban en salir. Luego, mirando al suelo, dijo:
—Si abuela, me mostró las tomografías. Pero no tuve el valor para decirte nada. Pensé que lo único que iba a lograr era deprimirla. Perdóname.
Después se sentó, se tapó la cara con las manos y se puso a llorar. Annie seguía dando golpes a la cama, pero luego de unos momentos estiró la mano, acarició la cabeza de su nieta y le dijo:
—Ya deja de llorar, hija, que la que me estoy muriendo soy yo.
Aurora se paró y recostó su cabeza en el pecho de su abuela. Annie le hubiera gustado abrazarla, pero tenia en el brazo izquierdo el suero.
—Mañana, hija, me va a buscar el doctor Harrison. Los domingos no viene al hospital, ya me lo dijo el otro medico. Estoy segura que puedo animarlo a encontrar alguna opción, algún tratamiento moderno. Todo tiene solución, hija, y ya deja de preocuparte.
Aurora asentía con la cabeza, mientras su abuela seguía mirando fijamente la luz blanca del techo.