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LA ESPOSA EQUIVOCADA

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Blurb

Isabela Vargas creía que casarse con Rafael Montero era el sacrificio necesario para salvar a su familia. Lo que no esperaba era terminar legalmente unida a Nicolás, el hijo desterrado, el que nadie nombra, el que regresó con una agenda que nadie conoce.

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El nombre equivocado
La boda más importante de su vida olía a gardenias muertas. Isabela lo notó en cuanto entró a la sala de preparación del hotel Alcántara: ese perfume dulce y ligeramente podrido que se cuela cuando las flores llevan demasiadas horas cortadas. Nadie más pareció darse cuenta. Las tres asistentes que revoloteaban a su alrededor estaban demasiado ocupadas ajustando el velo, retocando el maquillaje, susurrando elogios que ella no escuchaba. —Estás preciosa, Isabela. —El señor Rafael no va a poder quitarte los ojos de encima. —Esta boda va a salir en todas las revistas, ya verás. Ella sonrió. Era buena en eso: sonreír en el momento exacto, decir lo justo, no mostrar nada. Había aprendido a los doce años, cuando su padre le explicó por primera vez que el apellido Vargas era una marca que había que sostener aunque por dentro estuviera completamente hueca. Desde entonces, Isabela había sonreído en funerales, en cenas de negocios, en reuniones donde los hombres hablaban sobre su futuro como si ella no estuviera en la habitación. Hoy no era diferente. Hoy simplemente era el día en que le ponían precio oficial a su sonrisa. El contrato matrimonial llevaba tres semanas sobre la mesa de su padre. Isabela lo había leído dos veces, con la misma frialdad con que se lee una sentencia que ya no tiene apelación. Los Vargas necesitaban liquidez. Los Montero necesitaban una alianza que blindara su reputación ante los socios europeos que llegaban en enero. Rafael Montero, el heredero, necesitaba una esposa presentable, de apellido respetable y sin escándalos en el historial. Ella cumplía todos los requisitos. Lo había visto cuatro veces en su vida. Era guapo de una manera fácil y calculada, como los relojes de edición limitada: diseñado para impresionar a primera vista, sin nada interesante debajo del cristal. Pero los Vargas no podían darse el lujo de esperar algo interesante. —El notario está listo —dijo su madre desde la puerta, con esa voz tensa que usaba cuando quería parecer tranquila—. Firmas antes de la ceremonia, como acordaron. Isabela asintió. Se levantó. Siguió a su madre por el pasillo alfombrado del Alcántara sin mirar las pinturas en las paredes, sin contar los pasos, sin pensar demasiado. Pensar demasiado era un lujo que había dejado de permitirse. La sala designada para la firma era pequeña, con una mesa de caoba y dos sillas. El notario, un hombre mayor con lentes redondos, ya tenía los documentos abiertos en la página correcta. A su lado había un hombre de traje oscuro al que Isabela no reconoció. No era Rafael. Era más alto. Los hombros más anchos. El traje igual de caro pero llevado con una indiferencia casi ofensiva, como si lo hubieran vestido a la fuerza. Tenía el cabello ligeramente revuelto y una mandíbula que parecía estar en tensión permanente. Cuando levantó los ojos del teléfono y la miró, Isabela tuvo la sensación extraña de que ese hombre nunca en su vida había pedido perdón por nada. —¿Dónde está Rafael? —preguntó su madre antes de que Isabela pudiera hablar. —Retrasado —dijo el hombre, sin elaborar—. Hay un problema con los socios de Milán. Llamó hace veinte minutos. —¿Y usted es…? —Nicolás. Lo dijo como si fuera suficiente. Como si el apellido sobrara. La madre de Isabela frunció el ceño. El notario carraspeó. —El señor Montero autorizó que su hermano firmara como representante en el acto previo. Es un procedimiento estándar cuando… —No es estándar —interrumpió su madre. —Mamá. —Isabela puso una mano en su brazo. Luego miró al notario—. ¿Dónde firmo? El bolígrafo era pesado. Plateado. Probablemente costaba más que el bolso que su madre había empeñado el mes pasado sin decírselo a nadie. Isabela no leyó la página. Ya conocía el contrato. Lo había memorizado. Firmó en la línea indicada y dejó el bolígrafo sobre la mesa. El notario volteó la hoja. Señaló otra línea. —Esta página también, por favor. Ella firmó. Y otra. Firmó. —Muy bien. —El notario recogió los documentos con una eficiencia que le resultó casi obscena—. Felicidades a ambos. El juez los espera en el salón principal en cuarenta minutos. Isabela levantó la vista. ¿A ambos? —Un momento —dijo con calma—. ¿A ambos quiénes? El notario parpadeó. Miró a Nicolás. Miró a Isabela. Luego bajó la vista a los documentos con una expresión que, en cualquier otra circunstancia, podría haberse llamado pánico. —Señorita Vargas… ¿no leyó el encabezado de la segunda página? Ella sintió algo frío deslizarse por su columna. Lentamente, el notario giró el documento hacia ella. Y ahí, en tipografía negra, perfectamente impresa, leyó su propio nombre unido por un guion legal a tres palabras que no eran las que debían estar ahí. Isabela Vargas de Montero. Nicolás Alejandro Montero Villalba. El silencio duró exactamente tres segundos. Entonces su madre soltó un sonido que no era un grito ni un llanto sino algo intermedio, algo que Isabela nunca le había escuchado producir en cuarenta y dos años de vida. Y Nicolás Montero, el hombre del traje mal llevado y la mandíbula en tensión permanente, guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco, la miró con unos ojos completamente imposibles de descifrar, y dijo: —Bienvenida a la familia, Isabela. Como si lo hubiera esperado. Como si, de alguna manera que ella aún no podía entender, todo esto ya lo supiera.

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