Uff, qué fue eso, o aprendo ruso o inglés, pero algo debo ponerme a aprender. Me tiro en mi cama, ya me duele la vida y no he terminado la primera carta. El sonido de los mensajes llega.
De:Mi jefazo
¿A qué hora pensar enviar archivos? Son las veinte horas y usted ni sus luces. —Tapo mi boca, — ¿Cómo que veinte horas si apenas llevo cuatro traduciendo? Hay no, esto no puede ser. Envió lo que ya tengo de la carta necesito que no me amoneste.
Le contesto el mensaje
Para: Mi jefazo.
¡Estoy en eso!
Contesto en ruso, en este momento mi amor platónico es mi traductor. Sigo trabajando, de momento comienzo a oler como si se estuviera quedando la casa.
Me levanto de la cama olfateando como perro sabueso de donde viene esa peste. Salí de mi habitación siguiendo el rastro hasta que llego a la cocina, abro los ojos grandes y tapo mi boca para no gritar.
—¡El arroz! – mi madre entra por la cocina como las locas en ese mismo momento–. No se te puede enviar a hacer nada, qué difícil es velar un arroz? Fabiola cada día estás peor. —me doy en la frente.
—Yo no tengo culpa que todos hayan salido a buscar el COVID. Mejor me voy a mi habitación lejos de tantos gérmenes. – escupo iracunda. Entre mi familia y mi jefe no sé quién me va a volver más loca.
—Ni se te ocurra, te toca hacer el arroz y está vez no lo dejes quemar. —dice mi madre deteniendo mis pasos.
—Pero mama, ponle una cebolla, juro que se le quita y ni cuenta se dan que se quemó. —digo cortando una cebolla por la mitad.
—¡Que no! De alguna forma tienes que aprender, eres una irresponsable. —blanqueo mis ojos.
—¡Tengo trabajo! –grito y pataleo.
—Pero en esta casa la que manda soy yo y si no te gusta vete buscando lugar en otro lado. – me muerdo la lengua, juro que un día me voy a envenenar con mi propio veneno.
Para que les cuento que me tocó lavar el caldero, y poner a hacer el mendigo arroz. Llevé la laptop a la cocina, por ningún motivo se me podía volver a quemar. Lo puse a fuego lento, aunque se tarde. No quiero aguantar la pataleta de mi mamá.
Terminé la carta tres horas después. La envié y esperé la respuesta de mi jefazo, pero nunca llegó. Me quedé dormida con la Laptop encendida.
Me despierto de madrugada, miro mi celular. Son las dos de la madrugada, ¿Este hombre no duerme acaso?
Mi jefazo.
Señorita Hernández le estoy enviando los informes de finanzas, archiveros.
Entro a mi correo y efectivamente tengo tres mensajes del señor Sokalov. Esto creo que no va a acabar bien. Escribo un escueto > y vuelvo a dormir. Estoy moribunda y él sigue trabajando.
No sé cuánto dormí, solo sé que desperté con el ruido de mi celular. Miro la pantalla con un ojo abierto y el otro cerrado. Tenía más de veinte mensajes del señor Sokalov. Dilanis entra a mi habitación.
—Fabi, el almuerzo está listo. – Caigo sentada de una.
—¿Qué? —grito— Pero porque no me despertaron. — se encoge de hombros.
—Como siempre duermes así— va a salir de mi habitación, pero se detiene. – Ah, lo olvidaba. Te llamó Sophia dijo que viene más tarde. –Ahora si sale de mi habitación.
Me levanto de la cama y comienzo a patear la ropa que está en el piso.
—Señorcito estás cosas solo me pasan a mí. Tengo un jefe que no duerme y ahora estoy más que tarde. ¿No podrías ponerme un jefecito menos exigente? Ese hombre me debe querer matar.
Miro mi teléfono y no quiero contestar. Tengo miedo de abrir los mensajes y me está botando, sería la burla de todos en la casa, ni veinticuatro horas contratada. Eso es injusto. Pongo a cargar mi computadora en lo que me doy un baño. Me arreglo para comenzar a trabajar. Lo primero que debo hacer es organizar mi sitio de trabajo. Si hasta la mesa donde va la laptop está hecha un desastre.
Entro en modo misis limpieza, pongo música para recoger mi habitación lo más rápido que puedo. Debo terminar pronto para volver a retomar las mendigas cartas. No me había dado cuenta del desastre que tenía. Encontré la camisa que había tomado prestada a Rosario hace un mes. Limpio mi armario, mi cama, doblo ropa, limpio las mesas. Siento que me falta algo, miro a todos lados. Acomodo todo, al fin tengo un escritorio para poder poner la laptop. Me siento orgullosa de todo lo logrado.
Recuerdo que debía revisar mi celular y ahora si puedo responder los mensajes de mi jefazo. Tomo mi celular, hay solo dos mensajes en mi w******p. Uno de Sophia mi mejor amiga y otro del señor Sokalov.
Abrir primero al de Sophi, las buenas noticias primero. Ya saben, por eso de ver la luz al final del túnel.
“Este fin de semana hay fiesta de pijamás, prepárate que voy a ir con todo el arsenal.”
Le contesto
“Estoy ansiosa, ya es hora de que me divierta un rato”.
Abro al fin el mensaje de mi jefecito.
“Señora Hernández, tiene hasta el dominio a las doce de la medianoche para enviar todo lo que le estoy enviando en este momento”.
