4. VOLVERTE A VER

1147 Words
Capítulo cuatro: Volverte a ver Nada más enterarse de la llegada de su esposa, Arturo solicitó hacer un descanso en la reunión. Mentiría si dijera que aquella visita lo tomaba por sorpresa. Al verla de pie en la recepción, se quedó parado en el descansillo de las escaleras. En mitad de la enorme sala, Lucía parecía diminuta e insignificante. La falda y el suéter morado que llevaba estaban deformados y podía apostar a que tenía otros dos o tres conjuntos iguales. Lucía odiaba ir de tiendas y comprar las cosas al por mayor la ayudaba a espaciar aquella obligación al máximo. Lejos de la atención que él le había prestado, había abandonado con demasiada rapidez el estilo que él le había inculcado y había regresado a su falta de elegancia. Llevaba las uñas sin pintar, junto el cabello rubio, casi plateado y sedoso, recogido con un vulgar prendedor de plástico. Con aquella indumentaria, no era el tipo de mujer que hacía que los hombres se volvieran a mirarla por la calle. Y sin embargo tenía una belleza luminosa que ni la más aburrida vestimenta podía ocultar. Paseó la mirada por la porción de hombro desnuda que dejaba entrever el suéter y después recorrió aquel delicado y femenino perfil. Una oleada de deseo le hizo reaccionar apretando los puños con fuerza. La atracción física continuaba ahí, dormida debida a la distancia autoimpuesta, pero se había reactivado nada más verla. En otro tiempo la había considerado dulce y leal hasta la muerte. Su calidez y su modestia lo habían cautivado desde un inicio. Eso, su sinceridad y su bondad habían influido en gran parte en su cínica visión del mundo, porque no había nada falso en ella. Arturo había creído a ciencia cierta que había encontrado un diamante un bruto que valía por toda una mina. Había creído que su matrimonio funcionaría mientras tantos otros fracasaban. Él era un hombre para el que el fracaso era terreno prohibido y había elegido a la que sería su esposa con extremo cuidado. Sin embargo, allí estaban ahora, Lucía no había resultado ser digna del anillo que él había puesto en su dedo. Apartó la mirada con justificada ira, pero enseguida su cerebro enfrió el fuego arrasador de su sangre. ¿Por qué motivo había interrumpido la importante reunión que estaba manteniendo? Por un momento se había dejado llevar por las buenas maneras, decidió dándose media vuelta. Después de todo, él no la había invitado a que se presentara en su oficina a mitad de la jornada laboral con la idea de recibir su atención. Arturo tenía que admitir que aquella reacción ante la confesión de Kiera Steiner era muy típica de ella y él mismo podría haberla previsto. Conocía bien a Lucía. De hecho, en otro tiempo se había preciado de sobresalir en todo lo que ella era un verdadero desastre. A pesar de su aparente tranquilidad, Lucía podía reaccionar con una increíble impulsividad a la que la arrastraban sus indisciplinadas emociones. Siempre había estado ciega por completo a las oscuras motivaciones que podían impulsar a otros a actuar, por lo que era incapaz de protegerse contra la manipulación. Era capaz de luchar a muerte para encontrar un acto redentor hasta en el ser humano más deplorable. «Demasiado ingenua», caviló. Aunque había cierto encanto en esa inocencia. Pero Arturo no tenía la intención de redimirse ante ella. Tampoco deseaba verla y aquella repentina visita le parecía una insensatez que podría dejarla en ridículo. Era una torpeza aparecer allí el mismo día en que se había publicado la confesión de Kiera Steiner. ¿Acaso Lucía no tenía el más mínimo sentido común? A menudo había creído que no. Si la prensa se enteraba de que estaba allí, aparecerían hordas de paparazzi. Así que, sin querer dedicarle más tiempo, Arturo reanudó sus pasos, esa vez de vuelta a la reunión. Lucía tomó asiento sin sospechar que habían estado observándola con detenimiento. Se sentía incómoda e inquieta con las miradas furtivas que atraía. Había intentado ponerse en contacto con Arturo por teléfono desde el tren, pero había sido en vano, puesto que el número del móvil que ella tenía estaba ahora «fuera de servicio». Tampoco llamando a la empresa había tenido mucha suerte, ya que le había resultado imposible hablar con él en persona. Así que solo le había quedado la opción de presentarse allí, donde la habían informado con frialdad de que el señor D' Angelo estaba muy ocupado. Por lo que se preparó para una larga espera con el consuelo de que al menos Arturo estaba en el edificio y no de viaje como habría podido suceder. Esa misma tarde a las cinco, Arturo concluyó la reunión y le pidió a su secretaria que acompañara a Lucía hasta su despacho. Después de tres horas de espera sin que nadie le diera el menor atisbo de esperanza, ella se sintió aliviada de que alguien la sacara de aquella imponente recepción. No obstante, se convirtió en un amasijo de nervios ante la perspectiva de volver a ver a su marido después de tanto tiempo. No sabía qué iba a decirle, no tenía la menor idea de cómo salvar el abismo que se había abierto entre ellos. Su supuesta infidelidad había creado una enorme barrera entre ella y sus emociones, pero ahora esa barrera había desaparecido y con ella la noción de cómo debía comportarse. Lucía atravesó el umbral de la puerta azorada e insegura. Arturo dominaba sin esfuerzo todo lo que lo rodeaba con su más de metro noventa y su perfecto cuerpo de atleta. Lucía tuvo la sensación de que el oxígeno de la habitación se había esfumado impidiéndole respirar. Se le había quedado la boca seca y el corazón amenazaba con escapársele del pecho con su fuerte galope. Encontrarse con aquellos ojos verdes claro casi miel y profundos era como chocar contra una alambrada eléctrica. Le avergonzaba que incluso en una situación tan crucial como aquella, se sintiera arrastrada por la atracción que ejercía aquel hombre sobre ella. —Bueno, bueno, pero si es mi crédula esposa... —murmuró Arturo, a quien por sus operaciones en el mundo empresarial, habían descrito como el Titán de Hielo, tan frío y peligroso como guapo. Su ligero acento italiano le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda como una descarga—. Por fin te dignas a venir y darme la cara después del juicio, aunque... llegas casi dos años tarde. —Arturo... —Y dime —no le permitió hablar. Esta vez él tenía él control y lo usaría a su voluntad—, ¿qué te trae a la ciudad, Lucía? —Sé que llego tarde —ella trago con fuerza, buscando eliminar el nudo de sensaciones atascado en la garganta—, pero he venido con la bandera blanca, Arturo. ¿No crees que nos debemos, al menos, una última conversación?
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