UN ENCUENTRO INESPERADO

1181 Words
Aurora sabia que era cuestión de tiempo para que la salud de su abuela empezara a desmejorar. Los días de esas ultimas vacaciones pasados junto a ella eran los más felices que recordaba. En sus noches de insomnio, reconocía con nostalgia como empezamos a entender el valor de las cosas cuando estamos a punto de perderlas. Para continuar con sus estudios en una universidad de Búfalo, había que trasladar algunos documentos de su actual universidad en Laramie. Escogió a finales de julio, justo antes que comenzara el semestre de otoño. Además, tenia que despedirse de Maylin y Nahili, sus compañeras de cuarto. Maylin era rubia, tenia unos hermosos ojos verdes y una sonrisa franca siempre a flor de labios. Era dueña de un optimismo enorme, más grande que su cuerpo, tenia veintidós años, tres menos que Aurora. Habían compartido habitación por tres semestres, pero ahora, los imprevistos de la vida las obligaban a tomar caminos diferentes. Aquel ultimo viernes de julio fueron al Walmart, el refrigerador estaba vacío y las clases comenzaban el lunes, por lo tanto, el pobre carrito del supermercado iba al tope. Maylin y Aurora, conversaban animadamente mientras esperaban su turno para cancelar sus compras. —No creo que la bicicleta resista tanto peso. Dijo alguien a espaldas de las dos amigas. Las dos mujeres voltearon al tiempo, pero fue Aurora la que hablo: —Señor Jackson, que agradable sorpresa. Mira Maylin, fue él quien me ayudo el día que me accidenté. —Mucho gusto, dijo Maylin. Me han hablado tanto de usted que yo lo imaginaba más alto, casi de dos metros. —Lamento no ser tan alto como imaginaba, dijo Jackson sonriendo. Después que todas las bolsas estuvieron colocadas en el Honda Civic de Maylin, Aurora preguntó: —¿ Y donde esta su ruidosa camioneta, señor Jackson? —Mi querida compañera de tantos viajes, por ahora, esta fuera de servicio. Hace dos días salí muy temprano y no me di cuenta que el radiador estaba botando el agua, lo que llevó a que el motor se recalentara. Entonces aproveche esta circunstancia para hacerle algunas reparaciones que muy bien merecidas tiene, incluso el cambio del tubo de escape. Dijo Jackson. Las dos amigas intercambiaron una mirada significativa antes de que Aurora hablara: —Señor Jackson, me había hecho a la idea que nunca más volveríamos a encontrarnos. Yo siento que aquí, donde vivo, debo ser una buena anfitriona, así como usted fue buen anfitrión cuando estuve en su casa. Entonces, me gustaría invitarlo a algún sitio, por ahí, tantos que hay, donde podamos sentarnos y hablar. Desde aquella noche, siempre he sentido que se quedaron muchas cosas por decir. —Aquel fue un modesto servicio que pude prestarle, usted no me debe nada, dijo Jackson. —Yo siento que tengo una deuda de gratitud con usted, pero además, en este viaje a Búfalo sucedieron tantas cosas tan de repente, que quiero comentarlas con alguien. Y tengo la corazonada, que usted siempre aparece en el preciso momento cuando se le necesita. —No me haga sentir tan importante, además, no soy buen consejero. Aurora, bajo un poco la mirada y dijo: —A veces, uno anda pidiendo a gritos que lo escuchen, no que lo aconsejen. Las palabras de la joven, y la forma como las dijo, dejaron al hombre sin argumentos. —Hay un lugar llamado Black Donkey, voy a estar ahí a eso de las ocho de la noche, dijo Jackson. —El Black Donkey, con su terraza sobre el rio, si lo conozco, dijo Aurora alegremente. —Con su música Country, que es mi preferida, aunque los jóvenes la consideren aburrida, dijo Jackson. —Entonces ahí estaré, dijo Aurora, mientras señalaba a Maylin. Mire a mi amiga, ahora quien se la aguanta preguntando de que tanto hablábamos. Era viernes y el Black Donkey estaba bastante concurrido. Después de una dura semana de trabajo, nada mejor que unas buenas jarras de cerveza helada. Cuando Aurora llegó, eran casi las nueve. La Rockola estaba tocando Beautiful Crazy, en la ronca voz de Luke Combs, lo cual le pareció a Aurora de buen augurio. Sin embargo, después de recorrer todo el sitio con la mirada, no encontró por ninguna parte a su amigo. Por un momento llegó a pensar que tal vez ya se hubiera marchado. Pero recordó la terraza. Si Jackson estaba en aquel lugar, ahí era donde tenía que estar. La terraza era un sitio bastante amplio, tenia espacio para acomodar doce mesas, de las cuales cuatro ya estaban ocupadas. En un rincón, de espaldas a la entrada, Jackson conversaba con un hombre de cabello canoso. —Buenas noches, saludo Aurora. Algo de último momento me retrasó. Venia con el temor que de pronto ya no lo encontrara. Jackson se puso de pie y muy ceremoniosamente dijo: —Búsquenme donde se puedan ver brillar las estrellas. El hombre del cabello canoso, río estruendosamente y dijo: —Jackson, esta noche tiene encendida la chispa poética. —Sargento Wilson, tengo el gusto de presentarle a la señorita Aurora Sinclair. —Max Wilson, a sus ordenes. Siéntase como en su casa, señorita Sinclair. —Señor Wilson, es usted muy amable. —Por favor, dos cervezas Samuel Adams, dijo Jackson, que se mostraba inusitadamente alegre. —No recuerdo haber probado nunca esa cerveza, dijo Aurora. —Esa es una buena noticia, de ahora en adelante, siempre recordara el sitio donde la probó por primera vez, dijo Jackson. La Samuel Adams, con sus cinco grados de alcohol, al principio sorprendió a Aurora, que confesaba no ser muy conocedora de cervezas. Pero después de la segunda jarra, empezó a sentir que la tibieza del alcohol etílico corriendo por sus venas empezaba a vencer el frio de la noche. —Usted y el señor Wilson parecen muy buenos amigos. —Los dos estuvimos en la misma compañía de Rangers en la guerra de Irak, dijo Jackson. —¿ Irak?, no me diga que usted estuvo por allá. —Desgraciadamente así es, aunque no me gusta hablar de ese tema. —Ya sabia yo que usted es un hombre que tiene muchas cosas que contar. Esa fue la opinión que me hice de usted, y veo que no me equivoqué. —Tal vez una de las opiniones que se hizo de mi. Porque esa noche vi en su cara dibujado el temor...el temor que de pronto yo fuera un loco, un depravado s****l o un asesino. Aurora sonrió y dijo: —¿ De verdad, se me notaba el miedo? —No lo podía ocultar, y no la culpo. Nuestro mundo se llenó de violencia y lo único que esperamos de nuestros semejantes es lo malo, nada más. Los buenos somos menos cada día, dijo Jackson con cierta amargura. La reflexión de Jackson revivió en Aurora la penosa obligación que ahora tenía sobre sus hombros: Decirle a su abuela que tenía una enfermedad en etapa terminal. Por eso, si por alguna razón desconocida, Jackson aparecía en el momento justo, quería buscar en su compañía, alguna luz que le mostrara el mejor camino que debía tomar.
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