Suelto él celular, el diablo lo ha poseído. Jesús Santísimo –Me persigno— este hombre no me va a dejar disfrutar mi fin de semana. Me acerco con cuidado, va y me aparece de frente, ese aparato de seguro está poseído. Debo echarle agua bendita antes de tocarlo. Mejor me voy a poner a trabajar.
Para: Mi jefazo
“No puedo terminar todo antes”.
De: Mi jefazo
“¡Está advertencia!”
¿Estoy advertencia? ¿Cuál advertencia? ¡Ay no! Este hombre me va a volver loca.
Me senté frente a la computadora, tengo que terminar todo antes que Sophi llegue. Abrí los correos y por poco me arranco los pelos. —¡Diez! – grito y se me aguan los ojos, tenía diez cartas para traducir y un presupuesto para archivar. Deje la música a todo volumen, voy a necesitar mucha paciencia para terminar esto antes que llegue Sophi…
—¡Fabiiii! – la escucho gritar entrando a mi cuarto. Doy con mi frente en la mesa. Ahora si estoy múrida.
—Aush, Diosito mejor llévame ya. –Recibo un golpe en la espalda de mi delicadita amigui.
—¿Qué ha pasado aquí? Wow, esto si es un cambio. –La veo mirar toda mi habitación–. Loca, pero porque no me avisaste que tenías deseos de limpiar, yo te venía a buscar para que limpiaras el mío. – la miro espantada.
—Satanás, sal de ese cuerpo. –Vierto agua en mi mano, de esa que tenía sobre la mesa y empecé a rosearla con agua fría–. Chu, chu, chu, aléjate satán, chu. —digo mojándola, no podía estar hablando en serio. La habitación de ella es mucho más grande que la mía y la montaña de ropa también. Al punto de mejor hacer pijamadas en el mío.
—Zángana, ¿qué haces? No me estes mojando. –dice secándose el rostro con las manos.
—Estoy haciéndote un despojo. –Ríe fuerte–. De seguro se te metió un espíritu chocarrero.
—Estás loca Fabiola. —Se tira a mi cama a reír como morsa—. Definitivamente no puedo dejarte cinco días solas, porque te vuelves una paranoica.
—No, es que estoy estresada. Te tengo que contar, siéntate. –Le pido sentándome en la cama con ella.
Ahí estuve toda la tarde contándole sobre mi nuevo trabajo, lo odioso que es mi jefe en línea, lo que me hace trabajar como esclava. Aún el fin de semana. Voy a quejarme, debe haber alguna agencia de maltrato laboral.
Cenamos y en vez de ver una película como estaba planeado Sophia se puso a escribir su historia y yo me puse de esclava a trabajar para el jefazo que ya no es tan aso.
🩷🩷🩷
Me desperté alterada, me duele cada músculo de mi cuerpo. Me había quedado dormida en la silla junto a mi computador, estoy empezando a pensar que está será mi nueva cama si no hago algo pronto. Esto no puede seguir así. Miro a Sophia, duerme plácidamente en el medio de mi cama.
—¿Qué haremos hoy? –pregunta en cuanto despierta estirándose en mi cama.
—Por el momento nada, voy a terminar las cartas, tú si quieres ve con Rosario y Dilanis a otro lado. —contesto enojada, no fue digna de avisarme que me cambiará a la cama. Al menos que me pusiera un pijama.
—Estás amargadas amiguis, busca de Dios, mira que te vas a morir pronto si te mantienes así de amargada. –habla con indignacion levantándose de mi caliente y blanda cama. Blanqueo mis ojos, será exagerada.
Miro mi endemoniado celular y veo que el demonio mayor me envió un mensaje. Le he empezado a tener odio a mi móvil.
Mi jefazo
“Al fin veo que está dando señales de vida, espero tener todo en mi correo en doce horas”.
—¡Queee, doce horas! No, no, no este hombre se está volviendo loco. –grito haciendo que todos entren en mi habitación.
—¿Estás loca niña? Son las siete de la mañana ¿Qué haces gritando? – me regaña mi madre. Me tiro al piso para hacer uno de mis berrinches.
—Mi jefe, no quiere que tenga vida. – chillo— Voy a morir solterona, con mil gatos y un perro. –Me hago la muerta.
—Eres una exagerada mujer. No debe ser tan malo —No puedo creer lo que escucho—. Cambia una que otra palabrita en una carta y listo. –Miro a mi hermana con ganas de matarla.
—Tu mejor cállate. –Me cruzo de brazos–. Soy la única que trabaja como burra, con un demonio por jefe. Nadie me comprende.
Todos me dejan sola, salen de la habitación dejándome tirada en el piso, son unos ingratos. Me levanto y me digno en contestarle al demonio que posee el cuerpo de mi jefe.
Para: Mi jefazo
“No se preocupe los tendrá.”
Ya estoy enojada, que se cree este. Cambio su nombre de "Mi jefazo” a “El demonio". Le voy a demostrar que no soy tan tonta como de seguro piensa. Ese hombre no tiene vida social. De seguro es panzón, calvo y más bajito que yo. Estoy empezando a odiarlo.
Me acomodo en la silla, vuelvo a buscar la carta, está vez abro mi correo hay cinco cartas más. No tendré vida este fin de semana, pero me vengaré, eso lo sé.