11 de mayo, 11:05 a.m. – 11:18 a.m.
El pasillo se vaciaba poco a poco. Pasos apresurados, risas lejanas, el sonido de las puertas de los casilleros cerrándose con fuerza. Sofía se quedó en el baño solo el tiempo suficiente para asegurarse de que su imagen en el espejo fuera la correcta: tranquila, amable, inofensiva. La máscara que todos conocían.
Salió despacio, pero no se detuvo. Sabía que no debía estar ahí cuando él pasara. Solo debía dejar que las cosas fluyeran… o más bien, que siguieran el curso que ella había trazado.
Mateo caminaba distraído. La mochila le colgaba de un solo hombro, la cabeza baja, revisando su celular como si buscara algo que decirle a su hermano. Mentira, pensó Sofía desde la esquina donde se había detenido a observar. Tu hermano está en la playa, tomando el sol. No te espera en ningún consultorio.
Dobló el recodo del pasillo. Ahí estaba el casillero 214.
Mateo pasó de largo al principio, pero algo en su visión periférica lo detuvo. Se giró un poco. La puerta entreabierta, el destello rojo en la penumbra del interior. Se detuvo.
Sofía contó los segundos desde su escondite. Uno… dos… tres…
Él dudó. Miró a ambos lados del pasillo: estaba vacío. Se acercó despacio, como si no fuera su intención curiosear, pero la curiosidad ya lo había atrapado.
Empujó la puerta con dos dedos. El casillero rechinó levemente. Ahí, sobre el estante superior, estaba la pulsera. El hilo rojo brillaba bajo la luz fluorescente, y la pequeña brújula metálica captaba el reflejo.
Mateo la tomó con cuidado. La sostuvo entre sus dedos. La brújula giraba lentamente hasta detenerse, apuntando al norte. A él le gustaba ese detalle. Lo había dicho una vez, sin pensar, y Sofía lo había guardado como un tesoro.
—¿De quién será? —murmuró en voz baja.
La miró por un instante más, indeciso. Podía dejarla ahí, avisar al conserje o simplemente seguir su camino. Pero entonces recordó el mensaje de Sofía, la ayuda con las derivadas, la sonrisa tranquila. ¿Será de ella? se preguntó. El color rojo le quedaba bien. O tal vez de otra chica. Camila usaba accesorios parecidos a veces.
Pero algo le decía que esa pulsera era especial. Se la guardó en el bolsillo del pantalón. No le haría daño tenerla, pensó. Alguien preguntaría por ella tarde o temprano.
Cerró la puerta del casillero y siguió caminando, ahora con un paso más rápido.
Sofía vio todo. No se movió ni un centímetro hasta que los pasos de Mateo se perdieron por la salida principal. Entonces, salió de su esquina y se acercó al casillero. Lo revisó rápido: todo seguía en su lugar. El altar intacto.
Sonrió. Se la llevó. Perfecto.
Ahora él tenía una pieza de ella. O mejor dicho, una pieza que él creía perdida, pero que en realidad era el primer hilo de una red que se iba tejiendo poco a poco.
Volvió a su casa, pero no descansó. Abrió el cuaderno n***o sobre su escritorio. Escribió con tinta roja, letra firme y ordenada:
11 de mayo, 11:12 a.m. Objetivo cumplido. Pulsera recuperada por el sujeto. Guardada en bolsillo derecho. Señal: curiosidad activada. Camila también observó. Factor competencia: en alerta. Ventaja: ella no sabe que es parte del plan.
Cerró el cuaderno y lo guardó en el cajón bajo llave. Luego, tomó su celular. Había una notificación nueva: no era de Mateo, era de Camila. Un mensaje corto: Vi que dejaste algo en el casillero 214? Cuidado con dejar cosas ahí.
Sofía leyó el mensaje y soltó una risa suave, sin alegría. Esa era Camila: siempre queriendo parecer lista, siempre tratando de advertir o marcar territorio.
Escribió la respuesta con calma: No sé de qué hablas. Ese casillero no es mío. ¿Viste algo?
Lo envió. Sabía que Camila no diría más. No quería admitir que había estado espiando.
Minutos después, llegó el mensaje de Mateo. El que ella esperaba.
Oye Sofi, una pregunta. Pasaba por el pasillo y vi una pulsera roja con una brújula en un casillero abierto. ¿Es tuya o sabes de quién puede ser?
Sofía tardó exactamente dos minutos y cuarenta segundos en responder. El tiempo suficiente para parecer que estaba ocupada, no pegada al teléfono.
No es mía. Se ve bonita, ¿no? Quizás es de alguien del curso. ¿La tomaste?
Sí, la guardé por si alguien la busca. Si ves que alguien pregunta, avísame, ¿vale?
Claro. Oye, ¿seguro que mañana puedes lo del café? Si tu hermano sigue mal, no hay problema.
Dejó el mensaje enviado y esperó. Sabía que la mención de su hermano lo pondría nervioso. La mentira siempre pesa.
El celular vibró al instante: No, no, mañana sí seguro. Ya se arregló todo. A las 11 en la esquina, como dijimos.
Sofía guardó el teléfono. Se recostó en la silla y miró al techo.
Mañana a las 11, pensó. Ya tienes la pulsera. Ya estás pensando en ella. Mañana, cuando me veas, vas a recordar que la tienes en tu bolsillo. Y vas a querer saber si es mía. Y cuando te diga que no, te vas a quedar con la duda. Y la duda hace que uno vuelva a mirar.
Se puso de pie y fue a su armario. Ya sabía qué se pondría al día siguiente. Un suéter azul marino, el color que mejor combinaba con sus ojos. Y el labial rojo, por supuesto.
Faltaban 22 horas y 45 minutos. El tiempo corría, pero para Sofía, cada segundo era otro ladrillo en el camino que la llevaría hasta él.
Nada saldría mal. Todo estaba calculado.