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UNA TONTA HISTORIA DE AMOR

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Aurora Sinclair, sufre un accidente de carretera. Sola, herida y con su bicicleta inservible, recibe ayuda de un hombre, que la lleva a su casa, la cura y la trata muy respetuosamente. Aquel encuentro fortuito, hecha a andar una serie de coincidencias en la vida de ambos, que terminara por mostrarles que sus vidas llevan trayectorias paralelas.

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UN VIAJE ACCIDENTADO
Aquel mes de mayo, como los otros meses de mayo después del accidente, Aurora alistó su pequeño equipaje y lo acomodo en su bicicleta montañera de color rojo. Aunque el clima para aquella época del año era bastante benigno, siempre prefería viajar en horas de la mañana. Eran casi las diez cuando tomo la autopista I-25, que lleva desde Laramie, Wyoming, hasta Búfalo. El viaje de más de doscientos kilómetros lo hacía en dos etapas: de Laramie hasta Douglas y de Douglas a Búfalo. Esta era una terapia anual de dos días para reencontrarse consigo misma, para sentirse parte de la hermosa geografía que se encuentra a ambos lados de la sinuosa carretera, y para descubrirse pequeña ante el imponente paisaje de las montañas Rocosas con sus picos cubiertos de nieve. Si todo marchaba sin ningún problema, estaría en Douglas a las tres de la tarde, y al día siguiente, a esa misma hora, esperaba estar con su abuela. Desafortunadamente, nadie se salva de los contratiempos. Ya había pasado el medio día, no había brisa contraria y todo parecía fluir tan suavemente como una sinfonía de Mozart, cuando un camión cargado de ganado pasó muy cerca de la joven sonando su bocina. El sorpresivo ruido de la corneta y el golpe de viento del vehículo que viajaba a más de cien kilómetros por hora, fueron una mezcla letal para Aurora que iba distraída y absorta en sus pensamientos. La bicicleta dio un violento giro hacía la derecha que la hizo salir del asfalto. La joven salió despedida por encima del manubrio cayendo de bruces sobre la tierra rojiza. La aparatosa caída le causó laceraciones leves en las manos y los antebrazos. Una pequeña herida en la frente hizo que su cara se cubriera de sangre en unos pocos segundos. Aunque golpeada y herida, Aurora se sentía bien; no había pasado nada grave. Sin embargo, su bicicleta llevó la peor parte: el rin delantero estaba roto y totalmente torcido. Todo parecía indicar que las circunstancias obligaban a posponer el viaje, al menos por unos días. Por ahora, lo más sensato era regresar; tenía que hacerse algunas curaciones y reparar su maltratada bici. Después de ubicarse al otro lado de la vía, lo único que quedaba era esperar a un buen samaritano que la llevara de regreso, pero al parecer, los buenos samaritanos no estaban disponibles aquella tarde. De vez en cuando pasaba un camión y tocaba la bocina, pero seguía de largo. Mientras tanto, la tarde avanzaba inexorable. Ahora, en la situación que se encontraba, recordaba las palabras de Maylin, su compañera de cuarto. Muchas veces ella le había advertido de los riesgos a los que se exponía en ese viaje. Aquella frase de que nadie aprende por experiencia ajena resultaba ser amargamente cierta. La tarde moría lentamente, en el cielo se dibujaban arreboles. Una brisa fría empezó a correr, anunciando que en la noche la temperatura bajaría bastante, y Aurora empezó a preocuparse. Aunque joven, sabía que la noche complica todo, y además, los noticieros informaban casi a diario de actos violentos. Y nadie en su sano juicio quiere ser parte de las estadísticas. Cuando ya empezaba a perder la fe, vio que una camioneta que al parecer tenía el tubo de escape en mal estado se detuvo unos metros más adelante y tuvo que dar reversa. El vehículo era una vieja camioneta Chevrolet Apache de color azul, el conductor, un hombre de unos cuarenta años. —Buenas tardes, señorita, con todo respeto, dijo, veo que esta algo golpeada, ¿ la arrolló algún auto? —Buenas tardes, señor, gracias por parar. Me caí de la bicicleta, sufrí algunos golpes que no son graves; sin embargo la bici quedó inservible. —¿ Y usted vive por aquí cerca? pregunto el hombre. —Yo vivo en Laramie, salí esta mañana para Douglas y me accidente como a las dos de la tarde, y nadie a querido ayudarme. —Yo podría llevarla para donde guste, pero mañana. Yo si vivo por aquí, como a cinco kilómetros a mano izquierda, si quiere la llevo a mi casa, allá le presento a mi esposa, se cura y mañana resuelve que va a hacer. Piense que quedarse de noche por esta vía tiene sus riesgos. Aurora se tomo unos segundos para pensar. Arriesgarse a esperar la noche en la carretera era algo peligroso, pero aceptar la invitación de un desconocido también. Pero al menos el desconocido le había dicho que le presentaría a su esposa; aquella posibilidad la tranquilizaba. —¿ Esta seguro que su esposa no se molestara si llego sin que ella me invite?, pregunto Aurora, aun indecisa. —Mi esposa es el ser más bueno sobre esta tierra, respondió el hombre sonriendo. Aquellas palabras dichas con tanta seguridad alejaron las nubes grises de la desconfianza. —Ok, señor. Mi nombre es Aurora Sinclair. Le agradezco su amabilidad y acepto su ofrecimiento. Además veo que mientras hemos estado hablando no ha pasado ningún vehículo. —Mi nombre es Jackson Beckett. Dígame si puede subir su bicicleta a la camioneta o tengo que ayudarla. —No, señor Beckett, yo puedo perfectamente. —Entonces vámonos, la noche parece que va a estar especialmente fría. Los campesinos tienen la costumbre de decir que todo queda cerca, Jackson no era la excepción. Vivía en una propiedad que quedaba a unos diez kilómetros de la carretera, o sea, el doble de los cinco kilómetros que dijo. Los temores de Aurora volvieron cuando vio que en la casa donde llegaron no había nadie. Todo estaba a oscuras. —¿ Y su esposa?, pregunto Aurora. —No se preocupe que ya la va a conocer, dijo Jackson, mientras descendía de su vetusto vehículo. Quédese en la camioneta mientras prendo la planta. De vez en cuando aparecen por aquí serpientes de cascabel. Alumbrando con una linterna, se dirigió a una pequeña edificación de madera. Pasados unos minutos se escucho como arrancaba un robusto motor diésel. A continuación se hizo la luz. —Ahora ya puede bajar, venga para que conozca a mi esposa. Aurora se bajó con cierto temor. Le temía a las serpientes, ahora tenía que andar cuidando cada paso. —Venga señorita, dijo Jackson llevando a la joven hasta la puerta del rancho. —Salga un momento y lea que dice en la parte de arriba de esta reja. La reja era de hierro forjado, tenia dos puertas que se juntaban en el centro. Arriba, cuando se encontraban las dos puertas se leía: MI ESPOSA —Ahí se la presento Aurora. Esta casa y esta tierra son " Mi esposa", y es lo mejor del mundo. Aurora ya no tenía oportunidad de devolver el tiempo, ahora estaba segura que había llegado a la casa de un loco.

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