Janet salió al pasillo, pálida, con el pequeño dispositivo en una bolsa de pruebas. Michelle y las demás se levantaron al verla.
—Norma no nos traicionó —dijo Janet con la voz quebrada, mostrando el
microchip—. Ella ES el rastreador. Teylor o Jáuregui se lo implantaron quirúrgicamente, probablemente durante algún chequeo médico de rutina o cuando estuvo herida en el pasado. Cada vez que su pulso se aceleraba, el chip enviaba nuestra ubicación exacta.
Michelle cerró los ojos, apretando los puños. La culpa la invadió: Norma había sido una antena humana sin saberlo. Por eso Jáuregui siempre iba un paso por delante.
—Pero hay algo más —continuó Janet, mirando a Sol—. El médico dice que el
chip tiene un receptor de audio. Han escuchado cada palabra que dijimos en
la oficina, en el muelle y en la mansión.
De repente, todas las pantallas del hospital —los monitores de signos vitales, las computadoras de recepción— se tornaron negras. Un segundo después,apareció el rostro de Teylor. No estaba en una guarida, estaba en un avión privado, brindando con una copa de cristal.
—Felicidades, Janet. Siempre supe que eras la más observadora —dijo Teylor
a través de los altavoces del hospital—. Ahora que saben el secreto de Norma,
imaginen lo que he escuchado. Sé que van al hospital militar a buscar a Esteban. Sé que Sol tiene el virus en su reloj. Y sé que Michelle... —hizo una pausa dramática— ...todavía cree que puede salvarlas a todas.
Teylor sonrió con una frialdad que helaba la sangre.
—El chip de Norma tiene una función final que el cirujano no vio. Es una micro-carga térmica. Si intentan desactivarlo o si se alejan más de un kilómetro de este hospital, Norma morirá. Tienen diez minutos para enviarme los códigos reales de la DEA, o la "negra" se convertirá en cenizas desde
adentro.
Michelle miró a sus amigas. Estaban acorraladas en su propio refugio.
El Hospital Secreto se convirtió en una sala de interrogatorios médicos.
Bajo las órdenes de Michelle, las cuatro se sometieron a un escaneo corporal completo. La atmósfera era humillante y dolorosa: verse obligadas a revisar cada centímetro de su piel buscando traiciones de silicio mientras el tiempo corría.
—Nada. Ustedes tres están limpias —dijo el técnico forense, apagando el escáner—. Solo Norma tenía el dispositivo.
Sol se desplomó en una silla, agarrándose la cabeza.
—¿Cómo pudo llevarse a Mía? —sollozó—. Las oficinas de la DEA tienen seguridad biométrica, cámaras de 360 grados... Nadie entra sin que el sistema lo registre. ¡Nadie!
Karla caminó hacia la ventana blindada, mirando su reflejo.
—Eso significa que quien se llevó a la niña tiene un pase de acceso de alto nivel. Alguien que el sistema no marcó como amenaza.
Michelle se puso frente a ellas, con los ojos inyectados en sangre.
—Escúchenme bien. Para que Teylor sacara a Mía de la oficina mientras nosotras estábamos en la mansión, alguien tuvo que desactivar los protocolos de "Lockdown" o entregarle una tarjeta de administrador.
Las miradas volvieron a cruzarse, más afiladas que nunca:
¿Fue Janet? Que siempre sabe cómo burlar la seguridad con sus bromas y distracciones.
¿Fue Karla? Que regresó justo cuando el caos empezó.
¿Fue la propia Michelle? ¿Acaso el golpe en la cabeza en la mansión fue un teatro para ocultar que ella misma dio la orden?
—¡Dejen de mirarse así! —gritó Sol, poniéndose de pie con una rabia
renovada—. Si Teylor tiene a mi hija, es porque nos quiere divididas. Mientras
nosotras buscamos un chip en la piel, él está usando el chip que nos puso en la
mente: la desconfianza.
Sol, desobedeciendo las órdenes de no usar tecnología, arrebató una tableta
del hospital y entró en el servidor espejo de la DEA. Sus dedos volaban sobre la pantalla.
—Aquí está... —susurró Sol, palideciendo—. El registro de salida de Mía. El sistema no dio la alarma porque la persona que la sacó usó el código de autorización de emergencia de Michelle.
Janet dio un paso atrás, llevando su mano al arma que aún conservaba oculta.
—Capitana... —dijo Janet con voz temblorosa—. Dinos que no fuiste tú. Dinos que Esteban te robó el código.
Michelle se quedó paralizada. Ella nunca había compartido ese código con
nadie... excepto, hace años, con una sola persona en un momento de debilidad y confianza absoluta.
El aire en la sala del hospital era denso. Los ojos de Sol se fijaron en Michelle, esperando una respuesta, mientras Janet contenía la respiración.
Michelle miró a Karla, y en sus ojos, Karla vio una verdad que no quería aceptar.
