Capitulo 11-Bajo la Seda y el Plomo

1658 Words
La "Fortaleza" se transformó en un camerino de alta seguridad. Lejos de la DEA y sus protocolos, las chicas se preparaban para infiltrarse en la guarida del león. En lugar de uniformes tácticos, había vestidos de gala colgando, joyas discretas y la suave música de fondo que Sol había puesto para calmar los nervios. ​Janet y Norma estaban en una de las habitaciones, ayudándose mutuamente con sus atuendos. Norma, con un vestido columna color esmeralda, lucía espectacular, y Janet, en un vibrante rojo pasión, no paraba de hacer bromas para aligerar el ambiente. ​—¡Cuidado, "negra", que si te pones así de seria, Jáuregui va a pensar que vienes a cobrarle la hipoteca en lugar de a destrozarle la vida! —bromeó Janet, ajustando el collar de Norma. —Solo estoy concentrada, Janet —respondió Norma con una sonrisa discreta—.Pero lo confieso: este vestido me queda bien. ​Sol, por su parte, había optado por un elegante vestido azul noche. Estaba en el centro de mando, terminando de cargar los últimos datos en sus lentes de contacto inteligentes. —Recuerden: cámaras en los broches, micrófonos en los pendientes. Y si no tengo contacto visual, confíen en el algoritmo de reconocimiento facial de mi sistema. ​En otra habitación, Michelle se miraba al espejo, ajustándose los guantes de seda que ocultaban su arma de respaldo. Llevaba un vestido n***o clásico, ceñido al cuerpo, que acentuaba su figura poderosa. La frialdad de su expresión chocaba con el fuego que sentía por dentro. ​Karla entró, con un deslumbrante vestido plateado que brillaba con cada movimiento. Se veía espectacular, y su presencia hizo que Michelle se tensara aún más. ​—¿Necesitas ayuda, capitana? —preguntó Karla, acercándose lentamente. ​Michelle solo asintió, sin poder mirarla directamente. La presencia de Karla, tan cerca, era una distracción deliciosa y peligrosa. —El cierre... no lo alcanzo —murmuró Michelle. ​Karla se acercó por detrás, y sus dedos rozaron la piel de Michelle mientras subía la cremallera del vestido. La electricidad fue palpable. Ambas contuvieron la respiración. ​—Sé que te sientes traicionada, Mich —susurró Karla, su voz suave y llena de calidez—. Y lo lamento. Pero lo nuestro... no es una traición. No es un juego. ​Michelle se giró, sus ojos azules fijos en los de Karla. La máscara de la capitana se resquebrajó. —Tengo miedo, Karla —confesó Michelle, su voz apenas un susurro—. Miedo de perderte otra vez. Miedo de que esta misión sea la última para alguna de nosotras. Miedo de que si te dejo entrar del todo, me arrepienta otra vez. ​Karla le tomó el rostro con sus manos. —Mírame, Michelle. No me voy a ir a ningún lado. No esta vez. Estamos juntas en esto. Y pase lo que pase esta noche, quiero que sepas que te amo. ​Michelle no pudo resistir más. Se inclinó y la besó, un beso profundo y lleno de todas las emociones que había estado reprimiendo. Era una promesa silenciosa, un juramento antes de la batalla. ​—Yo también te amo, Karla —susurró Michelle contra sus labios, un segundo antes de que la voz de Sol rompiera el momento por el comunicador. ​—Chicas, es hora. Los coches están listos. Jáuregui nos espera. ​Michelle y Karla se separaron, sus ojos brillando con una determinación renovada. Habían admitido sus sentimientos, habían sellado su amor. Ahora, era el momento de la guerra. ​La entrada de la mansión era una trampa de lujo. En cuanto las chicas cruzaron el umbral, las puertas de roble se cerraron con un estruendo metálico. Cientos de hombres armados aparecieron en las balconadas superiores, apuntándoles desde todos los ángulos. ​En el centro de la gran escalinata, Teylor las esperaba, luciendo un esmoquin impecable y una sonrisa que destilaba veneno. ​—Hicieron un gran esfuerzo, chicas. De verdad lo hicieron —dijo Teylor, bajando las escaleras lentamente—. Pero no tienen idea de con quién se meten.Esteban... pobre diablo. Era solo un tonto, un peón que ni siquiera sabía lo que estaba pasando realmente. Él no es el cerebro, soy yo. ​Las chicas intercambiaron miradas de puro shock. La emboscada era perfecta. Pero Teylor no se detuvo ahí; sabía que para vencerlas, primero tenía que romper su vínculo. ​—Piensan que son tan unidas, tan leales... puras hipócritas —escupió Teylor con una risa malvada—. La verdadera traición está aquí mismo, entre ustedes, y ni siquiera se han dado cuenta. Una de ustedes me ha estado informando cada movimiento desde que Karla volvió. ¿Quién creen que me dio las coordenadas del muelle? ​—¡Mientes! —rugió Michelle, pero el veneno de la duda ya estaba sembrado. ​Teylor solo rió y dio la señal. ¡FUEGO! ​El salón estalló en un caos de