15 de mayo, 9:02 p.m. – 16 de mayo, 8:15 a.m.
El eco de los pasos de Camila se desvaneció por el pasillo, pero Sofía permaneció inmóvil frente al casillero 214. El trozo de papel que había caído estaba de nuevo en su lugar, guardado entre las páginas de la libreta azul, y la puerta metálica cerrada con un giro firme de la llave. No le preocupaba que Camila hubiera visto fragmentos de la verdad; lo que le inquietaba era que hubiera hablado con Mateo. Las palabras, una vez dichas, no se pueden borrar por completo. Pueden quedar flotando, creciendo en silencio, como una semilla que nadie sabe cuándo va a germinar.
Salió de la universidad cuando las luces del pasillo empezaron a parpadear, señal de que el conserje iniciaba la ronda de cierre. Caminó por las calles de Barranquilla, donde el calor nocturno se mezclaba con el olor a mar y a comida de los puestos cercanos. Mientras avanzaba, su mente no se detuvo: repasó cada detalle de la conversación con Camila, cada gesto, cada palabra. Sabía que la amenaza sobre el examen de estadística la mantendría alejada por un tiempo, pero también sabía que el miedo a veces se transforma en rabia, y la rabia hace que la gente tome decisiones imprudentes.
Cuando llegó a su casa, no abrió el cuaderno n***o. En su lugar, encendió su computadora y revisó cada uno de los perfiles que seguía: el de Mateo, el de sus amigos, el de Camila. Nada nuevo. Camila no publicó nada, no habló con nadie en los grupos de la facultad. Estaba callada, demasiado callada. Sofía sabía que ese silencio era peligroso.
16 de mayo, 8:15 a.m.
El sol entraba con fuerza por las ventanas del aula 304 cuando Sofía entró. Llevaba el mismo suéter azul marino de siempre, el cabello recogido con una coleta ordenada, y en su rostro la expresión tranquila y amable que todos conocían. Pero sus ojos buscaron de inmediato a Mateo.
Él ya estaba en su asiento, mirando por la ventana, con el libro que ella le había prestado sobre el pupitre. Al verla llegar, levantó la mano en un saludo, pero Sofía notó algo diferente en él: no tenía la misma relajación de días anteriores. Sus hombros estaban un poco tensos, y su mano derecha se deslizó varias veces hacia el bolsillo donde guardaba la pulsera, como si quisiera asegurarse de que estuviera ahí, pero al mismo tiempo como si algo le molestara.
—Buenos días —dijo ella al acercarse, con su voz suave de siempre.
—Buenos días —respondió él, pero no sonrió como de costumbre.
Sofía se sentó, abrió sus cuadernos y esperó. Sabía que tarde o temprano saldría el tema. No tenía prisa. Dejaría que él fuera quien lo mencionara, para poder medir exactamente cuánto había calado en él lo que Camila le había dicho.
La clase comenzó, pero la atención de Mateo estaba en otra parte. De vez en cuando miraba a Sofía de reojo, y luego desviaba la vista hacia el pizarrón. Cuando sonó el timbre del receso y el aula se vació casi por completo, él se giró hacia ella, con la expresión seria.
—Oye, Sofía… —empezó, dudando un poco—. Ayer Camila me dijo algo. Algo sobre el casillero donde encontré la pulsera.
Sofía levantó la vista lentamente, como si el tema le tomara por sorpresa. Inclinó la cabeza con suavidad.
—¿Ah, sí? ¿Qué te dijo?
—Que ese casillero es tuyo. Que te vio abrirlo. Y que… que hay cosas raras en él.
Mateo se quedó en silencio, esperando una respuesta. Sofía sintió cómo el aire se volvía más denso, pero no se alteró. Se recostó un poco en el respaldo de la silla y habló con naturalidad, como si explicara algo sin importancia.
—El casillero no es mío oficialmente —dijo con calma—. Pero sí lo uso. Es de una prima que estudió aquí hace años. Me dio la llave para guardar cosas cuando necesito espacio. Nadie lo usa, así que no hay problema.
Mateo la miró, intentando encontrar alguna señal de mentira.
—¿Y lo de las cosas raras? ¿Qué hay ahí dentro?
—Libros viejos, cuadernos, cosas que ella dejó. Nada que no pueda ver cualquiera —respondió Sofía, y entonces añadió, con un toque de tristeza en la voz—. Camila me habló ayer también. Se mostró muy agresiva, como si estuviera buscando algo malo donde no lo hay. No sé por qué me tiene tanta desconfianza.
Mateo frunció el ceño. Recordó el tono de Camila, la forma en que hablaba, casi desesperada.
—Dijo que la estás amenazando. Que tienes frascos con cosas extrañas. Que tomaste fotos mías sin que me diera cuenta.
Sofía soltó una risa suave, incredula, y negó con la cabeza.
—¿Fotos? ¿Frascos? Mateo, ¿de verdad crees que yo haría algo así? ¿Por qué iba a hacerlo?
Se inclinó un poco hacia adelante, con los ojos abiertos, sinceros.
—Te ayudo con las materias, te presto libros, te escucho cuando hablas… ¿eso es hacer algo malo? Camila se enojó porque le pedí que no se metiera en asuntos que no le corresponden. Tal vez por eso está inventando historias.
Mateo se rascó la nuca —esa señal que Sofía conocía tan bien— y miró hacia el suelo. Había algo en lo que decía Camila que le hacía ruido, pero también sentía que Sofía tenía razón: todo lo que ella había hecho hasta ahora había sido amable, desinteresado, siempre dispuesta a ayudar. Miró el bulto en su bolsillo, recordó la sensación extraña pero agradable que le producía llevar la pulsera consigo, el libro que le estaba gustando tanto.
—No sé qué pensar —murmuró.
—No tienes que pensar nada —dijo Sofía con suavidad—. Solo tienes que fijarte en los hechos. Camila habla, pero ¿qué prueba tiene de algo? Nada. Yo estoy aquí, hablándote de frente, sin ocultarte nada. ¿Prefieres creerle a alguien que viene con acusaciones sin sentido, o a la persona que ha estado ahí para ti cuando lo necesitabas?
Las palabras de Sofía cayeron como un bálsamo sobre sus dudas. Era verdad: Camila no le había mostrado nada, solo hablaba de cosas que parecían sacadas de una historia de miedo. Sofía estaba ahí, tranquila, abierta, sin nada que esconder.
—Tienes razón —dijo finalmente, soltando un suspiro—. Probablemente está exagerando. Gracias por aclarármelo.
—No hay nada que aclarar —respondió Sofía con una sonrisa dulce—. Solo hay que tener cuidado con las personas que quieren meter cizaña donde no hay nada.
En ese momento, la puerta del aula se abrió. Camila entró. Se detuvo en seco al verlos hablando, y sus ojos se clavaron en Sofía con una mezcla de rabia y desconfianza. Sofía le devolvió la mirada, serena, y luego volvió a mirar a Mateo, ignorando su presencia por completo.
—¿Quieres que repasemos el ejercicio de ayer antes de que entre el profesor? —le preguntó.
Mateo asintió, olvidándose por un momento de la presencia de Camila.
—Sí, por favor.
Camila caminó hasta su asiento en la parte trasera, pero no dejó de observarlos. Sabía que Sofía le había dado la vuelta a la situación, que había sembrado dudas sobre su propia credibilidad. Apretó los puños bajo el pupitre. Sabía la verdad, pero también sabía que sin pruebas, nadie le creería. Y Sofía parecía saberlo muy bien.
Cuando la clase terminó, Mateo se despidió de Sofía y salió con otros compañeros. Camila se acercó despacio, cuando quedaban solas en el aula. Su voz era baja y cargada de resentimiento.
—No vas a ganar. Él se dará cuenta tarde o temprano.
Sofía cerró su cuaderno con calma, sin levantar la vista.
—Tal vez. Pero mientras tanto, tú no tienes nada. Solo palabras. Y las palabras se las lleva el viento.
Salió del aula dejando a Camila detrás, con la sensación de que la batalla apenas comenzaba, pero que por ahora, el terreno seguía siendo suyo.