Capitulo 8: El beso de la traición

1995 Words
El sol brillaba sobre la piscina, pero para Sol, el mundo se volvió digital en un segundo. Su reloj inteligente vibró con una alerta roja: Transferencia de datos no autorizada en curso. Sus ojos recorrieron el lugar; Janet y Norma reían, Karla estaba cerca de la parrilla y Michelle vigilaba desde la sombra. Teylor estaba secando a la niña. ​Sin decir una palabra, Sol se escabulló hacia el búnker. Al entrar en el centro de mando, sus dedos volaron sobre el teclado. El rastreo la llevó a una conexión interna: alguien había conectado una laptop a la red local desde una de las habitaciones de invitados. —Maldita sea... —susurró Sol, viendo cómo gigabytes de perfiles operativos se escapaban hacia un servidor externo. ​Afuera, Michelle llamó a Janet y a Norma a un rincón, lejos de los demás. —Escúchenme —dijo Michelle en voz baja—. Esteban me dijo que Karla forzó su regreso al equipo a través de él. No quiero que le quiten el ojo de encima. Vigílenla. Si hace un movimiento extraño, me informan. ​Janet y Norma se miraron con absoluta incredulidad. —Mich, con todo respeto, el calor te está fundiendo el cerebro —soltó Janet—. Esa mujer se quemó viva por ti hace una semana. ¿Y ahora crees que es una espía? Estás loca. —Solo hagan lo que les digo —sentenció Michelle, dándose la vuelta. ​Lo que Michelle no sabía es que Karla estaba justo detrás de un arbusto decorativo, buscando a Michelle para ofrecerle algo de comer. Lo escuchó todo. El dolor en su pecho fue más agudo que cualquier quemadura. ​—¿Vigilarme, Michelle? ¿En serio? —la voz de Karla salió cargada de veneno y tristeza. ​Janet y Norma, incómodas, se alejaron rápidamente dejando a las dos solas. Michelle se tensó, pero no se dio la vuelta. —No deberías escuchar conversaciones ajenas, García. Vuelve a la fiesta. ​—¡No me voy a ningún lado! —Karla la agarró del brazo y la obligó a mirarla—. ¡Me jugué la vida por ti! ¡He vuelto porque no puedo respirar si no estás cerca! ¿Y me tratas como a una criminal porque Esteban, un tipo que apenas conocemos, te dijo una mentira? ¡Mírame a la cara y dime que de verdad crees que soy una traidora! ​Michelle la miró, con los ojos llenos de una furia que intentaba ocultar un miedo profundo a ser lastimada de nuevo. —¡No sé qué creer, Karla! Te fuiste sin decir nada y ahora vuelves justo cuando todo se desmorona. ¡Eres una distracción que no me puedo permitir! ​—¡Pues deja de distraerte y haz lo que realmente quieres hacer! —gritó Karla, acortando la distancia entre ambas. ​La tensión explotó. Michelle, incapaz de seguir peleando contra sus propios instintos, agarró a Karla por la nuca y la atrajo hacia ella. El beso fue violento, necesitado y cargado de años de palabras no dichas. Fue un choque de pasión que las dejó sin aliento, una mezcla de amor y desesperación en medio del caos que las rodeaba. ​Se separaron jadeando, con las frentes unidas. Por un segundo, el mundo exterior desapareció. ​Pero en el búnker, Sol acababa de descubrir algo que iba a cambiarlo todo: la laptop desde la cual se transferían los datos no era de Karla, ni de Esteban... tenía el sello de propiedad de la firma de abogados donde trabajaba Teylor. La atmósfera en la Fortaleza se vuelve gélida en un segundo. El pitido sordo y rítmico en sus comunicadores corta la electricidad del beso como un bisturí. Es la señal de emergencia de Sol: "Código Rojo. Traición confirmada". ​Michelle se separa, recuperando instantáneamente su máscara de capitana de la DEA, pero sus ojos aún brillan por la agitación. Karla, con la respiración entrecortada, la detiene un segundo agarrándola del brazo. Sin previo aviso, se inclina y le roba un último beso, corto pero posesivo. ​—Esto no se queda así, Michelle —le susurra Karla al oído, con una promesa peligrosa en la voz—. Tenemos una conversación pendiente y no pienso dejar que te escapes esta vez. ​Michelle solo asiente con un gesto tenso y ambas corren hacia el búnker. Al entrar, se encuentran con una escena desoladora. Sol está de pie frente a las pantallas, con las manos apoyadas en la mesa y los hombros sacudidos por un llanto silencioso que se transforma en pura rabia cuando las ve entrar. ​—Tenías razón, Michelle —dice Sol, con la voz rota pero cargada de veneno. Señala la pantalla donde el rastro digital de la laptop de Teylor es irrefutable—. Tenías razón desde el principio. Haz lo que tengas que hacer. Ya no me importa. ​Janet y Norma ya están allí, cargando sus armas con una eficiencia mecánica y sombría. No hay chistes esta vez. El aire pesa. ​—Armas arriba —ordena Michelle, desenfundando su SIG Sauer—. Vamos a buscarlo. ​El equipo se mueve como una sola sombra hacia la planta alta. El silencio de la casa es sepulcral, solo roto por el suave zumbido del aire acondicionado. Llegan a la habitación de la pequeña Mía y Michelle patea la puerta con precisión. ​La imagen que encuentran les hiela la sangre. Teylor está sentado en la mecedora, con la niña dormida plácidamente en sus brazos, ajena al monstruo que la sostiene. En su mano derecha, Teylor empuña una pistola de calibre 9mm, apuntando directamente hacia la puerta mientras usa el cuerpo de su propia hija como un escudo humano. ​—Ni un paso más, chicas —dice Teylor con una calma sociópata, manteniendo la sonrisa cínica—. Sería una lástima que la pequeña Mía se despertara con el ruido de un disparo, ¿no creen? ​Sol suelta un grito ahogado detrás de Michelle, mientras Karla y las demás apuntan con láseres rojos directamente al pecho de Teylor, esperando el más mínimo hueco para disparar. El equipo de élite, capaz de derribar ejércitos, estaba paralizado. El miedo de que una bala perdida alcanzara a la pequeña Mía las obligó a bajar los cañones. Teylor caminaba hacia la salida con una calma que revolvía el estómago, usando a su hija como si fuera un objeto. ​Al llegar a la entrada principal, un auto n***o con los cristales blindados ya estaba con el motor en marcha. El rostro de Teylor se transformó; la máscara de esposo amoroso se terminó de romper para revelar a un hombre frío y despiadado. ​Miró a Sol, que estaba deshecha en lágrimas, sostenida por Janet. —Fue un placer casarme contigo, Sol —dijo Teylor con una sonrisa cruel—. Lo único bueno de este matrimonio fue el sexo... porque ni esta mocosa me sirve de mucho ya. ​Sol soltó un sollozo ahogado, un grito de dolor que rompió el silencio de la noche. En ese momento, de las sombras del jardín, salieron seis hombres armados con rifles automáticos. Eran mercenarios de Jáuregui. ​—¡Armas al suelo! ¡Ahora! —gritó uno de los mercenarios, apuntando directamente a la cabeza de Michelle. ​Con una rabia contenida que hacía temblar sus manos, Michelle, Karla, Janet y Norma arrojaron sus pistolas al pavimento. Los hombres se acercaron rápidamente para patearlas lejos. Teylor, con una frialdad inhumana, dejó a la pequeña Mía en el frío suelo de la entrada, como si fuera un paquete que ya no necesitaba. ​—Cuida a tu hija, Sol. Quizás sea lo último que hagas —sentenció Teylor mientras subía al auto. ​El vehículo arrancó a toda velocidad, perdiéndose en la oscuridad de la carretera. Las chicas se quedaron rodeadas, con tres mercenarios apuntándoles fijamente mientras los otros tres retrocedían hacia un segundo auto de escape. ​—¡Mía! —gritó