3. INOCENTE

1238 Words
Capítulo tres: Inocente Las líneas recién leídas daban vueltas en su cabeza una y otra vez hasta marearla por completo. —Juzgué mal a Arturo... —¿Que hiciste qué? —preguntó su hermana casi gritando, al mismo tiempo que le arrancaba el periódico de las manos con evidente impaciencia. Lucía se pasó la mano por la frente cubierta de sudor de manera repentina. La culpabilidad hacía que le retumbaran las sienes, los oídos le pitaban y tenía la sensación de no poder afrontar la magnitud de su error. Aquella confesión la había golpeado como golpeaba una piedra contra un cristal haciéndolo pedazos. El mundo que había reconstruido a la fuerza se le derrumbaba bajo sus pies. En una milésima de segundo, había pasado de ser una mujer que creía haber hecho lo correcto, abandonando a su marido infiel, a convertirse en una que había cometido un fatal error con el que había hecho daño al hombre al que amaba y al hijo de ambos. ¡Por Dios, había huído sabiendo que estaba embarazada! —No irás a creerte esta basura, ¿verdad? —inquirió su hermana en tono despreciativo—. Ahora que los medios no le hacen ni caso, Kiera Steiner haría o diría cualquier cosa para que su nombre volviera a los titulares. —No... —Lucía negó de manera repetida, como muñequita rusa—. Su historia coincide exactamente con lo que Arturo me dijo en su momento, pero... yo... —su voz fue perdiendo fuerza hasta quebrarse con la llegada del llanto que ella luchaba por contener—, pero yo no quise escucharlo... —¡Claro que no lo escuchaste! —la interrumpió su hermana—. Eras demasiado sensata como para escuchar sus mentiras. Sabías que, antes de casarse contigo, era un mujeriego sin remedio. Si reputación siempre le ha precedido. ¿Acaso no intenté yo avisarte? Mucha gente había tratado de prevenir a Lucía para que no se casara con Arturo D' Angelo; de hecho nadie parecía haberse alegrado de su unión en su momento, ni la familia de él ni la de ella. Todos se habían sorprendido de su decisión y habían dudado de que hubiera alguna posibilidad de que tan extraña pareja tuviera éxito. Hasta los que se suponía que les deseaban lo mejor le habían dicho a Lucía que era demasiado tranquila, demasiado reservada y estudiosa y demasiado poco apasionada para un hombre tan sofisticado como Arturo. Ella había escuchado todos aquellos preocupados consejos, los cuales habían terminado por conseguir hacerla sentirse insegura incluso antes de la boda. Sin embargo, al final del día, Arturo solo había tenido que chascar los dedos para que ella acudiera corriendo a su encuentro contra viento y marea. Lo había amado más que a su propia vida y se había sentido desprotegida e indefensa ante el poder de aquel amor. —De todos modos, ahora ya estás prácticamente divorciada —le recordó Kathia con dureza. Para ninguna de las dos era un secreto que ella y el italiano no se tenían en alta estima—. Nunca deberías haberte casado con él. Erais totalmente incompatibles... y lo seguís siendo. Lucía no dijo nada, tenía la mirada perdida en el vacío, inmersa en un torbellino de sentimientos. Arturo no la había traicionado en los brazos de Kiera Steiner. La rubia atrevida e intrépida se había colado en el yate de Arturo, recordó Lucía. Haciéndose pasar por una estudiante, Kiera había conseguido que uno de los invitados de Arturo la contratara para servir de acompañante a su hija en el crucero y al mismo tiempo ayudarla a practicar inglés. Y cuando aquellas detalladas confesiones habían salido a la luz, nadie se había sentido en posición de confirmar o contradecir tales afirmaciones. Nadie excepto Arturo... De repente, Lucía sintió unas náuseas horribles. Sentía asco de sí misma. Había castigado a su marido por un pecado que no había cometido, en lugar de tener fe en el hombre con el que se había casado. Arturo era inocente, lo que significaba que toda la agonía por la que ella había pasado en los dos últimos años había sido única y exclusivamente por su propia culpa. Aquélla era una realidad muy dura de aceptar de pronto, pero Lucía tenía la suficiente humildad para aceptar su error y dar el paso más importante. Debía disculparse por el daño que le había infligido a Arturo. O al menos, intentarlo, porque tenía claro que su esposo no se la pondría fácil. Había transcurrido demasiado tiempo, se había perdido demasiado de su hijo... «¡Oh, Ezzio!», el pequeño más que nadie había salido perjudicado. Casi se echó a llorar enfrente de su hermana, no obstante, por suerte le quedaba algo de cordura. Tomó una profunda respiración, tratando de infundirse serenidad, para llenarse de valor. Sabía a la perfección qué era lo que debía hacer. —Necesito ver a Arturo... —murmuró decidida. —¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho? —saltó Kathia con gesto de alarma—. ¿Para qué demonios necesitas ver a Arturo? Lucía se encontraba en estado de shock y a pesar de estar actuando con el piloto automático, la aplastante necesidad de ver a su marido la guiaba como una antorcha encendida en mitad de un túnel oscuro. Hacía casi dos años desde la última vez que lo había visto, puesto que desde entonces los abogados se habían encargado de todo el proceso legal y una niñera era la que recogía a Ezzio para llevarlo con él. La acomodada situación económica de Arturo le había permitido no tener que tolerar ningún encuentro personal con su mujer después de la separación. —Tengo que verlo —mientras hablaba, Lucía estaba ideando con torpeza la manera de desplazarse hasta Londres. Como aquel día le tocaba trabajar, Irma estaba a punto de llegar para cuidar a Ezzio y se quedaría allí hasta las seis de la tarde—. ¿Vas a salir esta noche? —No... No lo he pensado —respondió Kathia sorprendida por el súbito cambio de tema. —No sé a qué hora conseguiré ver a Arturo. Lo más probable es que no sea una de sus visitas más esperadas, así que supongo que volveré tarde —le explicó ella con ansiedad—. Puedo pedirle a Irma que se quede un poco más tarde y acueste a Ezzio. ¿Podrás tú cuidarlo hasta que yo vuelva? —Si vas a ver a Arturo, cometerás el mayor error de tu vida —vaticinó Kathia con vehemencia. —Tengo que disculparme... es lo menos que puedo hacer. En el tenso silencio que se hizo en el salón, apareció una luz que iluminó a Kathia. —Quizá no sea tan mala idea —se le ocurrió—. Podrías aprovechar la oportunidad para decirle que estás completamente arruinada... —¡Jamás podría hacer eso! —saltó Lucía de inmediato. —Entonces yo no podré cuidar de Ezzio —contraatacó su hermana sin titubear. La rabia y la vergüenza luchaban dentro de ella. —Está bien... mencionaré el tema y veré si puedo hacer algo... Su capitulación provocó una sonrisa en Kathia. —Muy bien... Entonces, solo por esta vez, haré de niñera —concilió, como si cuidar a su propio sobrino fuera un sacrificio—. Esperemos que Arturo se sienta muy generoso cuando te vea humillarte ante él.
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