Capítulo 3. La sombra de la duda.

945 Words
El resto del desayuno transcurrió en una cortesía tensa y pulcra. Dorian recuperó su máscara de amabilidad con una facilidad que a Althea le resultó aterradora, preguntándole por sus clases de etiqueta y los preparativos para la próxima fiesta de la corte. Cada una de sus palabras sonaba como un guion perfectamente memorizado. Cuando por fin pudo retirarse a sus aposentos, apoyó la espalda contra la fría madera de la puerta y dejó escapar un tembloroso suspiro. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. ¿Estoy volviéndome loca? La pregunta resonó en su mente, clara y devastadora. Se miró las manos, esas manos largas y pálidas que no eran las suyas. ¿No era todo esto, en sí mismo, la mayor prueba de locura? Había muerto. Había renacido en un cuento. ¿Acaso era tan descabellado que su mente, fracturada por el trauma, estuviera inventando enemigos donde no los había para darle sentido al caos? "Pareces... diferente hoy, Althea." La frase de Dorian no sonaba como una amenaza ahora, sino como una observación lógica. Cualquiera notaría que la princesa no era la misma. Él solo había sido perceptivo. "Qué torpe es ese muchacho." Fastidio, sí. Pero ¿quién no se irritaría ante la incompetencia? Incluso ella, en su vida pasada, se habría molestado si un compañero de trabajo arruinara un proyecto por descuido. Dorian era un príncipe, educado para la eficiencia. ¿Era un delito ser estricto? Caminó hasta el espejo y se estudió. La joven del reflejo era un extraño collage: los ojos asustados de Rina, la nariz perfecta de Althea, el ceño fruncido de ambas. —Estás nerviosa—le dijo a su reflejo, con la voz de Rina saliendo de los labios de la princesa—. Estás asustada. Tu cerebro está buscando un monstruo bajo la cama porque no puede procesar que estás en otra cama, en otro mundo. Tal vez Dorian era exactamente quien parecía ser: el héroe del cuento. Un hombre bueno, quizá un poco rígido por su educación, pero destinado a amarla. Tal vez ella era la que estaba arruinando su propia segunda oportunidad con sus paranoias de mujer del siglo XXI. La idea le dolió, pero también le trajo un alivio perverso. Era más fácil creerse loca que aceptar que estaba atrapada en una jaula dorada cuyo guardián era una serpiente. Decidida a enmendar su error, a darle una oportunidad a la historia que siempre había soñado, pasó la tarde sumergiéndose en los recuerdos de la princesa. Revisó diarios llenos de citas con Dorian, de paseos por el jardín, de pequeños regalos y poemas que él le había dedicado. La evidencia de su "amor" era abrumadora. En cada anotación, la Althea original parecía extasiada. Al día siguiente, cuando Dorian la invitó a cabalgar, aceptó con una sonrisa que esperaba fuera más genuina. El sol de la tarde bañaba los jardines del palacio. Dorian era encantador. Le señaló las flores más raras, bromeó con elegancia y le habló de sus planes para el reino: hospitales, escuelas, paz duradera. Era el discurso de un rey sabio. Era el hombre del libro. —Anoche revisé algunos de los mapas de la frontera norte —dijo él de pronto, su tono casual como una caricia—. El territorio del Clan de la Espina Negra sigue siendo un problema. Esa gente no entiende de diplomacia, solo de fuerza bruta. El Clan de la Espina Negra. El pueblo de Rylan. Althea sintió un pequeño pinchazo de alerta. —¿Oh?¿Qué han hecho? —preguntó, tratando de sonar solo interesada. —Lo de siempre. Incursiones en nuestros puestos comerciales, robando recursos. Su líder, ese tal Rylan... —Dorian hizo un gesto de desprecio—. Un fanático que alimenta el odio de su gente. Es una lástima, pero a veces la poda es necesaria para que el árbol florezca. Las palabras eran razonables. Un gobernante hablando de proteger a su pueblo. Pero en el eco de "podar", Althea oyó algo siniestro. Vio la imagen del joven ayudante temblando en el suelo. —Quizá... ¿no habría manera de entablar un diálogo? —sugirió, midiendo cada palabra. Dorian se rió, un sonido dulce como la miel que no llegó a sus ojos. —Mi dulce Althea.Tu compasión te honra. Pero no se puede razonar con las bestias. Solo entienden el lenguaje del hierro y el fuego. —La miró, y su sonrisa se suavizó—. No te preocupes por estas cosas. Tu corazón es demasiado puro para la cruda realidad de la política. El mensaje era claro: "Este no es asunto tuyo". Y estaba envuelto en el papel sedoso de un halago. En ese momento, mientras su caballo se movía junto al de él, Althea supo que no estaba loca. La ansiedad podía jugar trucos, pero no podía fabricar la fría certeza que ahora se arraigaba en su estómago. La bondad de Dorian tenía condiciones. Su mundo perfecto se construía sobre la aniquilación de todo lo que él consideraba una "imperfección". Ya fuera un sirviente torpe o un pueblo entero. No estaba viendo cosas donde no las había. Estaba viendo la verdad que siempre había estado ahí, escondida bajo el dorado brillo del cuento de hadas. Y darle una segunda oportunidad al príncipe no haría más que darle más tiempo para afilar sus cuchillas. Esa noche, mientras las estrellas que no eran las de su mundo titilaban tras su ventana, Rina, la intrusa, tomó una decisión. Ya no lucharía contra sus instintos. Los afilaría. Por que en este palacio de espejos y mentiras, su desconfianza era la única cosa verdadera que le quedaba.
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