Capitulo 12- El Peso de la Duda

1997 Words
Sol fue la primera. Respiró hondo y bajó su pistola, dejándola colgar a un costado. Sus ojos, antes duros como el diamante, se llenaron de una determinación pacífica. —No voy a hacerlo —dijo con voz firme—. No voy a dudar de mi familia.Ustedes son las madrinas de mi hija por una razón. Prefiero morir creyendo en ustedes que vivir sabiendo que maté a una de mis hermanas, sea culpable o no. ​Karla sintió que el nudo en su garganta estallaba. Bajó su arma y dejó caer los hombros, derrotada por la sinceridad de Sol. —Volví porque las extrañaba... me fui porque era una cobarde. Tenía miedo de lo que sentía por Michelle, pensaba que yo no era suficiente para el amor de una mujer como ella. No soy una traidora, solo soy alguien que intentó huir de su corazón y fracasó. ​Janet, con los ojos rojos pero intentando mantener su esencia, bajó la suya con un movimiento exagerado. —Bueno, si nos vamos a poner sentimentales, al menos déjenme decir que si alguna me dispara, espero que no sea en la cara, que el maquillaje me costó caro. Son todo para mí. Encontré mi hogar en este equipo y sin ustedes, Janet no es nadie. ​Finalmente, Norma, la roca del grupo, la mujer que siempre mantenía la compostura, se derrumbó. Soltó su rifle y las lágrimas corrieron libres por sus mejillas. —Perdónenme... —sollozó Norma, con una voz pequeña que no parecía la suya—.Tengo tanto miedo. Ustedes saben que soy huerfanita, que no tengo a nadie más en este mundo. Si una de ustedes nos traiciona, me quedo sin nada otra vez. Son mi única familia. ​Janet no esperó más. Corrió hacia Norma y la envolvió en un abrazo feroz, besándola con una ternura que silenció el dolor de la batalla. Karla y Sol se miraron, compartiendo un suspiro de alivio; el muro de desconfianza que Teylor construyó se había derrumbado frente a la verdad. ​Justo cuando Karla iba a caminar hacia Sol para sellar la paz, un sonido ensordecedor, como si el cielo se estuviera partiendo, retumbó debajo de sus pies. ​¡BOOM! Una explosión masiva en el piso inferior de la mansión reventó el suelo de mármol. La onda expansiva fue brutal. Las chicas salieron volando en diferentes direcciones como muñecas de trapo. El humo n***o y el fuego envolvieron el salón, y los gritos de advertencia de Sol fueron ahogados por el derrumbe de las vigas del techo. ​Teylor no solo quería dividirlas; quería borrarlas del mapa mientras se llevaba a Michelle como su trofeo de guerra. …. El zumbido en los oídos de Karla era un pitido agudo y doloroso que lo borraba todo. Veía a Sol frente a ella, moviendo los labios frenéticamente, con el rostro cubierto de polvo y un hilo de sangre bajando por su frente, pero no podía escuchar ni una palabra. El mundo se movía en camara lenta mientras el humo denso de la explosión llenaba sus pulmones. A unos metros, Janet gateaba entre los escombros con una desesperación animal, gritando el nombre de Norma. Las vigas del techo habían caído sobre la zona donde estaba la "negra" y Janet golpeaba el mármol con las manos desnudas, ignorando el dolor. De repente, un brillo azulado cortó la neblina de polvo. Un proyector holográfico de alta tecnología, oculto tras una pared blindada que resistió la explosión, se encendió automáticamente. Las tres se quedaron petrificadas. En el centro del salón en ruinas, apareció la imagen de Michelle. Estaba irreconocible: amarrada con pesadas cadenas de pies y manos, sentada en una silla de metal. Tenía el rostro golpeado y la mirada nublada, pero intentaba mantener la cabeza en alto. Entonces, la figura de Jáuregui entró en el encuadre. Se colocó detrás de Michelle y puso una mano sobre su hombro,apretando con crueldad. ​—Vaya, vaya... —la voz de Jáuregui