El reloj de la facultad marcaba 9:07 cuando Sofía entró al aula 304. Siempre entraba 8 minutos antes. Ocho minutos para revisar. Ocho minutos para asegurarse de que nada estuviera fuera de lugar.
Primero: su asiento. Tercera fila, ventana, columna izquierda. Desde ahí se veía su perfil completo sin girar la cabeza. Nadie más se sentaba ahí los martes y jueves. Ella se encargó de eso hace meses. Dejaba suéter sobre la silla desde las 7 am. La gente aprendió rápido.
Segundo: él. Mateo. Estaba en la puerta, hablando con Camila de su grupo. Camila se reía demasiado fuerte. Se inclinaba demasiado. Sofía apretó el bolígrafo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Anotó en su mente: 9:07, Camila, risa falsa, 12 segundos.
Mateo no se reía. Solo asentía. Se rascó la nuca dos veces. Señal de que quería irse. Sofía lo sabía. Lo había catalogado todo. Señal 1: se toca la nuca. Señal 2: mira el reloj. Señal 3: da un paso atrás. Con Camila solo llegó a la señal 1.
9:11. Camila se fue. Mateo suspiró. Sofía sonrió sin que nadie la viera.
El profesor llegó a las 9:14. Puntual, como siempre. Mateo caminó directo a su asiento. Cuarta fila, centro. Justo detrás de Sofía. Diagonal perfecta. Ella podía oler su champú cuando se inclinaba para agarrar el lápiz que se le caía. Tres veces por semana. Siempre el mismo lápiz HB. Lo dejaba caer a propósito los jueves. Los martes era casualidad. A ella le gustaban más los jueves.
—Buenos días —dijo el profesor. Nadie contestó fuerte. Mateo murmuró un «buenos días» bajito, como siempre. Sofía repitió esas dos palabras en su cabeza 47 veces esa noche. Tenía un audio grabado desde el celular que dejó «olvidado» en el aula el mes pasado. Grabó 43 minutos de clase. 43 minutos de su voz.
La clase empezó. Cálculo 2. Derivadas. A Sofía no le importaban las derivadas. Le importaba la forma en que Mateo mordía el interior de la mejilla cuando no entendía. Lo hacía ahora mismo. Anotó: 9:22, derivada 3, confusión, mordida mejilla izquierda.
A las 9:30 el profesor puso un ejercicio en la pizarra. Mateo frunció el ceño. Sofía también, pero al revés. Ella ya había resuelto ese ejercicio la noche anterior. Buscó «ejercicios cálculo 2 derivadas Mateo Martínez» y encontró un PDF de su profesor de preuniversitario. Lo estudió. No por ella. Por él.
Levantó la mano.
—Profesor, ¿puedo salir a resolverlo en la pizarra?
El profesor asintió. Mateo giró la cabeza. Sus ojos se cruzaron con los de Sofía por 0,8 segundos. Ella contó. Él sonrió de lado, esa sonrisa que solo le dedicaba cuando alguien le salvaba la nota.
Sofía escribió en la pizarra. Letra impecable. Pasos claros. Se aseguró de que su mano rozara su banca al bajar. No pasó. Mateo se había movido 3 centímetros a la izquierda. Lo anotó mentalmente. Variable nueva. Adaptarse.
—Gracias, Sofía —dijo el profesor.
—De nada —contestó ella. Luego, más bajito, solo para Mateo—: Si quieres te explico después.
Mateo parpadeó.
—¿Ah, sí? Sí, dale. Estoy perdido con este tema.
Victoria. Punto 1 para ella.
El resto de la clase fue ruido de fondo. Sofía fingió tomar apuntes, pero en realidad dibujaba en el margen del cuaderno. La inicial M. Una y otra vez. M con corazón. M con corona. M con esposas. Tachó las esposas. Demasiado pronto.
Sonó el timbre a las 10:45. Caos. Sillas moviéndose. Libretas cerrándose. Mateo se quedó sentado, mirando el ejercicio. Frustrado. Perfecto.
