La Fortaleza se convirtió en un hervidero. El equipo forense de la DEA se
movía como hormigas, levantando huellas y revisando cada rincón que Teylor
había tocado. Michelle, con el rostro endurecido, revisaba un mapa digital en
la pantalla principal.
Karla se acercó lentamente, tratando de buscar su mirada.
—Michelle, necesitamos hablar de lo que pasó antes de...
—Primero es el trabajo, García —la cortó Michelle sin mirarla, con una
frialdad mecánica—. Tenemos un traidor afuera con información de seguridad
nacional. Los sentimientos no van a rastrear ese auto.
Karla suspiró, sintiendo el muro de hielo otra vez. De repente, sintió unos
brazos fuertes que la rodeaban por los hombros desde atrás. Era Norma,
que con su calma habitual y una media sonrisa, intentaba aliviar la tensión.
—Si quieres te ayudo, "Halconcito" —susurró Norma cerca de su
oído—. Las encierro a las dos en el armería y no las dejo salir hasta que esa
tensión se convierta en otra cosa.
Karla soltó una risita a pesar de todo y trató de zafarse con cariño.
—¡No somos animales, negra! —protestó Karla.
—¡Ja! —exclamó Janet, apareciendo de la nada con un salto y
abrazando a ambas por la espalda, formando un grupo apretado—. Pues por lo que nosotras oímos en aquel viaje a Cancún, parece que sí son unos animales en la cama. ¡Casi derriban la pared de la habitación de al lado!
Janet rió con fuerza, besando las mejillas de sus dos amigas.
—¡Mis dos mujeres favoritas! Vamos, no dejen que la capitana las amargue. Un
poco de amor no le hace daño a este equipo de solteras... y ahora una
divorciada por la fuerza.
—Dios, ¿qué le dieron a Janet hoy? Está insoportablemente romántica —dijo
Karla rodando los ojos, pero con una sonrisa real por primera vez en el día.
La risa se apagó suavemente cuando Sol entró en la sala cargando a
la pequeña Mía. Sol se veía agotada, con los ojos hinchados, pero se
mantenía firme. Mía, ya más tranquila, abrazaba a su oso de peluche.
—Tengo algo —dijo Sol, ignorando el caos de Janet—. Teylor era meticuloso,
pero su ego lo traicionó. Usaba una cuenta oculta de videojuegos para
comunicarse con los hombres de Jáuregui. No tengo su ubicación exacta todavía,
pero sé que el servidor está enviando señales desde un muelle privado en Key
Biscayne.
Michelle se giró por fin, sus ojos brillando con una luz peligrosa.
—Ese es el punto de salida de los químicos.
Sol asintió, mirando a sus amigas.
—Él cree que estoy destruida. Pero mientras él jugaba a ser el esposo
perfecto, yo le instalé un troyano en su reloj de lujo. Solo necesito que se
conecte a una red Wi-Fi para tener sus coordenadas exactas.
Michelle miró al grupo: Janet y Norma unidas, Karla lista para la acción y
Sol sedienta de justicia.
—Equípense —ordenó Michelle—. Vamos a Key Biscayne. Y esta vez, no habrá
piedad para nadie.
El muelle de Key Biscayne resultó ser una ratonera de metal y salitre. En
cuanto las chicas bajaron, una lluvia de plomo las obligó a tirarse tras unos
contenedores. Estaban superadas en número y las comunicaciones fallaban.
—¡Nos tienen rodeadas! —gritó Janet, devolviendo el fuego—. ¡Si no salimos
de aquí, seremos coladores!
Justo cuando la situación parecía perdida, el estruendo de neumáticos y
sirenas rompió la noche. Esteban apareció con un equipo táctico de
respuesta rápida, abriendo fuego contra los hombres de Jáuregui y despejando el
área en cuestión de minutos.
—¿Están bien? —preguntó Esteban, acercándose a Michelle con una sonrisa de
"salvador"—. Llegué en cuanto interceptamos la señal de auxilio.
Michelle lo miró con desconfianza, pero no tuvo más remedio que aceptar la
ayuda para salir de allí.
Horas después, en las oficinas centrales de la DEA, el equipo estaba
agotado. Mientras Michelle firmaba unos informes, Esteban vio a Karla
cerca de la máquina de café. Se acercó con una confianza que rozaba el descaro
y, con una suavidad calculada, le acarició la mejilla con el pulgar.
—Karla... me asusté mucho hoy por ti —susurró Esteban, acercándose a su
rostro—. Te debo una cena por el susto. ¿Qué tal este viernes? Solo tú y yo,
lejos de todo este caos.
Karla se quedó de piedra. El shock de tenerlo tan cerca y el atrevimiento
de tocarla después de lo que Michelle sospechaba de él la dejó sin palabras.
—¡Suficiente! —la voz de Michelle retumbó en el pasillo.
Michelle se interpuso físicamente entre ellos, apartando la mano de Esteban
de un manotazo sutil pero firme. Sus ojos eran puro fuego.
—Esteban, te pedí que respetaras a mi personal. Si quieres intentar algo con
la agente García, hazlo fuera de estas oficinas y fuera del horario de
servicio. Aquí se viene a trabajar, no a acosar.
Esteban soltó una carcajada seca, retrocediendo un paso y cruzando los
brazos con una expresión de superioridad.
—Vaya, Michelle... siempre tan protectora. Pero me sorprende que seas tan
observadora para unas cosas y tan ciega para otras.
Miró de reojo hacia donde Janet y Norma compartían un termo de café en
silencio, sentadas muy juntas.
—Deberías abrir más los ojos, capitana. Janet y Norma tienen un amorío
desde hace un año y tú ni te has dado cuenta. Tienes a las "animales" durmiendo en tu propio equipo y te preocupa que yo invite
a cenar a Karla. Qué irónico, ¿no?
Janet y Norma se tensaron al escuchar su nombre, intercambiando una mirada
de "nos descubrieron", mientras que Karla miró a Michelle, esperando
ver su reacción ante la bomba que Esteban acababa de soltar