1. El vicario-1

2022 Words
UNO El vicario Archie Matthews estaba sentado en el tren viendo hacia afuera. El paisaje había cambiado del soleado cielo invernal a una espesa niebla grisácea que se acentuaba sobre las colinas como una sábana sucia. Limpió la ventana empañada con la manga de su abrigo de lana y deseó haber traído su termo de té para el viaje. Su bolsa con emparedados de queso y pepinillos permanecía intacta sobre la mesa frente a él, mientras el pasajero al otro lado la veía con interés. Archie la empujó con un dedo. ―Adelante ―dijo con un suspiro―. Nos los comeré. El hombre solo tardó un segundo antes de remover el plástico y morder con ansías el pan blando. Archie sacudió la cabeza y regresó su mirada al paisaje. Podía ver espacios llenos de vida, pequeños pueblos, campos ovejeros, granjas lecheras, pero ningún rastro aún del ocupado pueblo minero a donde iba. El resonar del tren en movimiento le causaba nauseas, por lo que sacó una menta de su bolsillo y la metió en su boca antes de que alguien pudiera notarlo. Solo faltaba media hora para llegar a su destino. No se regocijó con esta idea para nada; de hecho, esta le causó una sensación de miedo en su interior, la cual le resultaba extrañamente familiar. Cuando el tren se detuvo con una sacudida, Archie se inclinó para revisar que el nombre en el letrero de la plataforma era el mismo que estaba en la carta que había recibido, por desgracia lo era. Se encaminó hacia el portaequipaje y, con un rápido movimiento, removió sus pesadas maletas de donde las había dejado por las últimas horas. Su espalda dolía, una punzada constante que nunca desaparecía, pero el orgullo no le permitía mostrar su dolor en el rostro para los demás pasajeros. Un mozo con un traje formal abrió la puerta del carrito, y Archie se bajó a la acera y miró alrededor. La estación era lo bastante agradable, había una cafetería, una oficina de tiquetes abierta, una sala de espera, lavabos y una oficina de equipaje perdido, todas las instalaciones que un viajero moderno podía necesitar. Volvió a ver el nombre del pueblo, claro sobre un letrero en blanco y n***o, colgado contra una pared de ladrillo rojo de la estación. Fue entonces cuando lo notó por primera vez. Polvo de carbón. ―¿Reverendo Matthews? ―llamó una voz―. Vine a buscarlo. Archie se giró, tocó su cuello de clérigo por hábito y se preguntó por cuánto tiempo permanecería blanco en este n***o y carbonoso pueblo. Un hombre alto y delgado con una pesada chaqueta y un sombrero plano se encaminó hacia él, con una sonrisa como si supiera alguna broma secreta. Llevaba una gruesa bufanda marrón apretada alrededor del cuello, la cual le daba la apariencia de tener un cuello dos veces más largo de lo normal. Parecía tener unos cincuenta y cinco años, mientras fumaba un cigarrillo. ―Martin Fry ―anunció―. Un placer conocerlo, vicario. Archie dejó una maleta sobre el suelo de la plataforma con cuidado y le ofreció su mano. ―Hola, señor Fry. ―Oh, llámeme Martin, por favor. ―El hombre rio, tomó la agarradera de la maleta y la levantó―. Vaya, ¿qué tiene aquí, un fregadero? Archie abrió la boca para hablar, pero parecía como si el Sr. Fry no estuviera esperando una respuesta a su pregunta, ya que ya había empezado a alejarse, sus largos brazos causaban que la maleta rozara el suelo. ―Ahí está el coche, vicario, vamos. Archie aceleró sus pasos y siguió al jovial hombre hacia el estacionamiento, donde había varios vehículos en fila junto a una cerca. Tosió cuando inhaló la primera bocanada de polvo de carbón, lo que causó que se detuviera por unos segundos. Su interior ardió de una forma que nunca había experimentado antes. ―Ja, se acostumbrará pronto ―anunció Martin Fry, mientras abría el maletero de un Ford Cortina verde brillante con un techo de vinil n***o―. Deje su maleta aquí. Archie hizo lo que le dijo y esperó a que su compañero abriera la puerta del pasajero. En cuanto se subió, no pudo evitar notar lo limpio que estaba el interior. El tablero, los controles, las alfombras y los asientos traseros estaban inmaculados. Había un olor a cera