Los primeros días en la torre fueron una lección de humillación y paciencia. Althea se forzó a ser la versión más insípida y sumisa de la princesa del cuento. Recibía a Dorian con sonrisas vacías, asentía a sus planes, y bordaba inútiles tapices junto a la ventana enrejada, como si su espíritu se hubiera quebrado. Por dentro, cada sonrisa era un arañazo, cada asentimiento un veneno. Pero Dorian lo creyó. Vio lo que quería ver: una mariposa cuyas alas había recortado, resignada a su vitrina. Fue en el silencio opresivo de la noche, cuando la farsa era más difícil de sostener, cuando sucedió. La desesperación por sentirse tan cerca del cielo estrellado y tan irrevocablemente atrapada la inundó. Apoyó su frente contra los fríos barrotes de oro, una lágrima de pura rabia escapándosele. "Oj

