Capítulo 1. Las últimas páginas.

381 Words
RINA (48 horas antes). El sonido de la lluvia golpeando la ventana era el único ruido en la habitación. Rina se ajustó las gafas sobre la nariz y pasó la página del libro, su edición de bolsillo favorita, tan manoseada que la portada se estaba despegando. "La Princesa de la Luna Creciente". Lo había leído cientos de veces desde que su madre se lo regalara, antes de que la enfermedad se la llevara. Era su escape. Su refugio. En sus páginas, existía un mundo donde los finales felices eran promesa, no una mentira. Donde la princesa Althea se casaba con el bondadoso príncipe Dorian y vivían en paz para siempre. Una punzada en el costado la hizo fruncir el ceño. La enfermedad que había arrebatado a su madre ahora se cebaba con ella. Los tratamientos ya no funcionaban. Lo sabía. Los médicos con sus caras compasivas se lo habían dejado claro. "Tiempo de calidad", le decían. Un eufemismo estúpido para una cuenta regresiva. Sus dedos acariciaron la ilustración del príncipe Dorian, de cabello dorado y sonrisa benévola. Qué diferente sería la vida con un poco de esa amabilidad, pensó, con un amargor que inmediatamente se reprimió. No era momento para la autocompasión. Tenía que ir a la clínica para otra sesión inútil. Guardó el libro en su mochila, junto a su cuaderno de bocetos. Dibujar era lo único que la hacía sentir en control. Especialmente los personajes del cuento. Su Althea siempre tenía una chispa de rebeldía en los ojos que la versión oficial no mostraba. Y su Rylan, el caballero mago villano... siempre lo dibujaba con demasiada tristeza en la mirada para ser un verdadero monstruo. Salió a la calle, el viento frío calando hasta los huesos. La lluvia había convertido el asfalto en un espejo n***o. Cruzaba la calle, absorta en sus pensamientos, en la próxima página que iba a dibujar —una donde Rylan advertía a Althea sobre Dorian—, cuando los faros de un camión la cegaron. No hubo tiempo ni para gritar. Solo un impacto sordo, el mundo girando fuera de control, y la sensación de ser arrancada de todo, de su cuerpo, de su dolor, de su vida truncada. Y luego... una luz dorada. Y esa voz. "Tu historia no ha terminado, pequeña lectora..."
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