Capítulo cinco: Burbuja de Deseo
Lucía se quedó mirando a Arturo desconcertada por su saludo.
—¡Ya sabes por qué estoy aquí!
Sus cejas negras como el ébano se enarcaron en un gesto de aristócrata, pues incluso cuando quería mostrar su desacuerdo, Arturo tenía unos modales exquisitos.
—¿Cómo iba yo a saberlo?
—Porque fuiste tú el que me envió ese periódico —le recordó ella con cierta tirantez, por el efecto de sus nervios unidos a una desagradable sensación de ridículo.
—¿Y bien? —siguió él de igual forma, críptico pero elegante.
Lucía intentó tragar el nudo que tenía en la garganta, pero le resultó una tarea imposible.
—Es obvio que he venido directo a verte.
Arturo soltó una suave risa que provocó un escalofrío en lo más profundo de Lucía.
—¿En verdad es obvio? —bufó—. ¿Te importaría explicarme cómo es posible que puedas describir esta repentina visita tuya como «obvia»?
Lucía estaba empezando a sentirse intimidada por la peligrosa tensión ambiental que tan bien conocía. Su naturaleza era demasiado abierta y directa como para comprender el temperamento de su esposo, quién a su vez era más complejo y oscuro.
Aquella visita era para ella de vital importancia, pero la frialdad con la que él estaba tratándola la tenía un tanto desorientada.
—Es como si no estuvieras escuchándome. No seas así. ¡No te comportes como si esto fuera un juego!
—Pues tú no des cosas por sentado, amore —el calificativo sonó a burla—. No estás dentro de mi cabeza y no tienes ni la menor idea de lo que estoy pensando ahora mismo.
—Sé que debes de estar muy, bastante enfadado conmigo...
—Te equivocas —la contradijo él—. Estar enfadado después de tanto tiempo sería algo totalmente ridículo e improductivo.
Pero Lucía llevaba demasiadas cosas dentro como para contener las palabras que se agolpaban en sus labios, luchando por salir.
—Soy consciente de que me odias y de que yo tengo la culpa de todo lo ocurrido... y no pasa nada, es lo que merezco —reconoció su error con humor.
—No me hagas perder el tiempo con todo eso —espetó Arturo frío como el hielo.
Lucía levantó sus ojos marrones y angustiados, como implorándole que la escuchara y apreciara la sinceridad con la que hablaba.
—Sé que decirte que lo siento es bastante poco a estas alturas y hasta te resultará enervante, pero tengo que decirlo.
—¿Por qué? —la mirada oscura y brillante del italiano se detuvo en ella como un desafío—. No tengo el menor interés en oír tus disculpas.
—Tú me enviaste ese diario... —le recordó de nuevo con poco más que un susurro.
Sin embargo, él se encogió de hombros con indiferencia.
—Querías que supiera que me había equivocado —continuó diciendo Lucía, sacando fuerzas de la flaqueza después de un largo y tenso silencio—. Querías que viera la prueba de tu inocencia.
—O quizá quería hacerte sufrir —sugirió él con voz suave—. O quizá el orgullo me haya obligado a hacerlo, pero fuera cual fuera mi motivación, ya no importa.
—¡Claro que importa! —a ella ya no le quedaban fuerzas para seguir controlando sus emociones—. Kiera Steiner arruinó nuestro matrimonio.
—¡No! —la interrumpió él con una calma letal—. Ese logro es única y exclusivamente tuyo, amore. Si hubieras confiado en mí, todavía seguiríamos juntos. Tú, Lucía Sullivan, nos arruinaste la vida a los dos y ahora, después de dos años, tendrás que enfrentar las consecuencias.
Arturo no cedería, no esta vez. En aquel preciso instante, tenía su destino en sus manos.
Lucía dio un paso hacia atrás como si sus palabras la hubieran golpeado realmente. Había descrito los hechos despojándolos de compasión y dejándolos en la cruel realidad.
—No es tan sencillo.
—Yo creo que sí.
—¡Pero tú permitiste que yo te abandonara! —protestó desesperada—. ¿Acaso intentaste persuadirme con todas tus fuerzas? ¿O por casualidad trataste de convencerme de verdad de que esa mujer estaba mintiendo?
—¿Todo el mundo es culpable hasta que se demuestre su inocencia...? ¿Es así como justificas lo que hiciste? —le reclamó él—. Estás intentando pasarme la culpa, pero no había manera de demostrar que Steiner estaba mintiendo. Dormí solo aquella noche y todas las demás que pasé en aquel barco, pero no había ningún testigo presencial aparte de mí mismo —le recordó con la frialdad de un abogado en medio de un juicio.
»Las mujeres como ella siempre buscan a su presa entre los hombres ricos y tú lo sabías cuando te casaste conmigo —continuó—. La única manera de proteger nuestro matrimonio era confiando el uno en el otro, pero tú fallaste en la primera prueba.
—¡Quizá habría confiado más en ti si tú lo hubieras negado con más ímpetu! —se justificó la rubia alzando el tono de voz, debido a la rabia que le daba percibir aquella frialdad y aparente falta de interés—. Pero, al parecer, eras demasiado orgulloso como para intentar convencerme de que estaba cometiendo un error y estaba siendo injusta contigo...
—Contrólate, amore. Esta reunión resulta muy embarazosa para ambos y no me agrada tener que decírtelo.
—No vas a dejarme que me disculpe, ¿verdad?
Era tan sincera, tan directa y tan desastrosamamente inocente... Estaba buscándose problemas, pidiéndolos a gritos.
Al casarse con ella, reflexionó Arturo con cierta amargura, había planeado protegerla de todo mal. Nunca se le ocurrió que pudiera acabar exiliado en zona enemiga y que el único modo de escapar, fuera comprometer sus propios ideales.
La luz del sol interrumpió sus elucubraciones al reflejarse directamente sobre el rostro de Lucía. La perfección de su piel color crema contrastaba con sus ojos claros, profundos y brillantes como dos joyas. Su cuerpo reaccionó de inmediato, endureciéndose de un modo exasperante ante la visión de aquel rostro con esa boca suave, vulnerable y apetecible como una fruta madura.
En ese momento, la mirada de Lucía se unió a aquellos ojos ardientes y sintió que se derretía por dentro. La temperatura de su cuerpo aumentó de repente y se sintió débil y mareada. Aquella automática reacción a su agresiva masculinidad le resultaba tan familiar. Aquellas largas pestañas negras como las de su hijo se abrieron al máximo para lanzarle una fría mirada.
—No sé por qué has venido a verme —resumió con una total falta de expresión en el rostro.
—Sí, sí lo sabes... ¡Lo sabes muy bien! —insistió ella con las mejillas ruborizadas. Estaba haciendo un esfuerzo por concentrarse a pesar de que tenía la sensación de que él había percibido su humillante reacción a su proximidad.
—Pero quizá no quiera ahondar ahora en ese tema —Arturo golpeo la piel sensible de su cuello con su aliento y ella tembló de pies a cabeza.
Sus miradas conectaron, como sí se trataran de imanes y entonces, la burbuja del deseo los atrapó.
¿Iba a besarla?
¿Era posible que, después de todo, tuvieran una segunda oportunidad?