para muebles y el vicario se preguntó si Martin Fry era tan fastidioso sobre su hogar como sobre su carro. ―Bien, entonces, vamos a llevarlo a la vicaría. ―El Sr. Fry sonrió―. Liz le llenó la alacena y está preparando el almuerzo mientras hablamos. ―¿Liz? ―inquirió Archie, preguntándose por qué había alguien en su nuevo hogar. ―Mi esposa, Liz ―aclaró Martin―. Mi mujer es su ama de llaves. ―¿Tengo una ama de llaves? ―Vaya, ¿el obispo suyo no le dijo nada? ―Fue la respuesta. Mientras el carro aceleraba por el pueblo, Archie Matthews se aferró al borde de su asiento. No quería decirle nada al conductor, pero en secreto tenía miedo por su vida. Cuando se detuvieron de golpe frente a un grupo de semáforos, el alto hombre a su lado se giró para continuar la conversación. ―Entonces, ¿desde dónde tuvo que venir? Era una pregunta directa, una que incomodaba al vicario, pero apretó sus labios en busca de una respuesta. ―Cuatro horas ―replicó―. Desde el norte. Martin Fry asintió, intentando mantener su atención en la luz color ámbar mientras observaba el sólido cuerpo de Archie. ―Es un buen lugar para vivir ―declaró―. Está lleno de personas honestas y trabajadoras. ―Eso es prometedor ―contestó Archie, mirando a los pueblerinos recorrer las calles mientras estaba inmóvil frente a las luces―. ¿Y todos los residentes van a la iglesia? Martin Fry cambió la marcha en cuanto la luz verde empezó a brillar con una amplia sonrisa en su rostro. ―Eso diría yo ―estableció con una risa―. Estará bastante ocupado, sin duda. Archie no sabía qué decir después de eso, por lo que se recostó contra su asiento, permitiendo que su escolta se encargara de la conversación, papel con el que parecía feliz. Martin Fry era un hombre hospitalario e indicaba los principales lugares de interés mientras conducía su automóvil por las ocupadas calles. Aunque la información era útil, Archie se concentró en cómo llegar a su destino, donde esperaba poder conseguir un baño caliente, luego de identificar el consultorio del médico, la biblioteca, el supermercado y el parque. Pensó con remordimiento en su último hogar, una pequeña y moderna vicaría con todas las necesidades, donde había logrado vivir con comodidad en silencioso aislamiento. Esperaba que su nueva residencia presentara todas las comodidades. Aceleraron frente a una amplia entrada, donde los enormes ejes de una mina de carbón permanecían fríos e inmóviles. ―¿Ve la cumbre de esa colina, ahí arriba? ―preguntó Martin Fry, sacando al vicario de sus pensamientos―. Bueno, vamos hacia ahí. Archie podía ver la aguja de la iglesia y la extensión del cementerio más allá. Se veía espeluznante. ―Claro ―logró balbucear―. Parece un edificio bastante grande. Mientras se acercaban a la iglesia, el vicario quedó aturdido por la grandeza del lugar. Era obvio que era normando, pensó, con una torre rectangular y gárgolas decorando cada esquina del edificio principal. Había dos entradas, notó, mientras conducían frente a la entrada principal y giraban por un camino lateral para revelar una más pequeña rodeada por tejos. ―Llegamos ―anunció Martin Fry, interrumpiendo los pensamientos del clérigo―. Bienvenido a su nuevo hogar, vicario. Archie estaba tan ocupado asimilando la iglesia y el terreno que no había notado otro par de puertas de madera al lado opuesto del camino. Al otro lado, mientras el Sr. Fry maniobrara el auto hacia el camino de grava, un enorme edificio de piedra apareció a la vista. Él pudo ver por la expresión en el rostro del vicario que esto no era lo que estaba esperando. ―Yo llevaré sus maletas mientras revisa el lugar ―ofreció, dejando a Archie para que se bajara del carro y se dirigiera al capó por cuenta propia, donde se quedó observando maravillado por un rato. La vicaría era enorme, con al menos siete dormitorios, tal vez más, y según la cantidad de ventanas en el frente de la casa, Archie supo que andaría desconcertado por el interior como un huérfano abandonado. Bajó su mirada a sus manos desnudas, las cuales empezaban a tornarse azules. ―Se va a morir ahí afuera, vicario ―llamó una voz de mujer desde