resonó en los altavoces ocultos, clara y burlona—. Parecen hormigas corriendo tras el insecticida. Felicidades por sobrevivir, aunque les aseguro que la explosión fue el acto más misericordioso de la noche. Jáuregui sonrió directamente a la cámara, con una victoria absoluta grabada en el rostro. ​—No se molesten en buscar culpables afuera —continuó el criminal,acariciando la cadena que apretaba el cuello de Michell—. Entre ustedes, en ese pequeño círculo de "hermandad", está quien me entregó a su capitana. El traidor está ahí mismo, respirando el mismo aire que ustedes. ​Michelle intentó hablar, pero Jáuregui le tapó la boca. —Tengo a su líder. Tengo el cargamento. Y tengo a una de ustedes en mi nómina. Si quieren ver a Michelle viva de nuevo, tienen una hora para entregarme los códigos de acceso de la DEA que Sol tiene en su reloj. Si no... bueno, siempre quise ver cómo se quiebra una mujer de hierro. ​La imagen se desvaneció, dejando a las chicas en una oscuridad rota solo por las llamas que empezaban a devorar la mansión .. ​—¡Ayúdenme! ¡No se queden ahí paradas! —el grito de Janet rompió el trance del holograma. Karla y Sol corrieron hacia ella. Entre las tres, usando barras de metal retorcidas, lograron palanquear una viga de concreto. Debajo, Norma yacía inmóvil. Janet la sacó a rastras; la "negra" estaba inconsciente, con un golpe fuerte en la sien, pero respiraba. ​Mientras Janet intentaba reanimarla, el silencio se volvió tóxico. Karla miró a Sol, que ya estaba tecleando frenéticamente en su reloj inteligente para rastrear el origen del holograma. —Es curioso, ¿no? —soltó Karla, con la voz cargada de sospecha—. Jáuregui quiere tus códigos, Sol. Los códigos que solo tú tienes. ¿Y si todo este teatro de Teylor fue para que tú pudieras entregárselos sin parecer la culpable? ​Sol se detuvo en seco, mirando a Karla con los ojos inyectados en sangre. —¿Me estás acusando a mí? ¡Teylor me robó a mi hija! ¡Me destruyó la vida! ​—O quizás es la coartada perfecta —intervino Janet desde el suelo, mientras sostenía la cabeza de Norma—. Pero hablemos de Norma. Qué conveniente que quedara atrapada justo cuando Teylor se llevaba a Michelle. Estaba en la posición perfecta para no intervenir. ​Las tres se miraron con miedo. Cada una tenía una razón para dudar de la otra, pero el rostro de Michelle encadenada seguía quemando sus retinas. ​—¡BASTA! —gritó Sol, poniéndose de pie—. Si nos matamos aquí, Michelle muere. He logrado triangular el salto de frecuencia del holograma. No vino de un satélite, vino de un repetidor local a menos de cinco kilómetros de aquí: El astillero abandonado de la bahía. ​Sol les mostró la pantalla de su reloj. —Tengo los códigos. Jáuregui los quiere. Vamos a dárselos... pero con un virus "caballo de Troya" que freirá sus sistemas en cuanto intente usarlos. ​—¿Y cómo sabemos que no estás enviando nuestra ubicación real ahora mismo?—preguntó Karla, apretando el puño. ​—No lo sabes —respondió Sol con frialda—. Pero soy la única que puede encontrarlas. Suban a Norma al coche. Tenemos 45 minutos. ​Hacia el Astillero ​Subieron a una Norma aún inconsciente al asiento trasero del único vehículo que no fue destruido. Janet conducía como una loca, esquivando escombros,mientras Karla vigilaba a Norma y Sol trabajaba en el virus. ​La atmósfera era gélida. Nadie hablaba. La duda de quién era la pieza que faltaba en el rompecabezas de Jáuregui estaba ahí, sentada con ellas en el auto. Sabían que Michelle estaba sufriendo, y ese dolor era lo único que las mantenía trabajando como un equipo, aunque por dentro, la hermandad de CEM estuviera rota en mil pedazos. El coche frenó en seco frente al astillero. Norma JR comenzó a removerse en el asiento trasero, balbuceando