UNA LARGA NOCHE

1301 Words
Dicen que cuando en una conversación se produce un momento de silencio es porque acaba de pasar un ángel. Al parecer, el ángel pasó cerca, porque después de lo último que dijo Jackson se hizo un silencio de unos largos segundos. Aurora se bebió un largo trago de cerveza antes de decir: —Señor Jackson, desde el primer día que llegué a Búfalo tengo encima de mis hombros una gran preocupación que no me he sentido capaz de compartir con nadie, por aquello de que dos personas no pueden guardar un secreto. —Y me parece que ahora quiere compartir un secreto conmigo, sin saber si soy bueno para guardarlos, dijo Jackson sonriendo. —Es cierto, no sé si es bueno para guardar secretos, pero creo que vale la pena arriesgarme con usted. Además, ya lo hice una vez y no me fue mal. —Bueno, entonces adelante señorita Sinclair. Y le confieso que me despertó la curiosidad. —Esta bien, y le agradezco, pero ya no me diga más señorita Sinclair. —Como usted diga, de ahora en adelante será Aurora y Jackson, para que también me quite aquello de señor para aquí y señor para acá. A continuación, Aurora compartió con su amigo la preocupación que sentía por la enfermedad terminal de su abuela, la única familia cercana que le quedaba. Y la responsabilidad que tenía de encontrar el momento apropiado para informarle de la gravedad de su diagnostico. ¿ Y sus padres, Aurora?, preguntó Jackson. —¿ Mis padres?, ese es un tema del que me causa dolor hablar. Tal vez algo parecido a lo que le pasa a usted con el tema de la guerra de Irak. En este próximo mes de noviembre se cumplen cuatro años del accidente de carretera, en el que murieron mis padres y mi novio. —Aurora, discúlpeme por hacerle recordar algo tan doloroso. —No se preocupe, Jackson, usted no tenía manera de saber lo que me había pasado. Jackson, dió un largo suspiro antes de decir: —Yo creo que el momento apropiado para decirle a un ser querido que se esta muriendo no existe. —Yo pienso igual, amigo. No me siento con el valor suficiente, de pararme junto a mi abuela y decirle: le quedan unos meses de vida, pero sea optimista y tómelo con calma. Jackson miró a Aurora a los ojos y le dijo: —La escuela de la vida le ha enseñado lecciones muy valiosas. Muchas personas corren a dar esas amargas noticias sin importarles el dolor y el sufrimiento que causan. No saber ni el día ni la hora en que vamos a morir es lo único que hace soportable la vida. —Bueno, amigo, me siento aliviada de la preocupación que no me dejaba dormir. —Le garantizo que esta noche dormirá plácidamente. La cerveza Samuel Adams, siempre cumple con su deber, dijo Jackson alegremente. —Y a propósito, amigo, tengo otra preocupación enorme, dijo Aurora sonriendo. —Estoy llegando a creer que usted es una fabrica de preocupaciones. —Me preocupa que tengo mi jarra de cerveza vacía, sentenció la mujer. Jackson río de buena gana antes de decir: —Por fin una buena noticia. Parece que la alegría sobrevive. Después que el sargento Wilson sirvió otras dos jarras de cerveza, fue Aurora la que habló: —Jackson, ya usted sabe algo de mi vida, al menos de mis tragedias. Pero de su vida, lo único que sé es que su esposa es una casa y unas tierras. —¿ Y usted, aun recuerda a " mi esposa"? — Aun no la he olvidado y mi abuela tampoco. A ella le causo bastante gracia cuando le conté esa historia. —Aurora, mi vida es algo aburrida, o mejor, algo rutinaria. Vivo de cuidar mi ganado, con eso gano para cubrir mis gastos, que no son muchos, como usted se pudo dar cuenta aquella noche. No tengo televisión para no enterarme de tragedias y no tengo teléfono porque prefiero hablar con las personas viéndoles a la cara. —Los teléfonos son muy útiles, Jackson, de pronto si se presenta una emergencia, siempre se puede dar o recibir ayuda. ¿ no le parece? —Las noticias buenas o malas siempre encuentran la manera de llegar a uno. Claro, las malas llegan primero. Desafortunadamente, siempre es así. Ahora, los únicos que no hemos parado de hablar somos usted y yo. Si se fija bien, en las otras mesas nadie habla con sus amigos o amigas, todos están mandando mensajes con sus teléfonos inteligentes. A lo ultimo, se le presta más atención al que esta lejos, que a quien esta al lado. —Bueno, amigo, creo que en parte tiene razón, aunque yo creo que lo malo no esta en las cosas, si no en el uso que hacemos de ellas. Pero dejando la televisión, los teléfonos y las tragedias a un lado, me gustaría saber si sus padres aun viven, y claro, ojala así sea. —Mi padre murió hace unos diez años... tal vez un poco más. Mi madre, se fue de la casa cuando yo tenía quince años. Una tarde, cuando regresamos de trabajar ya no estaba, se había ido. No se si esta viva o muerta, aunque yo guardo la esperanza que esta viva y que un día volverá a la casa. —Y si ella llegara a regresar, ¿ que haría usted?, ¿ le reclamaría por haberlo abandonado? Jackson, que había bajado la mirada, se bebió un trago de cerveza antes de contestar calmadamente: —Nada tengo yo que reclamarle a mi madre por lo que hizo. Estoy seguro que tuvo razones muy fuertes para hacerlo, razones que no podía entender un muchacho inexperto como era yo, ni un hombre enamorado como era mi padre. —¿ Su padre la amaba mucho?, preguntó Aurora. —Demasiado la amó. Se conocieron antes de que él se fuera para Vietnam y se casaron a los pocos meses que regresó. Y aunque nunca me lo dijo, creo que él jamás superó que mi mamá nos abandonara. Murió cuando tenía cincuenta años, muy joven para morir. —Su padre estuvo en Vietnam y usted en Irak y los dos regresaron sanos y salvos, dijo Aurora, buscando que la conversación tomara un rumbo más amable. —Y mi abuelo estuvo en la segunda guerra mundial. Nuestro país se ha encargado de tener una guerra disponible para cada generación. Pero después de lo que yo vi en la guerra que me tocó, me hice una promesa y espero cumplirla. —¿ Y que promesa es esa, Jackson? —Que ningún hijo mío irá a la guerra. —¿ Y como piensa evitar que vayan a una guerra?, ¿ los va a mandar para otro país?, pregunto Aurora. —No, el asunto no es tan complicado. Para que un hijo mío no vaya a la guerra es sencillo: no pienso tener hijos. Ahora con tantas cosa que hay para evitar tener familia, eso es algo demasiado fácil. Aurora se tomó el ultimo trago de cerveza que quedaba en su jarra y dijo: —¿ Pero no se ha puesto a pensar que los hijos no solo van a la guerra? Los hijos están ahí para que nos cuiden cuando estemos viejos. Los hijos heredan a los padres. ¿ A quién piensa usted dejar su tierra y el fruto de su trabajo? —Mi amiga Aurora, he visto morir en la soledad a hombres y mujeres que han tenido muchos hijos. Y sobre las pocas cosas que tengo, espero tener tiempo para repartirlas entre mis cuatro trabajadores, o tal vez a sus hijos. —Ay, Jackson, dijo Aurora. Como dijo mi abuela, es difícil encontrar en pleno siglo veintiuno una persona, pero tan solo una, que piense como usted.
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