Sol, lanzándose al suelo para cubrir a su hija con su cuerpo. ​Karla intercambió una mirada rápida con Michelle. A pesar de no tener armas, sus ojos transmitían el mismo mensaje: No vamos a dejarlos ir. La capitana apretó la mandíbula; el beso de hace unos minutos parecía un recuerdo lejano, ahora solo había sed de sangre. ​—A la de tres... —susurró Michelle apenas moviendo los labios, mientras los mercenarios se preparaban para disparar y terminar el trabajo. ​De repente, una luz cegadora iluminó todo el patio. No eran refuerzos, era el sistema de defensa perimetral que Sol había activado desde su reloj inteligente en un último acto de desesperación. ​—¡AHORA! —rugió Michelle. En el instante en que las luces cegadoras de Sol bañaron el patio, los mercenarios parpadearon, perdiendo la visión por un segundo crítico. Ese fue todo el espacio que Janet y Norma necesitaban. ​Janet, con una agilidad sorprendente, se lanzó al suelo, barriendo los pies del mercenario más cercano. Antes de que el hombre tocara el pavimento, ella ya le había arrebatado el arma y le propinaba un golpe seco en la tráquea con la culata. ​Al mismo tiempo, Norma se movió como un rayo. Ignorando el dolor de su mano herida, atrapó el brazo del guardia que le apuntaba, se lo rompió con un movimiento seco y técnico, y lo usó como escudo humano mientras los otros mercenarios empezaban a disparar a ciegas. ​—¡Cúbranse! —gritó Karla, lanzándose sobre Sol y la pequeña Mía. ​Karla usó su propio cuerpo para protegerlas, arrastrándolas detrás de unacolumna de piedra de la entrada. Mía lloraba aterrada, y Sol, aunque en shock por las palabras de Teylor, abrazó a su hija con una fuerza maternal feroz. Karla, a pesar de estar desarmada y herida, mantenía la vista fija en el campo de batalla, buscando cualquier oportunidad para intervenir. ​Michelle, en el centro del caos, esquivó una ráfaga de balas y alcanzó a uno de los hombres que intentaba subir al segundo auto. Lo sacó del vehículo por el cuello y lo estrelló contra el parabrisas. Con un movimiento fluido, le quitó una granada de humo del cinturón y la activó. ​—¡Janet, Norma, despejen el flanco izquierdo! —ordenó Michelle mientras el humo blanco empezaba a cubrirlo todo. ​Los mercenarios, al verse superados por la técnica superior de las chicas, decidieron que no les pagaban lo suficiente para morir allí. Los que quedaban en pie saltaron al segundo auto y arrancaron a toda velocidad, dejando atrás a sus compañeros inconscientes y el rastro de humo. ​El silencio volvió a la Fortaleza, roto solo por los sollozos de Mía y la respiración pesada de las combatientes. ​Sol se levantó del suelo, con la cara manchada de lágrimas y tierra, pero con una mirada que nunca antes le habían visto. Ya no era la hacker dulce; era una mujer a la que le habían arrancado el corazón y que ahora buscaba venganza. ​—Ese maldito... —susurró Sol, mirando hacia la carretera por donde se fue Teylor—. Dijo que Mía no significaba nada. ​Se giró hacia Michelle, quien se acercaba limpiándose la sangre del labio. —Michelle... borra todo lo que dije antes —dijo Sol con voz de acero—. No quiero que lo arresten. Quiero que lo encuentren. Y cuando lo hagan, quiero ser yo quien apriete el gatillo. ​Michelle puso una mano en el hombro de Sol y luego miró a Karla, quien se levantaba del suelo ayudando a Norma. El beso en el pasillo, la desconfianza de Esteban y el dolor de la traición se fundieron en un solo objetivo. ​—Lo encontraremos, Sol. A él y a Jáuregui —prometió Michelle—. Chicas, prepárense. La cacería oficial ha terminado. Ahora esto es personal.
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