2. ME HE EQUIVOCADO

2433 Words
Capítulo dos: Me he equivocado —Capi, haz el favor de salir... —le suplicó Lucía al pequeño husky de tres patas que se escondía bajo el aparador. Capi, cuyo nombre hacía mención a un heróico personaje de los cómics de Marvel, el Capitán América, permaneció inmóvil. Le habían negado la oportunidad de hincar los dientes en la pierna del reparador de lavadoras y por tanto, le habían impedido cumplir con su deber de proteger a su dueña de un intruso. Se suponía que los perros no se enfurruñaban, pero Capi solía enrabietarse como un niño cuando se veía privado del placer de echar a los hombres de la casa. Ezzio soltó una risotada y se dispuso a gatear bajo el mueble en busca de su compañero de juegos. Sin embargo, Lucía se lo impidió, aquellos enormes ojos marrones se abrieron de par en par y empezó a dar manotazos para librarse de los brazos de su madre. Cuando vio que no lo conseguía, gritó contrariado. —No —le dijo ella tranquila pero tajante. Después de una reciente humillación sufrida en el supermercado, no le había quedado otro remedio que llegar a la conclusión de que tenía que aprender a controlar los ataques de genio de su hijo. «¿No?» Ezzio miró con evidente perplejidad a la mujer de pelo claro y grandes ojos azules llenos de ansiedad. Irma, su niñera, utilizaba con frecuencia aquella desagradable palabra, casi tanto como su padre. No obstante, el niño sabía que su madre lo adoraba y detestaba negarle nada. De hecho, a sus dieciocho meses tenía todos los instintos de un tirano, cuando había descubierto que solo necesitaba algunas respuestas básicas para obtener el triunfo en cualquier situación: cuando le frustraban algún plan, lo único que debía hacer era desatar una buena pataleta hasta que le dieran lo que quería. Así que empezó a respirar hondo, preparándose para gritar y patalear. Con apenas su metro sesenta y su delgada estatura, Lucía se limitó a dejar al pequeño en el corral, puesto que ya había comprobado en más de una ocasión lo difícil que le resultaba sujetarlo cuando el mal genio se apoderaba de él. Luego del día en que se le cayó de los brazos, había decidido que en esas situaciones lo mejor era soltarlo. —¡Este niño está muy mimado! —le había dicho su hermana Kathia en aquella ocasión y lo había hecho con tan evidente desagrado, que la tierna y maternal Lucía se había sentido herida. —Exigente el pequeñajo, ¿no? —había comentado con desaprobación Ellian Conte, su amigo y compañero del departamento de botánica—. ¿No has pensado en enseñarle un poco de disciplina? —Tienes que ser firme con él —le había recomendado Irma después de que Lucía insistiera en que le explicara por qué el niño no se comportaba de ese modo con ella—. Ezzio puede llegar a ser muy terco. Lucía hizo montó el parquecito miniatura y arrancó el trencito que rodeaba la construcción. Una distracción a tiempo podía hacer maravillas para cortar sus rabietas. Y así fue, el pequeño se quedó a medias en el llanto para echarse a reír sorprendido ante las vueltas del artefacto. Lucía lo levantó en brazos y lo estrechó con fuerza al mismo tiempo que parpadeaba con demasiada rapidez para eliminar las lágrimas de sus ojos. Todo el amor desesperado que había sentido una vez por Arturo había sido transferido a su hijo. Estaba convencida de que sin Ezzio se habría vuelto loca de dolor tras el fin de su matrimonio. Las necesidades del niño la habían obligado a enfrentarse a la dura realidad y a inventar una nueva vida para los dos. Pero el sufrimiento que le había provocado la traición de Arturo seguía clavado dentro de ella y tenía que vivir con él día tras día. Siempre había sentido las cosas de un modo muy hondo y ya de niña había tenido que aprender a ocultar la intensidad de sus emociones tras una aparente tranquilidad. De otro modo hacía que los demás se sintieran incómodos. El ruido de un coche acercándose a la casa por el camino de grava anunció el regreso de Kathia. Capi asomó la cabeza por debajo del aparador, dio un solo ladrido mirando con nerviosismo a la puerta y al final volvió a esconderse. Un segundo después, se abrió la puerta para dar paso a la mujer alta y castaña que habría resultado preciosa de no ser por la dureza de sus ojos verdes y por su mandíbula siempre apretada en un gesto de descontento. Indiferente a la entrada de su tía, seguramente porque Kathia jamás le prestaba atención si no era para quejarse de su inmaduro comportamiento, Ezzio bostezó y dejó caer la cabeza sobre el pecho de su madre. —¿No debería estar echándose la siesta desde hace rato? —preguntó