LA ABUELA

1552 Words
Al parecer, el desconcierto de Aurora fue tan evidente que Jackson, muy alegremente dijo: —No estoy loco señorita. Yo siento que estoy casado con esta tierra y esta casa, y así se lo digo a todo el que quiera escucharme. Por eso mandé a hacer esas letras en hierro. —Es algo muy original, atinó a decir Aurora. —Gracias por lo de original. Por ahora permítame demostrarle mi hospitalidad. No recibo muchas visitas por aquí. Voy a traerle agua para que beba, cuatro horas en la carretera es mucho tiempo sin hidratarse. Aunque no me considero un buen cocinero, le prometo que haré mi mejor esfuerzo para prepararle una cena agradable. Luego vamos a curar la herida de la frente y después acondicionamos el " cuarto de huéspedes" para que pase la noche. Claro, eso del cuarto de huéspedes es un decir, remató Jackson sonriendo. La luna llena empezaba a dejarse ver en todo su esplendor, en el cielo sin nubes brillaban las estrellas y una brisa fría mecía las copas de los árboles. En otras circunstancias, sería una noche perfecta, pero para Aurora, nada en ese momento era perfecto. Sola con un desconocido que bien podría querer ocultar alguna mala intención bajo una fachada de amabilidad. Ahora, su amiga Emily, que la esperaba en Douglas, ya tenía que estar preocupada. Lo más seguro es que se habría comunicado con Maylin para asegurarse si había viajado o no. Cuantas cosas terribles estarían pensando, y cuantas cosas terribles pensaba ella también. Sin embargo, la noche pasó y con el día, todos los temores se disiparon. A pesar de sentir el cuerpo adolorido, Aurora estaba optimista. Si el día anterior quería devolverse, hoy había decidido seguir su viaje como lo había planeado. Lo único que necesitaba era cambiar el rin de la bicicleta y nuevamente volver a la vía. Jackson cumplió su palabra y la transportó hasta Douglas. Antes de despedirse, le recomendó dos cosas: no seguir viajando sola y no asolearse, ya que el exceso de sol le podría hinchar la cara. Cuando Emily vio descender a Aurora de la vieja camioneta, con el ojo amoratado, un adhesivo en la frente y la bici con el rin torcido, sintió que todos sus temores no eran infundados. —Mi amiga del alma, dijo Emily, ¿ que le pasó por Dios? Estábamos horrorizadas. —Es una historia larga, dijo Aurora, pero ya tendremos tiempo de conversar. Por ahora, tengo que agradecerle demasiado a mi nuevo amigo, el señor Beckett. —No tiene que agradecerme nada señorita Sinclair. Fue un placer sentirme útil, terminó diciendo Jackson, mientras aceleraba su camioneta que ensordecía con el ruido de su escape roto. —Fue un placer sentirme útil, repitió Emily, tomando por el brazo a su amiga. Mira que habla bonito el señor Beckett. —Ese hombre es todo un personaje, dijo Aurora, mientras arrastraba su bicicleta, me ha hecho pasar del terror al agradecimiento. Por ahora quiero hablar con mi abuela y con Maylin. —Las dos me han llamado muy preocupadas, pero gracias a Dios, bien esta lo que bien termina, sentenció Emily. Emily era la hermana mayor de Albert, el novio eterno de Aurora. Aquel trágico accidente de noviembre impidió que se casaran. Desde entonces Emily, doce años mayor que ella, empezó a querer a su excuñada como una hija. Tres días después Aurora se encontraba rodando por la hermosa y arbolada avenida Delaware, buscando la entrada del barrio Elmwood, donde vivía su abuela, la señora Annie Sinclair. La casa de Annie, era una bella construcción de ladrillos de color rojo, tenía una robusta puerta de madera y un jardín algo descuidado. Era el sitio que más amaba sobre la tierra su orgullosa propietaria, y muy poco le gustaba salir de allí. Siempre repetía un dicho para justificar el amor por su casa: El viejo no estorba ni en su casa ni en el cementerio. Aurora sabía de sobra cuanto odiaba su abuela estar en la calle, pero después de hacer sonar el timbre varias veces sin que la puerta se abriera, no le quedo otro remedio que llamarla por teléfono: —Hola, hija. Por fin llegaste. ¿ Que puedo decirte? Te esperé para que me acompañaras al hospital, pero como vi que no llegabas, me vine sola. —¿ Y en que hospital estas, abuela? —En el Mercy, esta bastante cerca. —Bueno, entonces me esperas allá. —Muy bien hija, las llaves las deje en nuestro escondite. ¿ Te acuerdas? —Claro abuela que me acuerdo. Entonces, guardo mis cosas y