Después de comprar las medicinas en la enorme farmacia CVS, Annie Sinclair, dijo enfáticamente:
—Por hoy esta bien de estar en la calle, de aquí nos vamos derecho a la casita. Me siento bastante cansada.
Aurora, que llevaba a su abuela tomada por el brazo, dijo:
—Creo que hoy no te voy a dar el gusto de salir corriendo para la casa, con una tarde tan bella como esta, eso sería un verdadero desperdicio.
—Y entonces, ¿ que propones?, ¿ ponernos a caminar como si estuviéramos perdidas?
—No, abuela, respondió Aurora, por aquí cerca queda el parque Cazenovia, con su espectacular vista del rio Búfalo. ¿ Te acuerdas cuando fue la ultima vez que salimos a caminar juntas?, ¿ te acuerdas cuando fue la ultima vez que viste atardecer?
—La verdad que no me acuerdo, dijo la abuela.
—No te puedes acordar porque nunca lo hemos hecho, dijo Aurora.
—Tienes toda la razón.
—Entonces vamos, abuela. Te prometo que de regreso a casa te invito a un capuchino en la panadería del italiano de la nariz grandota, que entre otras cosas, creo que estaba enamorado de ti.
Annie, que no se reía mucho, soltó una carcajada que sorprendió a su nieta.
—Si, es cierto. Un día me lo dijo.
—¿ Y que paso?, al parecer, no le diste ninguna esperanza.
—No le di ninguna esperanza porque a mi nunca me gustaron los hombres mayores. ¿ Sabes cuantos años tenia tu abuelo cuando nos casamos?
—No, abuela, nunca me lo dijiste.
—Tenia veintidós años, dijo Annie, dando un largos suspiro. Pensar en todas las cosas que logramos hacer juntos, y también, en todas las cosas que se quedaron por hacer.
—¿ Cosas como cuales te habría gustado hacer, abuela?
—Mira, cuando tu abuelo soñaba con llegar a ser un gran empresario, hablábamos de que un día nos tomaríamos unas largas vacaciones en Hawái, pero aquella vez no teníamos dinero. Después, cuando todo nos empezó a ir bien, nunca tuvimos tiempo para viajar. Ironía del destino, tu abuelo se convirtió en un hombre muy ocupado y con muchos compromisos.
—Entonces, abuela ¿ porque no nos vamos para Hawái, tu y yo?
—No, hija, todo en la vida tiene su tiempo. Ya no estoy en edad de hacer ciertas cosas. Además, un viejo en una playa no va a divertirse. Un viejo va a una playa a quejarse de todo: por el sol, por el ruido, porque los muchachos son irrespetuosos. Entonces, ni se divierten, ni dejan divertir a los demás.
El parque Cazenovia es un enorme oasis verde en el corazón de Búfalo. En el mes de mayo, las flores de los manzanos y los cerezos llenan el aire con su aroma dulzón, atrayendo a las abejas y a las aves. Al fondo, el rio Búfalo, que en las tardes presenta la serenidad de un espejo, ya empezaba a reflejar el cielo rojo del atardecer.
Aurora escogió una banca del parque, frente a donde el día se iba muriendo.
—Dime, abuela, ¿ no te parece hermoso este lugar?
—Más hermosa es mi casa, dijo Annie tercamente.
—Abuela, a raíz del golpe que me di cuando venia para acá, empecé a sacar ciertas conclusiones.
—Ojala la conclusión sea dejar de andar sola por ahí, con tantas cosas peligrosas que hay hoy día.
—Si, esa es una dura enseñanza que me dejo el golpe que me lleve, abuela, pero además, por encima de todo, me di cuenta de la fragilidad de la vida. Yo tengo veinticinco años, siento que tengo buena salud, sueño con llegar a ser una buena profesional, sueño con viajar para conocer el mundo, tener hijos y verlos crecer...y todos mis sueños y mis planes se pudieron acabar en un segundo.
—Eso es terriblemente cierto, hija, pero dime, ¿ quien esta protegido contra los imprevistos?, pregunto yo, y la respuesta es nadie.
—Claro que es así, abuela. Por eso, porque nadie esta protegido contra lo imprevisto, es que tome la decisión de no dejar para mañana lo que quiero hacer hoy.