la puerta de entrada―. Venga adentro. Archie Matthews obedeció y se puso en marcha sobre las crujientes rocas hasta llegar a la puerta de paneles oscuros. Seguía preguntándose qué hacía aquí, en este lugar, con estas personas. ―Es un placer conocerlo, Reverendo Matthews ―exclamó la mujer―. Soy Elizabeth Fry. ―Hola, señora Fry ―replicó Archie―, no sabía que el Obispo había conseguido, ah, ayuda. La mujer resopló como si estuviera lista para encargarse de la situación y explicó lo que hacía con rapidez. ―Llevo aquí treinta años ―empezó―. Limpié, cociné y lavé para los últimos dos vicarios, sin quejarme. Estaré aquí de nueve a cuatro, todos los días, excepto los domingos, claro. Necesito la tarde del sábado libre cada dos semanas para visitar a mi hermana, pero estoy segura de que eso no será un problema, ¿cierto, Reverendo? Archie negó con la cabeza y entró. ―No, no será ningún problema, señora Fry. El pasillo de entrada era tan increíble como el exterior del edificio. Un suelo de parqué se extendía por toda la estancia, con un largo corredor que llevaba a la izquierda, mientras que a la derecha había una escalera de roble que desaparecía el piso superior hacia las numerosas habitaciones arriba. Archie inhaló. ―¿Y dónde vive, señora Fry? ―En la cabaña al otro lado ―replicó, señalando hacia la derecha mientras cerraba la pesada puerta―. No estamos lejos por si llega a necesitar algo. Archie soltó un suspiro de alivio, uno que debió ser visible para su nueva ama de llaves cuando sus hombros descendieron varios centímetros y su rojo se sonrojó. No era la proximidad de la casa de la pareja lo que lo reconfortó, sino la satisfacción de saber que podía pasar las noches solo, lejos del centro de atención. Entre más solitaria fuera su existencia, mejor sería, pensó Archie. La Sra. Fry lo estaba guiando por el corredor, mientras abría puertas y le mostraba cada habitación. Hubo un golpe arriba, lo cual causó que el vicario levantara la mirada, pero luego recapacitó que era Martin con sus maletas. Al final del pasillo, el ama de llaves giró hacia la izquierda, revelando una brillante cocina moderna, amueblada con unidades blancas de Formica y una amplia estufa Aga negra. En el centro había una larga isla, la cual generaba una sensación de comodidad. En la mesa estaban los periódicos diarios y un pichel con ramas de rosa mosqueta. Archie se quitó su chaqueta, sintiendo la humedad que se había acumulado por la niebla, y la dejó sobre el respaldar de una silla junto a la estufa para que se secara. Por primera vez estaba en una habitación lo suficientemente brillante como para ver a la Sra. Fry. ―Déjeme prepararle una taza de té ―decía la Sra. Fry, moviendo tazas y llenando la tetera―. Nos vamos a entretener tanto conociéndonos. ―Mmm, en efecto ―farfulló Archie mientras la veía moverse por la cocina―. Un té sería agradable. Podía ver que Elizabeth Fry parecía tener la misma edad que su esposo, entre los cincuenta y los cincuenta y cinco supuso, lo cual era parecido a su propia edad. Solo era unos centímetros más baja que él, una mujer alta con una figura definida. Era obvio que los años habían sido generosos con el ama de llaves, ya que solo tenía unas pocas líneas en su rostro, aunque era probable que los años horneando habían agregado centímetros a su cintura. Usaba ajustados pantalones de poliéster marrón que se acampanaban un poco en el dobladillo y combinaban a la perfección con un chaleco tejido, por debajo usaba un abrigo color crema con cuello polo. Archie se preguntó si los Fry tenían hijos, pero fue un pensamiento pasajero, no quería preguntar y de verdad no le interesaba. ―¿Azúcar y leche, Reverendo Matthews? Negó con la cabeza. ―Solo una gota de leche, por favor, señora Fry. Gracias. Archie empezó a notar qué tan cansado estaba por su largo viaje y movió una silla para sentarse. Lo que más quería era estar solo. ―Sabe, puedo cuidar de mí mismo por lo que resta del día ―dijo con lentitud mientras reprimía un bostezo―. Si necesita ir a casa, por favor hágalo, señora Fry.
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