—¿Qué le ha pasado a mi Sarita? ¿Por qué no estás defendiéndote o insultándome como solías hacer? ¿Acaso ya me aceptaste? —Ni en tus sueños. —Debo confesarte que he desbloqueado una nueva fantasía. Te ves tan pura e inocente vistiendo este traje blanco, que ya te veo de rodillas, rezándole a tu único santo. —Tu imaginación está bien podrida. —No importa lo que te pongas, siempre me derrites. —Déjame tranquila, estúpido — me escabullí velozmente de sus ataques—. No existe peor castigo que tener que oírte decir esas pendejadas. —Ay, mi Sarita. A ti no te soy tan indiferente. Te has vuelto tan pésima para mentir y disimular. Te pone caliente que te hable así. Esa es tu debilidad. De esa manera es que únicamente llegas al cielo. —Te conviene matarme ahora que puedes, porque en el moment