—Ese código... —comenzó Michelle, su voz apenas un susurro, cargada de un
dolor antiguo—. Solo se lo di a una persona. Hace años. En un momento en que creí que podíamos tener una vida juntas. Te di mi código de acceso de emergencia, Karla. Para que pudieras entrar a la oficina y... y estar conmigo a solas.
Karla sintió que le clavaban mil agujas. La traición, la acusación,el dolor de Michelle... era insoportable.
—¡Sí, me lo sé! ¡Lo usé muchas veces para escabullirme y llegar a tu oficina! ¡Pero jamás lo compartí! ¡Nunca lo usé para sacar a Mía! —Karla se giró hacia Sol, con el rostro descompuesto—. ¡Sol, eres la experta en tecnología! ¡Tú pudiste inculparme! ¡Tú sabes cómo falsear registros!
Gritos y acusaciones estallaron en la sala. Sol se defendía con la misma furia, Janet intentaba mediar, pero la voz de Michelle se alzaba por encima de todas, su frustración y el miedo por Mía.
—¡Ya basta! —gritó Michelle, golpeando la mesa—. ¡Esto es lo que quiere Jáuregui ¡Que nos matemos entre nosotras!
En medio del caos, la puerta de la sala se abrió lentamente. Era Norma JR, con los ojos todavía vidriosos por la contusión, pero con una determinación helada que nadie le había visto antes. Los guardias del hospital, acostumbrados a la calma, no reaccionaron a tiempo.
Con una habilidad sorprendente, digna de sus años de entrenamiento, Norma se abalanzó sobre el guardia más cercano, arrebatándole su arma con un movimiento fluido. Sin dudar, disparó dos veces al aire, los estruendos metálicos resonando en la sala.
El silencio fue inmediato y absoluto. Todas las miradas se fijaron en Norma, que sostenía el arma con firmeza, el cañón aún humeante.
—Todas ustedes... cállense —dijo Norma, su voz baja y rasposa, pero cargada de una autoridad inesperada—. Están tan perdidas en sus culpas y sus amores que no ven lo que está pasando realmente.
Norma miró a Sol, luego a Janet, y finalmente clavó sus ojos en Michelle y
Karla, una mirada llena de una sabiduría que no cuadraba con su estado anterior.
—Teylor no solo se llevó a Mía... Y el código de Michelle... —Norma hizo una pausa, y su expresión se endureció—. Yo sé quién tiene los códigos. Y sé cómo se llevaron a Mía.
Después de los disparos al aire, el silencio en la sala era sepulcral. Los guardias y médicos, intimidados por la mirada de Norma, salieron de la habitación bajo la orden de Michelle. Solo quedaron ellas cinco.
—Sol, activa algo... que nadie nos oiga —pidió Norma, sentándose con dificultad mientras se sujetaba la venda de la cabeza.
Sol sacó un pequeño dispositivo de interferencia de su bolsillo y lo encendió. Un zumbido sordo indicó que estaban en una burbuja de privacidad total.
Norma miró a Janet. La cara de Janet era un poema: una mezcla de alivio, confusión y celos incipientes. Norma estiró su mano y tomó la de su amada, apretándola con ternura.
—Janet, escúchame —dijo Norma con una voz que derretiría el hielo—. Eres mi vida. Tu alegría es lo que me mantiene en pie en este trabajo tan oscuro. Mi amor por ti es más eterno que el mismo sol, y es lo único real que tengo. Por eso tenía que protegernos.
Janet se quedó sin palabras, con las lágrimas asomando, mientras Michelle
y Karla observaban la escena, recordando lo que era el amor puro antes de que la duda lo manchara todo.
Norma suspiró y miró al resto del equipo.
—Sé que no soy una genio de los sistemas como Sol, pero no soy tonta. Hace meses, cuando empecé a notar cosas raras en los informes de Teylor, contacté a una vieja amiga... Miranda.
Sol arqueó una ceja. Miranda era una leyenda en el mundo del hacking oscuro, alguien que se decía que era tan brillante como la propia Sol.
—Siento haber metido a alguien de fuera en nuestros movimientos —continuó Norma—, pero las mentiras nos estaban matando. Miranda logró entrar en la"Deep Web" de Teylor. Ella descubrió que el código de Michelle no fue robado de su mente, ni de la de Karla.
Norma hizo una pausa dramática, mirando a Michelle directamente a los ojos.
—Michelle, el código fue clonado de una vieja base de datos de la DEA que se suponía borrada hace diez años. Teylor no necesitaba que nadie lo traicionara;
él tenía acceso a los archivos "fantasmas" de la agencia. Pero Miranda encontró algo más... un video de la guardería de la DEA del día que se llevaron a Mía.
Norma sacó un pequeño chip de memoria que tenía oculto en su vendaje.
—En el video no se ve a Karla, ni a Michelle. Se ve a Esteban entregándole a Mía a un hombre que no es Teylor... es alguien que trabaja directamente para el director de la DEA.
El equipo se quedó en shock. La traición no venía de dentro del equipo, sino de lo más alto de la cadena de mando.