—¿ Y que quieres hacer hoy?, pregunto Annie.
—Quiero que pasemos más tiempo juntas, quiero muchas más tardes como esta, quiero tener tiempo para que me cuentes historias del abuelo, de quien tengo muy pocos recuerdos. Por eso estoy pensando en venirme a estudiar aquí. Ya no quiero andar más en bicicleta, y sobre todo, abuela, no quiero que cuando pasen los años tenga que decir que se me fue el tiempo y ya no pude hacer esto o aquello.
Annie escucho todo lo que dijo su nieta sin interrumpirla, pero demostrando la suspicacia que dan los años, pregunto:
—¿ Estas segura que todo lo que dices es la reacción del golpe?, ¿ o tiene que ver de pronto con algo que te dijo el doctor?
—Abuela, el doctor quería hablar de mi padre y saber mi numero de teléfono.
—Viejo vagabundo, ya sabia yo que eso es lo que quería.. Bueno, creo que por hoy lo mejor es ir a buscar el capuchino.
—Esta bien, dijo Aurora, pero antes quiero que cierres los ojos, levantes los brazos y aspires muy fuerte, así abuela.
La joven levanto los brazos y aspiró.
—Hágalo, abuela, sienta el aroma de las flores.
Muy a regañadientes, Annie le hizo caso a su nieta, luego dijo:
—Tienes razón, la tarde huele a flores de cerezo.
—¿ Te das cuenta abuela?. Ahora, mira como mientras el día muere, el cielo muestra toda esa variedad de colores que se reflejan en la quietud del rio. ¿ Cuantas personas privadas de la libertad o enfermos en una UCI desearían ver algo tan hermoso?
Annie, al parecer se dejo llevar por el momento y volvió a levantar los brazos y aspirar, pero esta vez más fuerte, y dijo:
—Ay, Dios, que delicioso huele.
Luego, tomo por el brazo a su nieta y empezando a caminar le dijo:
—Desde que enviudé, he sabido llevar mi soledad. Me considero muy independiente. Si quieres venir a vivir aquí, genial, pero no quiero que desordenes nada en tu vida por culpa mía.
—No desordeno nada. Es más, esto lo debería haber hecho hace mucho tiempo. Y repitiendo lo que dices, si nadie esta libre de imprevistos, lo mejor es que estemos cerca.
—Esta bien, esta bien, entonces será como tu dices. Pero, quiero contarte un secreto.
—¿ Un secreto?, dime, ¿ cual es ese gran secreto?
—Como te parece, que en mi mente de vieja boba, había creado toda una novela de romance, y cuando me trajiste para este parque, pensé que mis sospechas se confirmaban. Estaba segura que me contarías como había nacido una historia de amor con el caballero que te auxilió el día que te caíste.
—No, abuela, no nació ningún romance de novela con el señor Jackson Beckett. Pero si te puedo decir, que ese hombre es algo extraño. No se ni como explicarte.
—¿ Extraño, como, es gay?
—No es gay, y estoy segura de eso. En la universidad estudio con compañeros que tienen esas tendencias sexuales, y por lo tanto, uno aprende a identificarlos. Me trató con mucho respeto, excesivo respeto diría yo. Cuando me curó la frente, sentí sus manos callosas de hombre acostumbrado al trabajo rudo, que me trataban con enorme delicadeza.
—¿ Y no te dijo que eres hermosa?
—En ningún momento. Y fue mejor así. Me hubiera muerto del susto saber que le estaba gustando a un hombre solitario, de noche, y en un lugar en medio de la nada.
—¿ Y no te pidió el numero de teléfono?
—No, abuela, y el no tiene teléfono, ni siquiera tiene televisión.
—No puedo creer que en pleno siglo XXI aun existan personas así, tan apartadas de todo, dijo Annie.
—Lo mismo pensé yo. Lo más seguro es que no lo vuelva a ver jamás. Nunca lo he visto en Laramie, además, con esa vieja camioneta que tiene, que hace tanto ruido, es imposible que pase desapercibido.
—Bueno, hija, pensemos que fue tu ángel de la guarda que bajó esa noche a cuidarte.
—Que imaginación tienes abuela, yo creo que si fuera el ángel de la guarda andaría en un Ferrari.