voy para allá. —Perfecto, hija. Aquí te espero. Camino al hospital, Aurora iba rebuscando en sus recuerdos cuantas veces había visto a su abuela enferma, y por más que buscó y buscó, no encontró nada que le recordara algún asomo de dolencia o enfermedad. Por eso, no se preocupó, Annie Sinclair tenía una salud de hierro. Lo más seguro es que la visita al hospital era algún examen rutinario. La señora Sinclair esperaba ser atendida por el doctor Harrison Green, el más reputado neurólogo de Búfalo. Sentada esperando su turno junto al consultorio, la encontró Aurora. Ya había pasado un año desde la ultima vez que se habían encontrado, por eso el abrazo fue enorme. —Y ese ojito morado, hija. Entonces, el golpe no fue tan leve como me dijiste. —El ojo y los brazos, siempre tuve tal cual raspón, pero todo superficial, abuela, nada grave. Sabe, que mientras venia para el hospital, me di cuenta que nunca te había visto enferma. —Bueno, hija, algunos achaque de la vejez. He tenido algunos mareos y un dolorcito de cabeza bastante fastidioso, entonces el doctor me ordenó un examen que llaman tomografía, y aquí estoy para que me de los resultados. Ojala me mande algunas pastillas que me alivien de una vez por todas, ya tu sabes que no me gusta andar en la calle. Pasados unos minutos, la puerta del consultorio se abrió y una enfermera dijo: —Señora Sinclair. —Vamos, abuela, dijo Aurora, mientras le daba la mano para que se pusiera de pie. —Señora Sinclair, ¿ su acompañante es familia suya? —Si doctor, es mi nieta. —Que espere afuera un momento. Siga usted, por favor. Cuando salió Annie, llamó a su nieta y le dijo: —Aurora, ven un momento. El doctor quiere hablar contigo. Cuando la joven estuvo cerca a su abuela, esta le murmuro al oído: —Tenga cuidado con el doctor, tiene fama de galán, así viejo como esta. El doctor Green era un hombre de unos sesenta años, usaba lentes con montura de oro, tenía el cabello totalmente blanco y una voz que inspiraba confianza. —Por favor Aurora, cierre la puerta. El doctor se puso de pie y se dirigió hasta una pantalla de imágenes donde estaban dos placas de tomografía y llamó a la joven. Después de encender la pantalla, dijo: —Su abuela me comentó que usted es su única nieta. —Así es doctor. —Bueno, estas dos placas muestran la causa de los dolores de cabeza y los mareos de los que viene padeciendo la señora Sinclair. Esto que se mira oscuro, es toda la parte sana del cerebro, y esta parte brillante o blanca es la parte enferma. Como puede ver, ya la zona enferma ocupa bastante espacio. —Y eso, ¿ Que significa doctor? —Significa que la señora Sinclair sufre de un tipo de cáncer llamado glioblastoma muy avanzado, y que, si tomamos en cuenta que la señora ya tiene una edad bastante respetable, es imposible de tratar. —¿ Es algo terminal?, pregunto Aurora. —Así es. Yo calculo un año, conociendo la excelente salud de la señora Annie, pero los últimos meses pueden llegar a ser muy duros, con perdida de visión y de movilidad. Aurora no pudo decir nada, se tuvo que sentar y su palidez fue tal que el doctor le alcanzó un vaso con agua. —¿ Se siente bien, Aurora? —No, doctor, no estoy bien. ¿ Como podría estar bien, sabiendo que mi abuela, la única familia que tengo sobre este planeta, se esta muriendo? —Lo siento, Aurora. Dios sabe cuanto lo siento. Para nosotros, acostumbrados a lidiar con el dolor humano, no es fácil. —¿ Y mi abuela sabe lo que esta pasando? —No, no le dije nada. Preferí informarle a usted, para que escoja el mejor momento para contarle todo sobre su enfermedad. —Doctor, no se que decirle, no se si agradecerle o reclamarle, por que a nadie se le desea tener que tomar una decisión como esta. —Yo la entiendo. Por ahora, le receté unos calmantes bastante fuertes. El dolor de cabeza será cada vez más intenso. Cuando Aurora salió del consultorio, vio a su abuela conversando tranquilamente con una compañera de asiento. Sus ojos llorosos no pasaron desapercibidos para Annie, que preguntó: —Dime hija, ¿ Que le dijo el doctor que la hizo llorar? —Como le parece que el doctor fue compañero de mi padre en la secundaria, contestó, mientras con su mano derecha secaba unas lagrimas rebeldes. Después, abrazó a su abuela, como si fuera la primera vez que lo hiciera o la ultima vez que lo fuera a hacer.
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