La luz del atardecer se filtraba a través de las enormes ventanas de la mansión, proyectando sombras doradas sobre las paredes de mármol. La opulencia de su entorno no era más que un recordatorio cruel de la inmensa fortuna que Bastián poseía, pero que ya no podía disfrutar. La silla de ruedas donde estaba sentado lo anclaba a una realidad que odiaba, una que lo condenaba a observar el mundo desde abajo, como un espectador de su propia vida.
El dolor en sus piernas, aquel que lo había consumido durante semanas, era solo una parte del tormento. El verdadero sufrimiento se escondía en su pecho, una herida abierta que no terminaba de cicatrizar. Bastián había perdido más que la movilidad; había perdido la esperanza, el deseo de seguir. El vacío se había instalado en su alma, más profundo que el mar, más oscuro que la noche.
María, la enfermera que lo cuidaba con una paciencia infinita, entró en la habitación con pasos ligeros. Sus manos, siempre suaves y diligentes, llevaban una bandeja con los medicamentos que debía tomar, pero también con algo más: una mirada que delataba su preocupación.
—Bastián, ¿cómo te sientes hoy? —preguntó con esa voz suave, como si intentara no romper algo frágil dentro de él. Era la misma pregunta de siempre, pero esta vez sonó diferente, más cargada de emociones, más personal.
Él no respondió de inmediato. Sus ojos, oscurecidos por la tristeza, se desviaron hacia la ventana. Observaba cómo el cielo cambiaba de color, el dorado tornándose en sombras.
—¿De qué sirve que me lo preguntes si ya sabes la respuesta? —respondió con frialdad, sin mirarla.
María suspiró, dejando la bandeja sobre la mesa junto a él. Se acercó un paso más, observándolo con esa mezcla de empatía y frustración que solo quien se preocupa de verdad puede sentir. Sabía que no podía arreglar su situación, pero eso no significaba que iba a dejar de intentarlo.
—No es una respuesta lo que busco, Bastián —dijo mientras se arrodillaba a su lado—. Solo quiero saber si me dejarás estar contigo en esto.
Bastián la miró por primera vez en días. Sus ojos oscuros la recorrieron de manera superficial, como si intentara decidir si valía la pena abrirse, aunque fuera un poco. Pero el orgullo, o tal vez el miedo, lo dominaba.
—¿Estar conmigo? —su risa fue amarga, como el sonido del cristal al romperse—. ¿Qué hay aquí para ti, María? Mírame, soy solo una sombra de lo que era. Esta maldita silla, este maldito cuerpo roto... mira si lorena ha venido a verme, no, pues no, porque ella tampoco quiere atenderme —sus manos se tensaron sobre los reposabrazos de la silla, los nudillos blancos por la fuerza que ejercía—. No hay nada que puedas hacer.
María sintió el nudo en su garganta crecer, pero no podía permitirse ceder ante sus propias emociones. Se acercó un poco más, hasta que sus manos tocaron las de él, cubriéndolas con delicadeza.
—No estoy aquí por lástima, ni por obligación, solo quiero que ayudarte, pero tu no te dejas, Lorena mando un mensaje va a demorar por el tráfico, pero ella quiere ayudarte y yo tambien quiero ayudarte —dijo con firmeza—. Estoy aquí porque quiero ayudarte, porque sé que debajo de todo ese dolor, hay más de ti. Eres mucho más que esta silla, Bastián.
Él apartó la mirada, sintiendo cómo las palabras de María penetraban en las grietas de su coraza. Pero aún se negaba a creer en ellas. Había pasado demasiado tiempo sintiéndose inútil, quebrado, una carga para los demás. El orgullo herido lo mantenía aferrado a su soledad, incluso cuando el consuelo estaba justo frente a él.
—No lo entiendes... Lorena no vendrá, ella me abandono igual que alguien que guarde en secreto, que no pienso contarte, odio estar en este país llamado Italia es mi peor momento en este país —murmuró, con los dientes apretados, mientras las sombras en la habitación parecían hacerse más densas—. Nunca podrás entender lo que es perderlo todo en un solo instante.
María no retrocedió. Sus dedos, firmes y suaves, apretaron las manos de Bastián con más fuerza. Era el toque de alguien que no iba a renunciar fácilmente, de alguien que estaba dispuesta a luchar por él, aunque él no lo hiciera.
—No necesito entenderlo todo para estar aquí contigo —susurró—. Lo único que sé es que no quiero verte hundido en esta oscuridad. Tienes derecho a sentirte así, a estar enfadado, pero no puedes quedarte atrapado en ese vacío para siempre.
Bastián cerró los ojos, sintiendo el peso de sus palabras como si fueran un bálsamo en sus heridas, aunque se resistiera a aceptarlo. Por primera vez en mucho tiempo, el dolor en su pecho pareció aflojar, aunque solo un poco. Las sombras seguían allí, acechantes, pero había una luz, una chispa que María insistía en mantener viva.
—No sé si puedo salir de esto —admitió en un susurro apenas audible.
María sonrió con ternura, aunque sus ojos brillaban con un matiz de tristeza. Sabía que el camino no sería fácil, pero no estaba dispuesta a rendirse.
—No tienes que hacerlo solo —dijo—. Déjame estar aquí, contigo. Solo eso.
Y en ese momento, mientras el silencio caía sobre ambos, Bastián sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: no estaba completamente solo.
—Ves esta bandeja de comida, tienes que comer, te voy a ayudar abre la boca —agrego María.
—No quiero y punto —dijo Bastián gruñendo.
—Bastián regresare, solo tengo que preparar unas inyecciones, te daré tiempo para pensar, esto es serio debes comer —dijo María.
—Como sea, largo, ¿con que el trafico demora a Lorena verdad? soy una carga solo es eso odio esto —agrego.
—Entiéndela tiene clases a las 6 de la mañana en su universidad, y sale a las 8:00 en todo lo que sale se hace tarde, puedes entender eso —agrego María sin dañar los sentimientos de Bastián.
Bastián se sumergió en el silencio mientras maría salía de la habitación.
Tres horas despues. El sonido de la puerta abriéndose de golpe resonó en la habitación, rompiendo el denso silencio. Lorena entró apresurada, con el rostro ligeramente enrojecido por la prisa y el ceño fruncido por la preocupación. Era tarde, mucho más tarde de lo que había planeado, y eso lo sabía.
Bastián la observó desde su silla, los músculos de la mandíbula tensos. La opulenta sala parecía empequeñecer ante la magnitud de su enojo. Sus manos se apretaron en los reposabrazos, mientras su mirada oscura se clavaba en ella como cuchillos.