Sofía guardó todo lento. Muy lento. Esperó a que el aula se vaciara. A las 10:48 solo quedaban ellos dos.
Se giró en su silla.
—¿Te quedas?
Mateo levantó la vista. Tenía ojeras. No durmió bien. Ella lo sabía. Publicó una historia a las 3:22 de la madrugada. Una foto del techo. Sofía hizo captura de pantalla en 4 segundos.
—Sí. Si de verdad me puedes explicar —dijo él, pasándose la mano por el pelo. Señal 4: estrés.
Sofía se cambió a su banca. Ahora estaban lado a lado. Su rodilla casi tocaba la de él. Casi. No podía apurarse. Las cosas que se apuran se rompen.
—Es fácil si lo ves así —empezó, dibujando la función. Su hombro rozó el de él. Fingió no notarlo. Él tampoco dijo nada. Respiraba cerca de su oído. Anotó: 10:52, proximidad, no retrocedió.
Veinte minutos explicando. Veinte minutos en los que Mateo la miraba a los ojos cuando ella hablaba. Veinte minutos en los que Sofía memorizó cada peca nueva de su cara. Tenía una más cerca de la sien. No estaba en las fotos de i********: de hace dos meses. Creció. Como ella.
—Wow, ahora sí entiendo —dijo Mateo al final—. Gracias, Sofía. En serio. Me salvaste.
—Para eso están los amigos, ¿no? —dijo ella, con tono casual. La palabra «amigos» le supo a ceniza. Pero había que jugar bien.
Mateo se rió.
—Amigos que saben cálculo, sí. ¿Te debo una?
—Un café estaría bien —soltó ella, sin mirar. Como si nada. Como si no lo hubiera ensayado frente al espejo 19 veces.
Mateo dudó medio segundo. Sofía contó. Un segundo de duda eran tres días de análisis después.
—Dale. ¿Mañana después de clase?
Sí. Sí, sí. Por dentro gritaba. Por fuera solo asintió.
—Mañana a las 11 entonces. En el de la esquina.
—Listo. Eres la mejor, Sofía.
La mejor. No una más. La mejor.
Mateo agarró su mochila y salió. A las 11:03 en punto. Sofía se quedó 5 minutos más. Abrió su cuaderno n***o. El que nadie veía. Escribió con tinta roja:
11 de mayo, 10:52 am. Primera victoria. Rodilla a 2 cm. Aceptó café. Fase 1 completada. Fase 2: que no cancele.
Cerró el cuaderno. Guardó la llave del casillero 214. Adentro había algo para mañana. Una pulsera que «encontró» y que casualmente era del color favorito de él. Lo había dicho una vez, hace 6 meses, en una historia que borró a los 10 minutos. Sofía no olvida.
Salió del aula. En el pasillo se cruzó con Camila. Camila le sonrió. Esa sonrisa falsa, de competidora.
—Hola, Sofí. ¿Viste lo de Mateo? Parece que le costó la clase.
—Un poco —dijo Sofía—. Por suerte yo sí entiendo.
Caminó sin voltear. Camila no iba a ganar. Nadie iba a ganar.
En el baño, frente al espejo, Sofía se arregló el pelo. Se puso el labial que él comentó una vez que le gustaba en otra chica: «El rojo le queda bien a las morenas», dijo. Ella era morena.
Se miró fijamente. Susurró:
—Él es mío.
No era una declaración. Era un hecho. Solo faltaba que Mateo se diera cuenta.
Su teléfono vibró. Mensaje de su mejor amiga: ¿Cómo te fue con Mateo?
Sofía escribió: Bien. Tomaremos café mañana.
Borró. Escribió: Nada, solo clase.
Envió. Nadie podía saber. La obsesión era suya. El plan era suyo. Mateo sería suyo.
Faltaban 23 horas para las 11 am. Tenía mucho que preparar.