palabras inconexas: "...el reloj... la plata... no era el plan, Michelle... el trato...". Sus ojos se abrieron, pero estaban vidriosos, perdidos en una contusión que la hacía parecer culpable de algo que ni ella misma entendía. ​Janet la miró con horror, soltando el volante. —¿Qué trato, Norma? ¡Háblame! —Pero Norma volvió a desmayarse. ​Las chicas entraron al astillero con el corazón en la garganta. No había guardias, no había hombres de Jáuregui. En el centro del hangar, bajo una luz mortecina, estaba Esteban amarrado a una columna, golpeado, y al lado, Michelle. La capitana estaba encadenada, pero algo no encajaba: sus manos no estaban atadas con la misma fuerza que las de Esteban. ​—¡Suelten a Michelle! —gritó Karla, corriendo hacia ella. ​Liberaron a su capitana, pero en cuanto Michelle estuvo en pie, no hubo abrazos. La mirada de Michelle estaba vacía, gélida ¿Era una víctima o había pactado su libertad a cambio de la de sus amigas? El equipo retrocedía inconscientemente. ¿Y si la traidora era la persona que más admiraban? ​Refuerzos inesperados ​De repente, el estruendo de helicópteros y sirenas inundó el lugar. Decenas de agentes tácticos irrumpieron. —¡DEA! ¡Armas al suelo! —gritó el comandante a cargo. ​—¿Quién los llamó? —preguntó Sol, protegiendo su reloj. —Fue un mensaje automático de la Agente Norma JR —respondió el oficial—. Protocolo de extracción activado. Vamos a llevarlas al Hospital Secreto de Seguridad. ​En la ambulancia blindada, el ambiente era de paranoia pura. Esteban gritaba desde la otra camilla pidiendo ayuda, pero Sol, con una frialdad que asustó a Karla, se interpuso ante los paramédicos. ​—A él no lo lleven con nosotras —ordenó Sol con voz de mando—. Esteban se va a la unidad de detención del hospital militar. Él no es parte de este equipo. ​Sol cerró las puertas de la ambulancia y miró a Karla, Janet y a la herida Norma. Luego miró a Michelle, que permanecía en silencio en un rincón. ​—Escúchenme bien —susurró Sol, sacando su propio teléfono y tirándolo al suelo para aplastarlo con el tacón—. Jáuregui nos rastreó por nuestras comunicaciones. No sabemos si el traidor está aquí o si la DEA está infiltrada por Esteban y Teylor. Tiren todos sus dispositivos. Ahora. ​Karla y Janet obedecieron, lanzando sus relojes y teléfonos por la ranura de ventilación mientras el vehículo avanzaba hacia un destino desconocido. Michelle las observó y, tras un segundo de duda, se quitó su comunicador y lo entregó. ​Estaban solas, heridas y sin tecnología. Iban camino a un hospital donde nadie las encontraría, pero la pregunta seguía quemando el aire: ¿Estaban yendo a su salvación o directo a la boca del lobo? El hospital secreto de la DEA era un búnker subterráneo de paredes blancas y luces fluorescentes que parpadeaban con una frialdad quirúrgica. Michelle, Karla y Sol estaban en la sala de espera, custodiadas por agentes que no conocían, mientras Janet se negaba a separarse de Norma en el quirófano de urgencias. ​Janet, con la ropa aún manchada de sangre y ceniza, observaba a través del cristal cómo los médicos limpiaban la herida profunda que Norma tenía en la base de la nuca, producto del impacto en la mansión. De repente, vio que el cirujano se detenía, confundido. ​—Hay un objeto extraño cerca de la vértebra C7 —murmuró el médico. ​Janet entró a la fuerza en el quirófano, ignorando las protestas. Con sus propios ojos vio cómo el cirujano extraía con unas pinzas un filamento metálico, casi invisible, del tamaño de un grano de arroz, pero conectado directamente a los terminales nerviosos de Norma. ​—Es un bio-transmisor de frecuencia de pulso —susurró Janet, sintiendo que el mundo se le caía encima. ​
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD