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Atrapada por el Lancaster

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Blurb

​Alexandria Vance consiguió lo que quería: convertirse en la actriz más codiciada y estar tan cerca del magnate Gabriel Lancaster que él no pudiera ignorarla. Lo que ella no sabe es que el dueño del imperio del entretenimiento lleva años esperando este momento, diseñando cada trampa para atraerla primero. Ninguno sabe que el otro está obsesionado, y cuando el pasado universitario estalle en la cima del éxito en las paradisíacas costas de Nicaragua, la pasión será tan peligrosa como su propio juego de cazadores.

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CAPÍTULO 1: El Arte de la Cacería
Punto de vista: Alexandria Vance ​El brillo de los reflectores sobre la alfombra roja siempre había sido mi escenario favorito, pero esta noche no estaba buscando la aprobación de los fotógrafos ni los halagos de la prensa internacional. Cada paso que daba sobre el suelo marmoleado del ostentoso hotel en Managua, donde se celebraba la gala benéfica más importante de la temporada, tenía un solo objetivo. Un único destino. ​Gabriel Lancaster. ​Ajusté sutilmente el pliegue de mi vestido de seda color esmeralda frente al espejo del tocador antes de hacer mi entrada triunfal al salón principal. Mi agente, un hombre al borde del colapso nervioso por mantener mi agenda perfecta al milímetro, creía que aceptar el papel protagónico en la nueva superproducción de Lancaster Media había sido el fruto de semanas de duras negociaciones y pura suerte. Él pensaba que habíamos logrado una hazaña imposible al convencer al consejo directivo de que yo era la única actriz capaz de encarnar a la heroína de la historia. ​Qué inocente de su parte. ​Él no tenía la menor idea de que cada movimiento estratégico, cada entrevista previa donde dejé caer casualmente mi interés por proyectos de época y cada infiltración sutil en la agenda de la productora habían sido calculados por mí durante los últimos tres años de mi vida. No había ningún azar. No había coincidencias en el mundo del espectáculo cuando una jugadora de mi nivel decidía apostar fuerte. Yo había tendido la red perfecta y milimétrica para que Lancaster Media no tuviera absolutamente ninguna opción lógica más que buscarme a mí. ​Y, por sobre todas las cosas, para que Gabriel Lancaster tuviera que mirarme a los ojos de nuevo. ​Mis recuerdos volaron fugaces por un segundo hacia los pasillos antiguos de la universidad. En aquel entonces, él ya era una sombra dominante y magnética, el heredero indiscutible de un imperio inalcanzable, siempre retraído, elegante hasta el absurdo y ridículamente inteligente. Y yo era simplemente la estudiante de teatro becada que se prometió a sí misma que un día estaría exactamente a su misma altura, o tal vez por encima. Nunca me enamoré de él como lo haría cualquier muchacha ordinaria o impresionable; me obsesioné de una manera enfermiza con la idea de poseer su atención absoluta, de romper esa coraza de hielo que lo rodeaba. La forma en que levantaba la mirada cuando yo pasaba cerca de su casillero, la frialdad calculada con la que ignoraba olímpicamente al resto del mundo mientras a mí me dedicaba una fracción de segundo de escrutinio... todo eso se me metió bajo la piel como un veneno delicioso del que jamás quise recuperarme. ​Cuando la etapa universitaria terminó de golpe y nuestras vidas tomaron rumbos millonarios pero peligrosamente distantes, juré sobre todas las cosas que jamás regresaría a su vida como una suplicante pidiendo oportunidades. Regresaría convertida en una fuerza de la naturaleza imposible de ignorar. ​—Señorita Vance, el señor Lancaster acaba de hacer su ingreso por el ala privada del salón [me murmuró mi asistente personal al acercarse con paso apresurado y un vaso de agua mineral para calmar mis nervios aparentes.] ​Inspiré hondo, manteniendo la barbilla en alto con absoluta altivez. Sentí ese latido acelerado, casi doloroso, en mi pecho, esa descarga pura de adrenalina que solo la proximidad de Gabriel sabía provocarme en el cuerpo entero. ​—Excelente. [respondí con voz pausada, saboreando el dulce sabor de la victoria anticipada] —. Es hora de saludar a nuestro nuevo y flamante jefe. ​Caminé con elegancia hacia el gran salón de cristal. El ambiente olía intensamente a perfumes de alta gama, a rosas blancas frescas y al poder refinado de la élite empresarial y artística del país. Las miradas de los asistentes se desviaron hacia mí de inmediato, los murmullos de admiración recorrieron la sala como un eco sutil y las cámaras de los periodistas acreditados comenzaron a parpadear en ráfagas ensordecedoras. Les regalé mi mejor sonrisa, esa que llevaba semanas ensayando frente al espejo desde el mismo instante en que firmé el millonario contrato. ​Y entonces lo vi. ​Gabriel estaba de pie cerca de los imponentes ventanales de cristal que daban hacia el patio central. Llevaba un esmoquin a medida de color n***o noche, confeccionado a la perfección, sin una sola arruga