6. Este león sabe lo que quiere.
El trabajo se me hace aun más ligero, cientos de contratos que revisar lo acabo en un tiempo récord, otros documentos sobre impuestos y ganancias, mucho más tediosos los reviso en un santiamén. Mi secretaria Lucinda está que salta de alegría.
—Estos son para la siguiente semana —me dice al ver que ya casi he terminado con lo mío.
—Bien, aun tengo tiempo, los reviso ahora.
—Como diga.
Por su cara sé que se pregunta qué rayos me pasa, la emoción en mi, aun es una novedad para ella, pero Lucinda no sabe que todo se me vuelve ligero porque sé que tengo una gran recompensa al finalizar el día. Todo se me vuelve sencillo al pensar en ese momento.
Pero aun falta el plato pesado e indigerible del día.
Miro el reloj de platinum en mi brazo, que cuesta tres veces el sueldo de un político.
Aun cuento con media hora. Me dedico a terminar de leer y firmar esos papeles.
Me voy a la reunión en el piso veintidós.
Mi padre; un tipo con el pelo platinado, aspecto de erudito y mirada amistosa, llega, como siempre puntual. Luego de los saludos y preguntas de rigor:
—¿Qué está pasado contigo? —me pregunta de frente, bien trajeado y con el pelo engominado—. Llegas antes que yo a la reunión y luces paradójicamente... ameno.
Se nota que le impacta mi buen ánimo y también que espera que le comente lo que me ocurre, pero no abro la boca. A él menos que nadie puedo confiarle que Stella ha vuelto a mi vida, si lo hiciera arruinaría mi plan de que la contrate como cara oficial de Belladonna.
Ante mi silencio, mi padre, Arthur Sullivan se da por vencido.
—Me han comentado que terminaste todo el trabajo que llevas atrasado en un solo día. Te felicito, sea lo que sea que te pasa, es bueno, si afecta de esta manera tu desempeño, lo aplaudo —me da una palmada en el hombro. Eso no lo hacia desde que me gradué de la carrera y no me lo esperaba. Es la máxima expresión de afecto que recibía de él, claro, sin contar las enormes sumas de dinero que depositaba cada mes en mis cuentas. Si me preguntas, yo abría preferido pasar unas horas con él a la semana, a cambio.
Desde la muerte de mamá dejamos de ser cercanos, él se encerró en el trabajo y a mi me dejaba
con mi nana Chelito.
Max, y los encargados de otras áreas llegan unos dos minutos después.
Max se sienta a mi lado y me mira.
—Te ves radiante como una novia en el día de su boda —comenta con ganas de provocarme y, yo, a modo de respuesta le enseño el tercer dedo, con el gesto de f**k you.
—No exageres. No sé de qué hablas —añado, haciéndome al que no le entiendo.
Max sabe que miento.
—Ya, no te hagas al distraído —me mira con cara de policía en medio de una interrogación—. O tuviste sexo y del bueno, o te propusieron matrimonio, yo voto por la primera opción. ¿Y?
A modo de respuesta sonrío y él entiende el mensaje.
—Después de esto, quedamos entre todos ir al pub nuevo por unas cervezas, allá quiero que me lo cuentes con lujo de detalles.
—Hoy no puedo.
—Hoy no acepto un no —me da un codazo—. Debemos festejar.
—¿Festejar qué?
—Estas a punto de enterarte.
—Ya dime —insisto.
Max me sonríe, tal y como yo lo hice antes.
—Mierda, Max, eres cruel —le digo.
La reunión quincenal transcurre como de costumbre y tras una larga charla al finalizar mi padre da un aviso:
—Y para terminar quiero que sepan que tras un largo debate con el equipo de publicidad, sobre quien debería ser la cara de Belladonna, he pensado que seria bueno hacerles participar en la elección a todos ustedes.
Bien. Tienen hasta este viernes para preguntarle a sus almohadas si Silvia Loussa o Stella Bonyorck debe representarnos ante el mundo. ¿Entienden? Quien elijan será la cara de Belladonna por los próximos doce meses.
La reunión finaliza dos horas antes de lo previsto. Con Max y los demás encargados nos dirigimos al Optimun, un pub nuevo que queda cerca. El ambiente es agradable, hay mujeres para todo gusto. Max va por una rubia alta y los demás por las amigas de esta.
—¿Y tu te quedarás con las sobras que dejan los otros leones? —Max se burla de mi.
—Lo que pasa es que este león sabe lo que quiere —digo señalándome a mi mismo—, y lo que quiero no lo encuentro aquí.
—Allá tu —dice y se besa con la rubia. Yo bebo relajado, mirando a todos disfrutar o de al menos tratar de hacerlo, pero yo, yo solo puedo pensar en Stella.
Max regresa a la mesa, tras perderse unos buenos minutos con la rubia en uno de los privados.
—¿Dijiste que íbamos a festejar? —le digo, trayendo el asunto a la mesa. Max cambia de cara.
—Que se vaya a votación es un triunfo para mi —levanta los hombros, justificándose—. La cosa se puso intensa cuando Samuel Jeferson le planteó a tu padre que una cara nueva como la de Stella no representa los años de trayectoria que Belladonna tiene en el mercado. Él quiere a toda costa a Silvia Loussa.
Tomo mi copa y bebo, trato de mantenerme optimista sobre este asunto.
—Bueno, al menos solo debo encargarme de convencer a Lorens y a Charles de votar a favor de Stella —le digo por último—. Porque ya tengo tu apoyo, ¿no es cierto Max?
—Eso ni se pregunta, oye Sebastian, solo quiero que sepas que si yo estuviera en tus calzados, mantendría a mi chica, lejos del mundillo de Belladonna.
Sé por qué dice eso, pero me tiene sin cuidado, sé que de esta manera voy a tenerla cerca, ansío que llegue ese día.
—No te preocupes, sabré lidiar con él, llegado el momento —respondo, y miro la hora en mi reloj—. Ya es hora. Me tengo que ir.