PRÓLOGO
Hay dos formas de ver el tiempo: como algo que pasa, o como algo que se puede medir, controlar y usar a favor.
Para la mayoría, un segundo es solo un parpadeo. Para Sofía, son milisegundos que se suman, que dejan huella, que cuentan. Un gesto, una palabra, una mirada: todo tiene un significado si se sabe observar. Y ella aprendió a observar mucho antes de saber que existía alguien llamado Mateo.
Empezó con cosas pequeñas: recordar el horario exacto del autobús, el número de escalones hasta el aula, la temperatura precisa del agua para que no estuviera ni muy fría ni muy caliente. El orden le daba seguridad; saber qué pasaría después le quitaba el miedo a lo inesperado. Pero todo cambió el día que vio a Mateo por primera vez.
Fue hace seis meses, en la misma facultad, en un pasillo lleno de gente que corría de un lado a otro. Él se había detenido a recoger unos libros que se le cayeron, y por un instante el ruido desapareció. Sofía no supo explicarlo, pero algo en su mente hizo clic: Esto es lo que quiero. No fue un enamoramiento impulsivo, ni una simple atracción. Fue una decisión.
Porque Sofía no se conforma con esperar que las cosas pasen. Si algo le pertenece, o debe pertenecerle, ella construye el camino para que sea así. Primero fue el nombre, luego el horario de clases, luego cada detalle: qué música escuchaba, qué colores prefería, cuándo dormía, qué gesto hacía cuando estaba aburrido. Todo anotado, todo clasificado, todo guardado en su memoria y en su cuaderno secreto.
Algunos dicen que el amor es impredecible. Sofía sabe que no es verdad. Si se tiene paciencia, si se estudia bien el terreno y se actúa en el momento exacto, cualquier persona puede estar donde uno quiere. Solo hay que tener cuidado de no apresurarse. Las prisas rompen los planes.
Hoy, el plan avanza. El primer paso está dado. Y cuando el plan es perfecto, el resultado es inevitable.