—Llegas tarde —gruñó sin siquiera darle tiempo a que se acercara—. Otra vez.
Lorena se detuvo en seco, consciente del aire cargado de tensión que emanaba de él. Sus ojos lo buscaron, llenos de culpa y cansancio, pero también de una firme determinación. La culpa no la iba a debilitar. No esta vez.
—Tuve que trabajar medio tiempo y Tenía clases en mi universidad, lo de mi trabajo tampoco anda bien, se rumora que van a cerrar un tiempo y significa que no podre pagar la universidad si eso pasa y el tráfico es una locura afuera, Bastián —dijo con voz contenida, intentando no elevar el tono—. Pero ya estoy aquí.
Él soltó una risa amarga, cargada de veneno, que resonó en la habitación vacía.
—¿Y qué? ¿Ahora que llegas a esta hora crees que todo está bien? —escupió, moviéndose bruscamente en su silla, como si el enojo pudiera sacarlo de su encierro—. No necesito tu compasión. ¡Si vas a venir tarde, mejor no vengas!
Lorena cerró los ojos por un breve segundo, como si buscara en su interior la paciencia que él parecía empeñado en quebrar. Pero no era la primera vez que enfrentaba ese tipo de reacción en él. Conocía cada rincón de su dolor, aunque él intentara esconderlo detrás de ese muro de ira.
—No has comido, ¿verdad? —dijo Lorena, ignorando su agresividad y mirando de reojo la mesa vacía a su lado.
Bastián frunció el ceño, pero no respondió. El silencio fue la confirmación que Lorena necesitaba. Con un suspiro profundo, se giró hacia María, que estaba de pie cerca de la puerta, como una sombra discreta.
—María, dile a Rosa que caliente la comida de nuevo, por favor —pidió con voz serena, aunque la preocupación era evidente—. Yo me encargo.
María asintió en silencio, sus ojos brillando con una mezcla de simpatía y tristeza por la situación. Salió rápidamente de la habitación, dejándolos a solas.
Bastián la miró con una furia que ni él mismo podía controlar. Sentía que su vida era un caos, un infierno constante, y la única forma de liberar ese dolor era lanzarlo hacia las personas que más se preocupaban por él. El orgullo herido lo carcomía.
—No voy a comer —dijo tajantemente, apretando los dientes.
Lorena se acercó, ignorando la barrera de enojo que él había levantado entre ellos. Se arrodilló frente a él, apoyando una mano firme pero suave sobre su rodilla inmóvil. Lo miró a los ojos, no como alguien que lo desafiaba, sino como alguien que no iba a abandonarlo, por más que él quisiera que lo hiciera.
—Tienes que comer, Bastián —le dijo, con un tono suave pero inflexible—. Si no lo haces, te vas a enfermar. Si no comes, te vas a morir. Y no puedo permitir que eso pase, aparte que si quieres recuperar la movilidad hay un tratamiento, pero si no comes no podrás hacer ese tratamiento.
Él apartó la mirada con un bufido, como si las palabras de Lorena no fueran más que un eco molesto en su mente. Pero en el fondo, el miedo de esas palabras lo golpeó. Morir. Había noches en las que lo deseaba, en las que la desesperación lo asfixiaba, pero en el fondo sabía que aún no estaba listo para rendirse. No del todo. Sin embargo, su orgullo no le permitía aceptar su debilidad frente a Lorena.
—¿Y qué si me muero? —replicó, con el dolor vibrando en cada palabra—. Quizá sería mejor que... que este maldito sufrimiento termine de una vez.
Los ojos de Lorena se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran. Ella había estado con él desde el principio, desde el accidente, viendo cómo el hombre que amaba en secreto se desmoronaba día tras día. Pero había algo en su mirada, una fuerza interior que no podía permitirse perder. No con él.
—No digas eso —murmuró, su voz quebrándose levemente—. No puedes rendirte, Bastián. No puedo verte así.
Bastián finalmente la miró, pero lo que vio no fue la lástima que tanto temía. Lo que vio fue amor, dolor, y, sobre todo, determinación. La misma que había visto antes, cuando todo esto comenzó. El peso de esas emociones lo hizo flaquear por un segundo, pero su orgullo herido seguía luchando por no dejarse vencer.
—No necesito que me salves, Lorena —dijo con voz rasposa—. No puedes arreglar lo que está roto.
Lorena tomó aire profundamente y se inclinó un poco más cerca, sin apartar los ojos de los de él.
—No estoy aquí para arreglarte, Bastián. Estoy aquí porque te amo, lo siento es la verdad te amo desde el primer dia que tu mirada se cruzó con la mía solo que lo guarde en secreto, pero ahora no es un secreto —dijo, y su voz fue tan firme que incluso él tuvo que escucharla—. Y porque sé que dentro de ti todavía hay algo que vale la pena luchar.
La puerta se abrió en silencio y María regresó con la bandeja de comida. La dejó sobre la mesa y salió rápidamente de la habitación, sabiendo que ese momento pertenecía solo a ellos.
Bastián cerró los ojos, exhalando lentamente. La rabia, el dolor, el orgullo… todo se mezclaba en su interior, una tormenta que no sabía cómo detener. Pero las palabras de Lorena seguían allí, flotando en su mente, dándole vueltas como una melodía que no podía ignorar.
Finalmente, abrió los ojos y, con una voz apenas audible, derrotada pero humana, susurró:
—Solo... no me obligues, tu dices que me amas porque estoy en silla de ruedas, por eso dices que me amas porque no tengo a nadie más que me ve como tu me vez, por pura compasión y compromiso lo haces y lo dices.
Lorena lo observó en silencio, sabiendo que era un pequeño paso, pero un paso al fin. Sin decir más, tomó la bandeja de la mesa y se la acercó.
—Está bien, Bastián. Solo un poco —dijo, con una suave sonrisa que contenía tanto dolor como esperanza—. Solo un poco.
Y aunque él no respondió, no apartó la bandeja.
El silencio llenaba el aire, pesado, casi palpable. Lorena acercó la bandeja con delicadeza, sus manos temblando ligeramente mientras la dejaba frente a Bastián. Cada pequeño movimiento parecía tener el peso de una decisión mayor, como si el simple acto de comer fuera una batalla que ambos luchaban, aunque en lados opuestos.
Bastián miró la comida con desdén, el aroma familiar de los platos que Rosa preparaba desde hacía años llenaba la habitación, pero para él era solo un recordatorio más de lo que había perdido. La sensación de hambre había desaparecido hacía horas, reemplazada por un nudo de ansiedad que lo ahogaba. Aún así, algo en el tono de Lorena, en esa firmeza revestida de amor, lo detenía. Sentía la resistencia, el orgullo que le gritaba que siguiera en su negativa, pero la tristeza en los ojos de Lorena lo hacía dudar.