balas y cristales rotos. Las chicas se lanzaron tras las columnas de mármol. Esta vez, Sol no estaba detrás de una pantalla. Sacó una pistola compacta de su liga y, con una puntería que dejó a Janet boquiabierta, abatió a dos hombres que intentaban flanquearlas. Sol luchaba con la rabia de una madre herida, demostrando que era tan peligrosa como cualquiera de las otras cuatro. ​Michelle, cegada por la furia, vio un hueco y corrió hacia Teylor. Esquivó ráfagas de balas y derribó a dos guardias en combate cuerpo a cuerpo. Estaba a solo unos metros de atrapar al hombre que destruyó a su equipo. ​—¡Se acabó, Teylor! —gritó Michelle, lanzándose sobre él. ​Pero antes de que pudiera tocarlo, una sombra salió de detrás de una cortina. Un golpe seco y brutal con la culata de un rifle impactó en la nuca de Michelle. Su visión se volvió negra y cayó al suelo, inconsciente. ​—¡MICHELLE! —gritó Karla, intentando correr hacia ella, pero una ráfaga de ametralladora la obligó a retroceder. ​Teylor agarró a Michelle por el cabello y la arrastró hacia una puerta trasera mientras sus hombres cubrían la retirada. —Disfruten de su desconfianza, chicas. Si sobreviven a esta noche, pregunten quién de ustedes fue la que me entregó a su capitana. ​La puerta se cerró. Las chicas se quedaron solas en el salón, rodeadas de enemigos, sin su líder y, lo peor de todo, mirándose de reojo con la semilla de la duda quemándoles el pecho. ​Karla, Sol, Janet y Norma están espalda contra espalda, disparando para sobrevivir, pero el silencio entre ellas es ensordecedor Las cuatro mujeres estaban espalda contra espalda, los elegantes vestidos de gala convertidos en armaduras improvisadas, sus armas disparando con una precisión mortífera. Pero los verdaderos proyectiles eran las miradas cargadas de desconfianza que se lanzaban. ​—¡Karla, puedes decirles a tus amigos que nos dejen! —gritó Norma, su voz resonando por encima del estruendo de los disparos. Los ojos de la "negra" estaban clavados en Karla, sin una pizca de la calma habitual. ​Karla se giró, ofendida hasta la médula. —¡¿Mis amigos?! ¡¿Por qué tiene que ser siempre culpa mía?! ​—¡Porque volviste de repente, como si nada, y desde entonces todo se ha ido al carajo! —escupió Norma, su frustración acumulada explotando. ​—¡Y tú eres la "negra" con la que supuestamente estabas saliendo! ¡No te culpo por querer culparme! —Karla replicó con la misma intensidad, la referencia al chisme de Esteban hirió su orgullo. ​Janet salió a defender a su pareja, con los ojos llenos de rabia. —¡No la metas a ella! ¡Norma siempre ha estado con nosotras! ¡Siempre juntas! ​—¡¿Ah, sí?! ¡¿Y tú, mi mejor amiga, me traicionas por unas pantaletas?! —gritó Karla, el dolor de la traición apuñalándola. ​La discusión se intensificó peligrosamente, mientras los hombres de Jáuregui aprovechaban la confusión para acorralarlas. De repente, una voz firme y autoritaria cortó el aire. ​—¡¡¡BASTA!!! —fue Sol. Sus ojos brillaban con una luz feroz. La pérdida de Mía y el shock de Teylor la habían transformado en la líder que necesitaban. ​—¡Dejen la puta discusión! ¡Traten de salir de este problema antes de meterse en otro! —Sol tomó el mando, su voz sorprendentemente clara y fuerte—. ¡Norma, flanco derecho! ¡Janet, cubre la retaguardia! ¡Karla, conmigo! ​Sol activó sus lentes de visión nocturna. Con un gesto en su reloj inteligente, la mansión se sumió en la oscuridad total. Las pocas luces que quedaban en las balconadas se apagaron. La balacera y las peleas cuerpo a cuerpo se intensificaron en la penumbra. ​El caos fue absoluto. Solo se oían golpes, disparos ocasionales y gruñidos. Las chicas, entrenadas para operar en la oscuridad, se movían con una brutal eficiencia. Sol, con sus lentes de visión, dirigía los disparos, mientras Karla, Janet y Norma derribaban a los enemigos con una ferocidad impresionante. ​Finalmente, tras minutos interminables de batalla, el sonido de los disparos cesó. Sol, con un gesto en su reloj, volvió a encender las luces. ​El salón era un campo de batalla: muebles destrozados, cristales rotos y cuerpos de mercenarios por todas partes. Y en el centro, bañadas por la luz, las cuatro mujeres estaban exhaustas, cubiertas de polvo y sudor, con las armas apuntando se unas a otras. ​La desconfianza, sembrada por Teylor, había florecido en el peor momento. Estaban vivas, pero su unidad estaba hecha pedazos. El silencio en el salón era denso, cargado del olor a pólvora y el eco de las acusaciones. Las armas seguían en alto, pero los dedos en los gatillos temblaban. La duda era un veneno, pero el amor que se tenían era el único antídoto.
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