Los tres días siguientes fueron un torbellino de preparación febril. El aire del campamento vibraba con una energía distinta, una mezcla de ansiedad y determinación férrea. Todos sabían que se jugarían una carta maestra, y que las apuestas no podían ser más altas. El centro de todo era la cabaña de Elara, convertida en el cuartel general mágico. El plan de Althea era hermoso en teoría y aterrador en la práctica: Rylan sería el proyector, canalizando su inmenso poder hacia la capital para crear la ilusión vívida e imborrable. Althea sería la telaraña de protección, envolviendo la firma mágica de Rylan con la suya propia, no para fortalecerla, sino para camuflarla, para hacerla parecer un eco del viento, una falla en la luz, cualquier cosa menos un hechizo lanzado desde una montaña específi

