—No sé qué pretendes diciéndome todo eso. Mataste a mi padre, aun así, eres capaz de alardear sobre tu cometido. Si creíste que podrías sembrarte de nuevo en mi cabeza y confundirme, pues te lo digo de una; eso no va a pasar. —Y ahí vuelve la Sarita orgullosa. Me temo que tu madre es quien te ha estado confundiendo. Contigo siempre he sido transparente. —No metas a mi madre en esto. —Pues hay que meterla, porque ella te ha estado mintiendo y usándote como si fueras una marioneta. ¿A poco confías en ella? —¿Ahora qué vas a inventar? —¿Nunca te estuvo extraño la razón por la cual me permitieron vivir bajo el mismo techo que tú? ¿Verdaderamente creíste que tu padre tenía un corazón muy noble o que se tomaría tantas molestias con una simple empleada? —¿Qué estás insinuando? —Mi m

