CAPITULO 5 : coincidencias calculadas.

1478 Words
12 de mayo, 11:30 a.m. – 13 de mayo, 7:45 a.m. Sofía no se fue directamente a casa. Caminó despacio por las calles aledañas a la universidad, bajo el sol que ya empezaba a apretar con la fuerza típica de Barranquilla. Cada paso que daba era una confirmación: el plan avanzaba exactamente como lo había previsto. Mateo llevaba la pulsera en su bolsillo, y con ella, la semilla de la duda y la curiosidad que ella había sembrado con tanto cuidado. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con llave, corrió las cortinas para que solo entrara una luz tenue y se sentó frente a su escritorio. Allí estaba el cuaderno n***o, esperando. Lo abrió y, con su tinta roja habitual, continuó el registro: 12 de mayo, 11:32 a.m. Finalizado el encuentro. El sujeto guardó el accesorio. Lo considera “algo especial”, descartó la posibilidad de que pertenezca a Camila. Mencionó el diseño de la brújula como algo que le llama la atención. Observación: su mano derecha se deslizó hacia el bolsillo en siete ocasiones durante los veintisiete minutos que duró la conversación. El objeto ya no es solo algo encontrado; se ha convertido en una incógnita que ocupa su pensamiento. Fase 2: consolidación. Objetivo: hacer que las “coincidencias” se vuelvan constantes, hasta que dejen de parecer casuales. Cerró el cuaderno y lo guardó en el cajón, asegurándolo con una pequeña cerradura. Luego encendió su computadora. Tenía trabajo por hacer. Sabía que para que la siguiente etapa funcionara, necesitaba información fresca, detalles que hicieran que cada encuentro pareciera obra del destino, no de una planificación minuciosa. Revisó sus fuentes: el perfil de i********: de Mateo, aunque no publicaba mucho, seguía activo. Sus historias, las de sus amigos, los grupos de la facultad, incluso los comentarios en las publicaciones de la página deportiva de la universidad. Allí encontró lo que buscaba: esa tarde, a las 4:00 p.m., habría un partido amistoso en la cancha trasera del campus. Mateo participaba, como hacía todos los martes y miércoles cuando no tenía clases adicionales. Sofía sonrió. Esa era la primera coincidencia. 12 de mayo, 3:50 p.m. Llegó a la cancha con suficiente antelación, pero sin llamar demasiado la atención. Se sentó en uno de los bancos de madera, un poco apartada del grupo principal de espectadores, pero con una visión perfecta del campo. Llevaba un libro abierto sobre las rodillas, fingiendo leer, pero sus ojos no se apartaban de Mateo. Jugaba con la camiseta gris que usaba habitualmente, el cabello pegado a la frente por el sudor, moviéndose con agilidad. Sofía conocía cada uno de sus gestos: cómo fruncía el ceño cuando se concentraba, cómo respiraba hondo antes de patear, cómo se pasaba la mano por la nuca cuando algo no salía bien. Señal 1, pensó. Siempre la misma. El partido transcurrió rápido. Cuando el reloj marcó las 4:45, terminó con un empate. Los jugadores se agruparon, charlando y riendo, buscando sus botellas de agua. Mateo se alejó un poco del grupo, buscando su mochila que había dejado justo cerca del banco donde estaba Sofía. Ella esperó hasta que él estuvo lo suficientemente cerca, como si recién lo hubiera notado. Levantó la vista, sorprendida, y cerró el libro con suavidad. —¿Mateo? Hola, no sabía que jugabas por aquí. Él se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo. Se mostró sorprendido, pero agradable. —¡Hola, Sofía! Sí, vengo casi todos los días. ¿Tú por aquí? ¿Estudiando? —Sí —respondió ella, señalando el libro—. Necesitaba aire fresco, la biblioteca estaba muy ruidosa. No esperaba encontrar a nadie conocido. Mateo asintió, y entonces su mano derecha se deslizó instintivamente hacia el bolsillo del pantalón corto. Sofía lo vio. El gesto era inconsciente, pero revelador: todavía pensaba en la pulsera. —Bueno, qué coincidencia —dijo él, con una sonrisa—. Oye, gracias otra vez por lo de hoy en el café. Me sirvió mucho despejarme un poco. —No hay de qué —respondió ella, devolviéndole la sonrisa—. ¿Jugaste bien? Vi que te movías bastante rápido. Mateo se rió, un sonido relajado y sincero. —Intentándolo. A veces salen mejor las cosas que otras. Mientras hablaban, Sofía notó que él miraba de reojo el libro que tenía en la