Kathia irritada al ver al pequeño. —Estaba a punto de subirlo a su dormitorio —Lucía subió las escaleras preguntándose si el mal humor de su hermana habría sido ocasionado por otro disgusto profesional, lo cual le recordó que ella misma tampoco se encontraba en una buena situación económica. Habría sido cruel sermonear a Kathia sabiendo que tenía que luchar con fuerza para sobrevivir sin champán, caviar y todo ese tipo de lujos a los cuales se había acostumbrado en el pasado. Lucía también se sentía culpable porque era consciente de que su negativa a aceptar ningún apoyo económico de su todavía esposo, más que el estrictamente esencial para mantener al niño, era la razón principal de sus números rojos. Había puesto su orgullo por encima del sentido común y ahora estaba pagando las consecuencias. Al menos la casa en la que vivía era pequeña y barata de mantener. Por supuesto, Kathia era de la opinión de que parecía una casa de muñecas; pero en los oscuros días que había pasado sola, a punto de dar a luz y luchando por soportar la vida sin Arturo, aquella pequeña casa se había convertido en una especie de refugio para ella. Además, estaba situada en una bonita zona de campo cercana a Yorkshire, en cuya universidad Lucía trabajaba tres días a la semana como tutora en el departamento de botánica. Con sus dos dormitorios, tenía el tamaño perfecto para una madre y su único hijo; pero se quedaba algo corta cuando surgía la necesidad de alojar a otro adulto. No obstante, Lucía estaba encantada de tener allí a su hermana y solo esperaba que tuviera en cuenta la posibilidad de buscarse un lugar más amplio en un futuro cercano. Pero, ¿quién habría pensado que la boutique londinense de Kathia acabaría teniendo que cerrar? Su pobre hermana lo había perdido todo: su moderno apartamento en la zona más exclusiva de la ciudad, su coche deportivo, algunas de sus preciadas joyas... por no hablar de la mayoría de sus sofisticados aunque volubles amigos. —¡Ni te molestes en preguntarme qué tal me ha ido en la entrevista! —advirtió su hermana cuando Lucía volvió de acostar al pequeño—. Esa vieja bruja prácticamente me ha acusado de mentir en el curriculum, pero yo ya le he dicho lo que podía hacer con su asqueroso empleo. —Vamos... —trató de decir Lucía algo desconcertada—. Seguro que no fue tan malo como lo cuentas. ¿Acaso te acusó directamente de mentir? —No ha hecho falta... Ha empezado a preguntarme cosas en francés y yo no sabía qué demonios me estaba diciendo —narró Kathia en medio de su pequeño rabieta—. Yo simplemente había puesto que tenía conocimientos básicos de francés, ¡no que lo hablara o entendiera con fluidez! Aunque no tenía la menor idea de que su hermana mayor hubiera estudiado francés en su vida, Lucía intentó calmarla con palabras de consuelo y comprensión. Sin embargo, Kathia no apreció tal intento. —¡La culpa de que me hayan humillado así la tienes tú! —¿Yo? —preguntó Lucía desconcertada. —Todavía estás casada con un hombre increíblemente rico y, sin embargo, nosotras nos morimos de hambre —explicó Kathia con tremenda amargura—. Siempre estás quejándote del poco dinero que tienes y haciendo que me sienta culpable... Estoy buscando trabajos que están muy por debajo de mi nivel, mientras que tú te pasas el día sentada en casa cómodamente, mimando a Ezzio como si fuera un príncipe. Lucía estaba horrorizada por el profundo resentimiento que estaba mostrando su hermana y se sentía responsable. —Kathia, yo... —Siempre has sido muy rara, Lucía. ¡Echa un vistazo a tu vida! —continuó diciendo la aludida con igual desprecio—. Vives aquí en mitad de la nada, con un perro monstruoso y tu precioso hijo y jamás haces nada ni vas a ningún sitio que merezca la pena. Tienes un trabajo, si es que se le puede llama así, aburrido, una vida aburrida, siempre has sido la persona más aburrida que conozco. ¡No me extraña que Arturo tuviera una aventura con aquella rubia tan sexy! —explotó tan frustrada como furiosa—. ¡Lo que es un misterio es que alguna vez se casara con alguien tan insignificante como tú! Lucía observó consternada el final de tan terrible diatriba y la salida explosiva de su hermana. Enseguida se apresuró a almacenar todas aquellas palabras en el subconsciente a la vez que acariciaba a Capi, quien se había echado a temblar por efecto de unos gritos a los que no estaba acostumbrado. Trató de recordarse que Kathia estaba pasando un mal momento, uno que habría sacado de sus casillas a cualquiera. Nadie sabía mejor que Lucía lo duro que era construir una nueva vida sobre las cenizas de la pérdida y la destrucción. Y aquello resultaba especialmente difícil para Kathia, quien nunca había tenido que renunciar a nada, acostumbrada a unos privilegios que siempre había disfrutado sin preguntarse por qué o de dónde venían. Sin embargo, Lucía había crecido creyéndose una persona afortunada. Sus padres biológicos habían fallecido en un trágico accidente de coche cuando ella era apenas una bebé, pero pronto la había adoptado la acomodada familia Sullivan. Su única hija, Kathia, tenía por aquel entonces tres años y la pareja había decidido adoptar otra hija para que a su niña nunca le faltara compañía. Nadie la había tratado mal en la familia Sullivan, pero Lucía sabía que no había respondido a las esperanzas del matrimonio de que se convirtiera en el alma gemela de Kathia. Entre ellas nunca había habido nada en común y la diferencia de edad nunca había hecho más que intensificar su disparidad. Consciente de su fallo, Lucía había crecido con la sensación de ser una continua fuente de decepciones para la familia adoptiva. Los Sullivan habían esperado que Lucía se convirtiera en una señorita femenina como Kathia, a la que le habían encantado la moda, los caballos y el ballet antes de interesarse por los hombres y la intensa vida social. Sin embargo, Lucía siempre había sido tímida, introvertida y resultó ser también la más torpe de la clase de ballet. Los caballos la habían aterrado solo un poco menos que los hombres, lo que la había hecho huir de las fiestas como de la peste bubónica. Se había convertido en un ratón de biblioteca desde el momento en el que había aprendido a leer y solo se había sentido segura de sí misma en el mundo académico, donde su inteligencia siempre había sido recompensada con las mejores notas. No obstante, los logros conseguidos en ese terreno no habían hecho más que incomodar a sus padres, quienes encontraban anormal que una joven de su edad estuviese tan interesada en estudiar. Su madre había fallecido de un ataque cardíaco cuando Lucía tenía diecisiete años y su padre había muerto cuando ella estaba en la universidad, después de varios meses tratando de sobrevivir a una seria crisis económica. Para Kathia había sido todo un golpe tener que vender la casa y las antigüedades de los Sullivan, las cuales siempre había creído que acabarían siendo suyas algún día. Y ella no había sabido cómo consolar a su hermana por tal pérdida. El estridente timbre de la puerta la sacó de aquel repaso de sus fracasos como hija y hermana adoptiva. Un mensajero le entregó un paquete y se volvió a marchar con la misma rapidez que había llegado. —¿Qué es? —le preguntó Kathia mientras ella miraba atónita la elegante tarjeta en la que enseguida había distinguido la letra de su cuñado. —No lo sé —Lucía frunció el ceño confundida al ver el periódico, ya que había dado por sentado que sería un regalo para Ezzio. La confusión se tornó en ira en cuanto reconoció a la exuberante rubia que prometía contar todos sus secretos en la página cinco. Mientras pasaba las hojas se le iba haciendo un nudo en la garganta y un sudor frío le empapaba las manos. ¿Por qué iba Arturo a ser tan cruel de mandarle un artículo sobre Kiera Steiner? Siguió buscando la página que le importaba haciendo caso omiso a la insistencia de su hermana para que le dejara ver el periódico. Y... por fin encontró el titular "SOY RICA GRACIAS A LAS MENTIRAS" Leyó el artículo a doble página sin pestañear siquiera. Con una increíble falta de vergüenza, Kiera confesaba que la historia de su fugaz aventura con Arturo D' Angelo no había sido más que una efectiva mentira elaborada con el propósito de hacerse famosa y de que la invitaran a las fiestas de sociedad. La noche de pasión desenfrenada que la modelo había relatado apenas dos años antes había sido una pura invención. Lucía se quedó petrificada, pues una especie de aturdmiento se había apoderado tanto de su cuerpo como de su cerebro. ¿Kiera Steiner se lo había inventado todo? ¿No había sido más que una cruel mentira? De pronto, tenía la sensación de haberse quedado hueca. Arturo no la había traicionado, él no había mentido y ella... ¿Y ella? Ella había preferido pensar lo peor de él y se había negado a aceptar sus explicaciones. Le había dado la espalda a su marido y a su matrimonio por confiar más en las palabras de una fulana desconocida que en las del hombre que amaba. Aquella agonía la estaba devorando viva. Era como caer en el más oscuro y profundo de los abismos. ¡Por Dios, ¿qué había hecho?! —Me he equivocado...
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