El hospital secreto, ubicado en un sótano reforzado bajo una clínica privada
en Miami, olía a antiséptico y a miedo. El silencio solo se rompía por el
pitido de las máquinas de soporte vital.
En el baño de la zona de descanso, lejos de las cámaras y del bullicio de
los médicos, Janet y Norma estaban fundidas en un abrazo desesperado.
Janet, que siempre tenía un chiste para todo, estaba temblando. Norma la
sujetaba con fuerza, ocultando su rostro en su cuello.
—No puede volver a pasar, Norma... casi las perdemos —susurró Janet entre
besos cortos y ansiosos que buscaban consuelo—. Vi a Karla entrar en ese fuego y pensé que se iba a desintegrar. ¿Qué salió mal? Nada de esto tiene sentido.
Norma se separó un poco, limpiándole una lágrima a Janet con el pulgar. Su
mirada, normalmente dura, era puro fuego y amor.
—Alguien nos vendió, Jan. El equipo fue perfecto, pero el mundo exterior nos
falló. Y Karla... ella no entró por deber. Entró porque prefiere morir quemada
antes que vivir sin Michelle. Eso es amor, o locura.
Mientras tanto, en la habitación contigua, Sol terminaba de ajustar
el vendaje en el brazo quemado de Karla. Karla estaba pálida, con la
mirada perdida en el techo.
—¡Es que no te entiendo, García! —exclamó Sol, gesticulando con las manos como una madre furiosa—. ¡Tienes una puntería de oro y la usaste para lanzarte a una barbacoa humana! ¿En qué pensabas? ¿Y si te mueres? ¿Qué le digo yo a Teylor y a la niña? "Lo siento, la madrina Karla se convirtió en
carbón". ¡No, señor!
—Sol, por favor... me duele —se quejó Karla con voz débil.
—¡Que te duela! Así aprendes a ser prudente —replicó Sol, aunque sus ojos
estaban llenos de alivio. Le acarició la frente con ternura—. Estoy orgullosa
de que la sacaras, pero no me des estos sustos. La familia no se deja atrás,
pero tampoco se s*****a.
...
En ese momento, el Doctor Aris, un hombre de confianza del grupo,
entró en la habitación de Karla. Janet y Norma, que venían de regreso del baño
tratando de disimular su agitación, llegaron justo detrás de él. El ambiente se volvió gélido de inmediato.
—¿Cómo está ella, Doc? —preguntó Janet, poniéndose seria de golpe.
El doctor suspiró y miró sus notas médicas antes de mirar al grupo.
—Michelle Morgado es una mujer fuerte. La viga no rompió su columna, pero el
impacto le causó una hemorragia interna y una conmoción cerebral severa.
Karla intentó sentarse en la cama, soltando un gemido de dolor.
—¿Está despierta? ¿Puedo verla?
El doctor negó con la cabeza lentamente.
—Está en un coma inducido para permitir que su cerebro descanse. Pero hay
algo más... —el médico bajó la voz—. Durante la cirugía, encontramos un rastro de toxina en su sistema. No fue solo la explosión; alguien la drogó antes de la misión o saboteó su máscara de oxígeno con un gas paralizante leve. Por eso no pudo reaccionar a tiempo.
Las chicas se miraron entre sí. La traición era real y estaba mucho más
cerca de lo que imaginaban.
El sonido de unos zapatos caros resonó en el pasillo del hospital secreto. Esteban apareció cargando un enorme ramo de lirios blancos, con una expresión de "preocupación" que parecía ensayada frente a un espejo.
—Chicas, me enteré en cuanto pude. Es una tragedia —dijo Esteban,acercándose a la habitación de Michelle—. ¿Cómo está ella? ¿Logró identificar a alguien antes de la explosión? El Comisionado quiere nombres para empezar la cacería.
Antes de que pudiera poner un pie dentro, Sol se plantó frente a él.No era la Sol dulce que arrullaba a su hija; era la Sol que hackeaba gobiernos.
Cruzó los brazos y lo miró con una frialdad que detuvo a Esteban en seco.
—Escúchame bien, Esteban —dijo Sol con voz baja y peligrosa—. Esta misión
es clasificada. Nadie, y cuando digo nadie es nadie, va a interrogar a
Michelle ni a revisar sus informes hasta que ella misma lo decida. Ella sigue
siendo nuestra líder, y ya sabes que detesta que la gente meta sus narices en
sus asuntos cuando está de baja. Así que guarda tus flores y tus preguntas.
Esteban parpadeó, sorprendido por la firmeza de Sol.
—Solo quiero ayudar, Sol... somos del mismo bando.
—El bando de Michelle es este equipo. El tuyo es el de la oficina
—sentenció Sol antes de dar media vuelta y salir de la habitación de Karla,
dejando a todos con la boca abierta.
Janet soltó una risita nerviosa y miró a Norma.
—¡Vaya! Parece que a la leona le dieron carne cruda de desayuno. Esteban,
querido, si fuera tú, me iría antes de que Sol decida hackear tu cuenta
bancaria y dejarte solo para comprar chicles.
Janet le guiñó un ojo a Norma y ambas se retiraron por el pasillo para
alcanzar a Sol, dejando a Karla y a Esteban solos en la habitación. El
ambiente se volvió pesado. Esteban se acercó a la cama de Karla, forzando una
sonrisa compasiva mientras miraba sus quemaduras.
—Karla, lamento tanto lo de tu brazo... y lo del rifle. Debió ser el calor
del muelle lo que descalibró la mira. Pero dime, tú estuviste allí, cara a cara
con ellos. ¿Viste a Jáuregui? ¿O a alguien de su círculo íntimo?
Karla lo miró fijamente. Por un momento, recordó la sensación extraña en el
gatillo y las palabras de Sol sobre la lealtad. Una desconfianza instintiva
empezó a crecer en su pecho.
—Ya escuchaste a Sol, Esteban —dijo Karla, dándole la espalda con
dificultad—. No pienso decir ni una palabra. Los detalles de la misión solo se los daré a los superiores en un informe oficial cuando Michelle despierte. Ahora, si no te importa, me duele todo el cuerpo y quiero descansar. Retírate.
Esteban apretó el tallo de las flores hasta que sus nudillos se pusieron
blancos.
—Claro... descansa, Karla. Me alegra que estés viva.
Salió de la habitación con una mueca de odio. En cuanto estuvo en el
pasillo, sacó su teléfono y escribió un mensaje rápido: "El grupo se
está cerrando. La hacker sospecha. Hay que eliminar la evidencia en el hospital
hoy mismo".
Mientras Esteban se alejaba, dentro de la habitación de cuidados intensivos,
la mano de Michelle se movió ligeramente sobre la sábana. Sus ojos se
abrieron apenas un milímetro, luchando contra la droga en su sistema, y lo
primero que susurró con un hilo de voz fue:
—Karla... fuego... traidor...