30. ¿Por qué no? —No te dejaré ir, aún —le digo mirándola a los ojos. —¿Y eso por qué? —Su rostro cambia y ahora me mira como una chiquilina inocente, que no tiene nada que ver con la tremenda mujer con la que estaba a nada de tener sexo. Quería jugar sádicamente con ella, ya que está aquí, pero ahora, al verla así, las ganas se me han ido. —¿Tienes encendedor? —le pregunto, ya desinteresado por darle un susto —Sí —saca uno descartable de su chaqueta y me lo cede. —Gracias —enciendo mi maldigo cigarro y aspiro con ganas y luego la miro—. Ya te puedes marchar. Luhana. Ella me mira como si esperase algo de mí. —¿Qué pasa? ¿No querias marcharte? Adelante, sabes dónde queda la puerta. O es difícil de dar con ella. La tienes a unos pasos, ¿no? —Me gusta como dices mi nombre. Le guiño.