mano. Era una edición de El Principito. Recordaba que él había mencionado una vez, en una conversación con un amigo grabada accidentalmente por el micrófono de su celular, que era uno de sus libros favoritos. —¿Te gusta? —preguntó ella, levantándolo un poco. —Sí, es un clásico. Hace años que no lo leo —admitió él. —Es muy bonito. A veces uno vuelve a ellos y encuentra cosas nuevas —dijo ella, y luego, como si acabara de tener una idea—. Oye, si quieres te lo presto. Ya lo terminé y está en perfecto estado. Mateo dudó un segundo, pero la oferta le pareció amable. —¿De verdad? No quiero causarte molestias. —Ninguna. Mañana lo traigo a clase, si quieres. —Claro, gracias. Eres muy amable. Se despidieron poco después. Mateo se fue hacia los vestuarios, y Sofía se quedó sentada unos minutos más. Había sido un encuentro breve, natural, sin presiones. Dos coincidencias en el mismo día: el café y el encuentro en la cancha. El libro era el siguiente lazo. Al llegar a casa esa noche, antes de dormir, revisó las redes una última vez. Camila había subido una historia: una foto de ella misma en la biblioteca, con el texto Estudiando para el parcial de Cálculo… sola. Sofía la miró con indiferencia. Camila jugaba a la competencia de forma torpe, dejando ver demasiado. Sofía prefería la sombra, la paciencia, la construcción lenta pero segura. 13 de mayo, 7:30 a.m. Llegó a la universidad antes de lo habitual. El pasillo estaba casi vacío, solo se escuchaba el eco de algunos pasos lejanos y el zumbido constante de las luces. Se detuvo frente al casillero 214. Lo abrió con su llave. Todo seguía en su lugar: el perfil detallado, las fotografías, el frasco vacío etiquetado como Muestra 1. Lo observó un momento. Pronto, pensó, pronto ese frasco dejará de estar vacío. Cerró la puerta y caminó hacia el aula 304. A las 7:55, cinco minutos antes de que entrara el profesor, Mateo llegó. Traía el cabello todavía húmedo, una mochila nueva que Sofía no había visto antes y, aunque no se notaba a simple vista, ella sabía que bajo su ropa, en el bolsillo interior de su chaqueta, seguía guardando la pulsera. Se acercó a Sofía, que ya estaba en su asiento. —Buenos días. ¿Trajiste el libro? —preguntó con una sonrisa amable. —Claro —respondió ella, sacándolo con cuidado de su mochila—. Aquí está. Cuídalo mucho, ¿vale? Mateo lo tomó con ambas manos, como si fuera algo valioso. —Por supuesto. Te lo devuelvo en cuanto lo termine. Justo en ese instante, algo cayó del bolsillo de su chaqueta al deslizar el libro. Un objeto pequeño y rojo golpeó el suelo con un sonido leve. Mateo se agachó rápidamente, pero Sofía fue más ágil. Lo recogió antes que él. Lo sostuvo entre sus dedos por un segundo: el hilo rojo, la brújula metálica. —¿Es la pulsera que encontraste? —preguntó ella, con fingida inocencia. Mateo se puso un poco nervioso, tomándola de nuevo con prisa y guardándola en un bolsillo más seguro. —Sí… se me olvidó que la traía conmigo. No sé por qué, pero no me sentí cómodo dejándola en casa. Sofía inclinó la cabeza, mirándolo con una expresión suave, casi comprensiva. —Es raro, a veces los objetos que no tienen dueño parecen buscar a alguien, ¿no crees? Mateo la miró fijamente por un momento, como si sus palabras hubieran tocado algo en su interior. Asintió lentamente. —Sí… a veces lo parece. El profesor entró en ese momento, rompiendo el momento. Ambos se sentaron. Pero Sofía, mientras abría su cuaderno para fingir que tomaba apuntes, sonreía por dentro. La pulsera ya no era solo un objeto perdido. Se había convertido en algo que él sentía la necesidad de llevar consigo. Y con cada encuentro, con cada detalle compartido, la línea entre la casualidad y el destino se iba desdibujando cada vez más. Para Mateo, todo parecía encajar de forma extraña y agradable. Para Sofía, cada pieza caía exactamente donde ella la había colocado. Esa noche, en su cuaderno n***o, escribió: 13 de mayo, 8:10 a.m. Incidente con el accesorio. El sujeto lo lleva consigo en todo momento. Lo percibe como algo que debe proteger. Entregado el libro. Nuevo vínculo establecido. La sensación de “destino” empieza a instalarse. Fase 2 en progreso. Todo sigue según lo planeado. No hay errores. Solo avance.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD