CAPITULO 14 : Huellas en las sombras.

780 Words
19 de mayo – 6:45 a.m. a 9:20 p.m. El calor de Barranquilla no da tregua ni siquiera al amanecer; el aire pesa, cargado de sal y humedad, como si el propio cielo estuviera guardando un secreto. Sofía llegó a la facultad con la misma compostura impecable de siempre, pero por dentro su vigilancia ya no era una costumbre: se había convertido en una necesidad constante. Revisó cada rincón antes de entrar a clase, examinó su mochila dos veces y, al cruzar los pasillos, percibía cada mirada como si pudiera esconder una duda. Todo sigue en orden, repetía para sí misma. El depósito está bien cerrado, nadie conoce esa llave, y Mateo habla bien de mí ante todos. Sin embargo, en el extremo opuesto del campus, Camila ya había empezado su trabajo mucho antes de que sonara el primer timbre. No corría, no actuaba con prisa que delatara sus intenciones: se movía con la paciencia de quien sabe que el tiempo es su mejor aliado. Se acercó al pasillo donde la noche anterior había visto desaparecer a Sofía y estudió cada centímetro con detenimiento. Las paredes estaban desgastadas por el tiempo, el suelo de cemento tenía grietas y marcas de años, pero allí, justo frente a la puerta metálica del depósito, había algo que casi nadie notaría: sobre el polvo fino, unas huellas de suela más profundas que el resto, y un leve rasguño en el marco inferior, como si la llave hubiera rozado la pintura al introducirse con prisa. —Te mueves con cuidado —susurró Camila agachándose para mirar más de cerca—, pero nadie deja de marcar el suelo cuando tiene prisa. Tomó una fotografía con su celular, guardó la imagen en una carpeta protegida y luego retrocedió, mezclándose entre los estudiantes que comenzaban a llegar. Sabía que no podía entrar forzando la cerradura: si Sofía notaba que alguien había intentado acceder, movería todo de nuevo y perdería cualquier rastro. Tenía que esperar, observar, y encontrar el momento exacto en que ella misma abriera la puerta. Esa misma tarde, durante el descanso, Mateo buscó a Sofía con una sonrisa relajada. —Todo está saliendo perfecto —le dijo en voz baja—. Nadie hace preguntas extrañas. Ya creen que Camila solo intenta llamar la atención. Sofía le devolvió la sonrisa y apoyó su mano suavemente sobre su brazo. —Gracias por confiar en mí, Mateo. Eso vale más que cualquier prueba. Pronto todo quedará en el olvido. Pero en cuanto él se alejó, esa sonrisa se desvaneció al instante. Al cruzar la mirada por un segundo con Camila desde el otro extremo del patio, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el calor. No era miedo absoluto, era reconocimiento: vio en esos ojos una determinación que no se apagaba con palabras ni descalificaciones. Esa chica no se rinde, pensó Sofía, apretando los puños en los bolsillos. Si sigue mirando, terminará encontrando el agujero en mi armadura. Al caer la noche, cuando las luces del campus se redujeron a unas pocas lámparas tenues, Sofía regresó al depósito. Esta vez revisó dos veces si la zona estaba despejada antes de sacar la llave. Abrió la puerta con cuidado, entró y encendió una pequeña linterna oculta. Allí, detrás de cajas de productos de limpieza y sacos de trapos, sacó su caja metálica para verificar que todo estuviera intacto. Todo parecía igual… hasta que al cerrarla, notó algo mínimo, casi imperceptible: un cabello oscuro y fino adherido a la esquina inferior de la tapa. No era el suyo. Se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas. No había entrado nadie más —o eso creía—, pero esa señal pequeña le gritaba que no estaba sola en este juego. En ese mismo instante, a unos metros de distancia, Camila observaba desde la rendija de una ventana alta, oculta entre las sombras. No había logrado ver el contenido de la caja, pero sí había confirmado lo que necesitaba: Sofía iba allí a esconder algo importante, algo que valía la pena proteger con tanto secreto. Cuando Sofía salió cerrando con doble vuelta de llave, su paso ya no era tan firme como al llegar. Ahora sabía que la sombra que la vigilaba tenía nombre y rostro. Y Camila, por su parte, sostenía en su mente la certeza: ya no buscaba algo perdido… estaba siguiendo el rastro directo hacia la verdad. La noche cerró el campus con una atmósfera cargada: una tenía el control aparente, pero con el nerviosismo de quien siente que el suelo tiembla bajo sus pies; la otra aún no tenía pruebas contundentes, pero ya tenía el camino exacto hacia donde se ocultaba todo.
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