Dos años habían transcurrido desde aquella despedida que marcó su alma. Sofía, aunque el tiempo había pasado, seguía sin lograr sanar aquella herida profunda que llevaba grabada en el pecho. Veía el mundo con ojos distintos, apagados, muy lejanos a aquella mirada llena de esperanza que tenía antes, cuando cada uno de sus pensamientos giraba única y exclusivamente en torno a Mateo. El amor la había guiado por un sendero tan difícil y solitario que parecía imposible recorrerlo sin ayuda; aquel dolor punzante no cedía, y en los momentos más oscuros de su desesperación llegó a convencerse de que la única forma de dejar de sufrir para siempre era apagando su propia existencia. —Hola, Sofi, ¿cómo has estado todo este tiempo? —le dijo Camila con voz amable—. Qué bueno que logramos no perder el c
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