que delatara cansancio. Su postura emanaba un dominio absoluto y natural sobre todo el que lo rodeaba. Estaba conversando formalmente con un grupo de influyentes inversionistas extranjeros, pero su expresión fría y calculadora era la de un hombre que controlaba cada ficha de un tablero de ajedrez sin siquiera despeinarse. ​Sostuve la respiración un milisegundo exacto. Volver a tenerlo a tan pocos metros me erizó la piel por completo. Toda la estrategia que había preparado durante meses culminaba en este preciso instante. ​Caminé con paso firme pero con una aparente y estudiada despreocupación, haciendo una parada estratégica para saludar con dos besos al famoso director de cine que estaba cerca, asegurándome de quedar exactamente en el ángulo de visión periférica de Gabriel. Sabía perfectamente cómo la luz dorada y cálida de la gran lámpara de araña destacaba la silueta de mi vestido y el porte de mi figura. Sabía, con absoluta certeza, que él no podría evitar notar mi presencia ni por un segundo. ​Giré despacio sobre mis tacones, fingiendo que lo descubría allí de casualidad en ese preciso instante. ​Nuestras miradas chocaron en el aire como dos fuerzas indomables. ​Fue un impacto eléctrico que me recorrió la columna. Durante dos segundos enteros, el murmullo constante de la fiesta, la música clásica del cuarteto de cuerdas y las voces de la alta sociedad nicaragüense desaparecieron por completo del universo. Sus oscuros e impenetrables ojos me fijaron con una intensidad devoradora que por poco me hace perder el aliento, pero mantuve la compostura con una maestría impecable. Le dediqué una inclinación tenue de cabeza, una sonrisa llena de misterio y sofisticación distante, y luego volví la mirada hacia mi copa de champán, como si su imponente presencia fuera apenas un detalle insignificante en mi brillante y triunfal noche. ​Caíste en la red, Gabriel, pensé para mis adentros, sintiendo una satisfacción ardiente y febril recorrer toda mi sangre. Te traje hasta aquí con mis propias manos. Hice que te fijaras en mí, que me contrataras para el papel principal, que vinieras a esta gala. Crees que tú tienes el control absoluto de tu imperio y de tu vida, pero esta noche la obra la dirijo enteramente yo. ​Me alejé con paso lento hacia la amplia terraza exterior, donde el aire fresco de la noche traía el aroma tropical de los jardines y la brisa característica de Managua. Sabía perfectamente que no tardaría en seguirme los pasos. Había dejado la carnada ideal: una conversación a medias, un contrato millonario firmado y una mujer a la que su mente calculadora simplemente no le permitiría ignorar. ​Apoyé mis manos enguantadas en la fría balaustrada de mármol blanco, mirando las luces titilantes de la ciudad que se extendían como un manto bajo el cielo nocturno y despejado. El sonido inconfundible de unos pasos firmes, seguros y sobrios sobre las baldosas me indicó con precisión matemática que la trampa había funcionado tal y como lo planeé. ​—No sabía que la actriz principal de mi nuevo proyecto cinematográfico prefería la soledad de la terraza a los aplausos aduladores del salón, Alexandria [dijo su voz grave a mis espaldas.] ​Esa voz. Profunda, serena y profundamente dominante que me había atormentado en sueños durante años. ​Me giré despacio, disfrutando el triunfo absoluto en mi interior. Gabriel estaba a solo tres pasos de distancia de mí, con las manos perfectamente guardadas en los bolsillos de su pantalón y esa sonrisa enigmática, casi imperceptible, que me había perseguido desde nuestros lejanos años universitarios. ​—Los aplausos de la gente son completamente predecibles, Gabriel [respondí con una calma fingida, pronunciando su nombre con una lentitud deliberada y provocadora] —. Prefiero mil veces los negocios importantes y las jugadas maestras. Y me parece de lo más evidente que tú y yo tenemos muchísimo de qué hablar sobre el rodaje que iniciaremos próximamente en la costa. ​Él dio un paso más hacia mí, acortando la distancia de golpe con una elegancia pavorosa que me dejó sin aire. Una sonrisa peligrosa y calculadora se dibujó finalmente en la comisura de sus finos labios. ​—Tienes toda la razón del mundo, Alexandria [murmuró, fijando su oscura vista en la mía sin parpadear ni un solo instante] —. Hay una infinidad de cosas que tenemos que revisar con sumo cuidado. De hecho, no tienes la menor idea de lo mucho que estuve esperando y diseñando el momento exacto para que estuvieras justo aquí, frente a mí. ​Sentí un escalofrío helado y delicioso de pura fascinación recorrer mi cuerpo. En mi mente, la victoria era absoluta y rotunda. Lo había acorralado por completo. Alexandria Vance había logrado manipular al mismísimo imperio Lancaster para tenerlo arrodillado a sus pies, sin que él sospechara jamás que toda esta elaborada reunión había sido fríamente planeada por ella. ​Lo que yo no tenía ni la más remota forma de saber en ese preciso y eufórico momento... era la gigantesca y peligrosa mentira sobre la cual estaba parada.

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