Capítulo 5. El juego del ratón.

766 Words
La adelfa yacía sobre la almohada como una acusación silenciosa. Su perfume dulzón, que antes le parecía embriagador, ahora le hacía revolver el estómago. Cada pétalo blanco era una palabra en un mensaje letal: "Sé que saliste. Sé que estás jugando a algo. Y estoy jugando también." El miedo fue un puño de hielo que le cerró la garganta. Pero, para su sorpresa, justo debajo del miedo brotó una rabia fría y clara. Dorian no la estaba tratando como a una novia desleal, sino como a una pieza rebelde en su tablero. Y si era una pieza en un juego, entonces ella también podía mover las demás. Ya no se sentó a esperar. Al amanecer, con la adelfa escondida en un cajón como una prueba futura, se vistió con una determinación nueva. Iba a comportarse exactamente como la Althea del libro... pero con pequeños ajustes. Cambios calculados. Su primera jugada fue en el desayuno. En el libro, la princesa siempre elogiaba sin criterio los planes de Dorian. —Mi querido Dorian—dijo, con la voz lo más meliflua posible—, anoche no pude dejar de pensar en tus palabras sobre el Clan de la Espina Negra. Tanta tristeza y conflicto... He decidido donar las joyas de mi cumpleaños a un orfanato aquí, en la capital, para niños afectados por la... inestabilidad. Para mostrar que la corona de Eldoria también tiene compasión. Dorian, que llevaba un bocado de pan a la boca, se quedó inmóvil un instante. Era tan breve que cualquiera lo habría atribuido a una pausa para tragar. Pero Althea lo vio: el destello de irritación pura en sus ojos antes de que la máscara de orgullo benévolo se recompusiera. —Una idea magnánima,mi amor —respondió, su voz como seda—. Tu generosidad no conoce límites. Por supuesto, yo me ocuparé personalmente de que la donación se gestione... correctamente. Jaque. Él no podía oponerse sin parecer un avaro. Pero ella había plantado una semilla pública de que la "inestabilidad" existía y que su solución no era solo la espada. Su segunda jugada fue con los sirvientes. La Althea del libro apenas los veía. Rina, en cambio, empezó a fijarse en sus nombres, a agradecerles sus servicios con una sonrisa genuina. Se detuvo frente al joven ayudante del jardín. —¿Cómo te llamas?—preguntó. —L-Liam,Su Alteza —tartamudeó el chico, aterrorizado. —Espero que los libros no sufrieran mucho daño,Liam —dijo ella, suavemente—. A veces los caminos más torpes nos llevan a destinos inesperados. No era solo amabilidad. Era la construcción de una red de ojos y oídos leales, por pequeños que fueran. Cada mirada de gratitud, cada susurro de "la princesa ha cambiado", era un hilo que debilitaba el control absoluto de Dorian. La tercera y más arriesgada jugada la hizo por la tarde. Sabía, por el libro, que hoy "debía" recibir la visita de la embajadora de un reino neutral, la astuta Lady Anya. En el guion original, Althea se limitaba a sonreír y asentir. Pero Rina tenía otros planes. Mientras paseaban por la galería de retratos, frente a un cuadro del abuelo de Dorian, la embajadora comentó: —Un hombre de gran legado.Expandió nuestras fronteras como nadie. —Sí—respondió Althea, con una sonrisa dulce que no llegaba a sus ojos—. Es fascinante cómo la historia depende del cristal con que se mire. En algunos relatos, esa expansión se llama de otra manera. Pero qué importan los nombres viejos, cuando el presente nos ofrece la oportunidad de enmendar errores, ¿no lo cree, Lady Anya? La embajadora se quedó mirándola, y por primera vez, su máscara de cortesía perfecta se resquebrajó, mostrando un destello de viva curiosidad. Dorian, que caminaba a su lado, apretó tan fuerte el brazo de Althea que supo que le dejaría un moretón. Esa noche, no hubo adelfa en su almohada. En su lugar, un solo guardia fue reasignado a un puesto lejano. Liam, el joven ayudante, recibió un ascenso inesperado a un puesto dentro del castillo. Y Dorian, en la cena, fue exquisitamente cortés, pero sus ojos no la abandonaron ni un segundo. Ya no había ira en ellos. Había respeto. El respeto frío que un depredador profesa a una presa que ha resultado ser más escurridiza de lo esperado. Althea se acostó esa noche con el corazón aún acelerado, pero con una sonrisa en los labios. Tenía miedo, sí. Pero por primera vez, no se sentía impotente. El juego había comenzado. Y el ratón acababa de demostrar que sabía roer la trampa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD