14 de mayo, 4:02 p.m. – 15 de mayo, 6:50 a.m.
El pasillo quedó en silencio después de que la sombra de Camila desapareció. Sofía no corrió, no gritó, no mostró la menor señal de alarma. Simplemente cerró el candado del casillero 214 con un clic firme y se guardó la llave en el bolsillo interior, junto al pequeño frasco que contenía el aire de la habitación de Mateo.
Caminó despacio hacia la salida, sus pasos haciendo eco en el suelo de cemento. Mientras avanzaba, su mente trabajaba con la frialdad de una máquina. Camila la había visto. Había visto el casillero, sabía que estaba relacionado con la pulsera, y su curiosidad no se detendría ahí. Eso era un error. Un error que tendría que corregirse.
No fue directamente a casa. Se desvió hacia el edificio de administración, donde estaban los tableros de anuncios y las listas de contacto. Allí, entre papeles viejos y avisos desgastados, encontró lo que buscaba: la lista de horarios de limpieza y mantenimiento. Tomó una foto con su celular, sin llamar la atención, y guardó la imagen en la carpeta protegida por contraseña.
Luego revisó las r************* de Camila. No tardó mucho en encontrar lo que necesitaba: una historia publicada esa misma mañana, una foto de ella en la biblioteca con el texto: Estudiando hasta tarde, nadie me molesta aquí. Sofía sonrió con los labios cerrados. La soledad era el escenario perfecto.
14 de mayo, 9:47 p.m.
La universidad estaba casi desierta. Solo las luces de emergencia iluminaban los pasillos con una luz pálida y temblorosa. Sofía llegó vestida con ropa oscura, su cabello recogido bajo una gorra, el rostro parcialmente oculto. Sabía que el conserje hacía su ronda cada dos horas, y que entre las 9:30 y las 10:30 el ala de la biblioteca quedaba sin vigilancia.
Se acercó con sigilo hasta la puerta principal. Estaba entreabierta, tal como Camila había dejado entender. Entró sin hacer ruido. El olor a papel viejo y polvo envolvía el ambiente. Desde el fondo, se escuchaba el suave sonido de páginas pasando.
Camila estaba en una mesa apartada, cerca de la ventana, con la lámpara de mesa como única fuente de luz. No escuchó los pasos suaves sobre la alfombra desgastada. Solo levantó la vista cuando Sofía se detuvo justo frente a ella.
—¡Sofía! —exclamó, sobresaltada—. ¿Qué haces aquí a esta hora?
—Podría preguntarte lo mismo —respondió Sofía, con una voz baja y tranquila, sin rastro de hostilidad, pero cargada de una intensidad que heló la sangre de Camila—. Se suponía que la biblioteca cerraba a las 9.
—Me quedé estudiando. El conserje me dio permiso —mintió Camila, cerrando su cuaderno con brusquedad—. ¿Vienes a buscar algo?
—Vengo a pedirte que te alejes de lo que no te corresponde —dijo Sofía, dando un paso más cerca. Sus ojos brillaban con una luz extraña bajo la tenue iluminación—. Viste algo que no debías. Estabas espiando el casillero.
Camila se puso de pie, intentando mostrar seguridad, aunque sus manos temblaban levemente.
—No sé de qué hablas. Solo pasaba por ahí. Y si hay algo raro en ese casillero, es tu problema, no el mío. ¿Qué escondes ahí, Sofía? ¿Por qué Mateo tiene una pulsera que encontraste ahí?
—Mateo no tiene nada que ver contigo —respondió Sofía, y su tono cambió de inmediato: la calma se transformó en algo afilado y peligroso—. Y cuanto menos sepas, mejor para ti.
—¿Me estás amenazando? —preguntó Camila, con una risa nerviosa.
—Te estoy advirtiendo —replicó Sofía, acercándose tanto que Camila tuvo que retroceder hasta chocar contra el borde de la mesa—. Hay cosas que no se deben mirar. Personas que no se deben tocar. Si sigues entrometiéndote, las consecuencias no serán agradables.
Camila abrió la boca para responder, pero entonces vio algo en la mano de Sofía: un pequeño frasco transparente, similar al que había visto antes, pero esta vez contenía un líquido claro y sin olor aparente.
—¿Qué es eso? —preguntó con la voz quebrada.
—Algo que sirve para que la gente aprenda a mantenerse en su lugar —respondió Sofía, y luego, con una sonrisa fría y calculada, añadió—: Pero no es necesario llegar a eso. Solo necesitas entender que Mateo no es para ti. Que lo que hay entre nosotros es privado. ¿Entiendes?
Camila asintió rápidamente, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
—Sí… sí, entiendo. No me meteré más.
—Bien —dijo Sofía, guardando el frasco en su bolsillo—. Ahora, recoge tus cosas y vete. Y recuerda: lo que se dice en voz alta a veces vuelve como un eco inesperado.
Camila no esperó a que terminara de hablar. Guardó sus cuadernos con manos temblorosas, los metió en la mochila y salió corriendo sin mirar atrás. El sonido de sus pasos apresurados se perdió en la distancia.
Sofía se quedó sola en la biblioteca. Se acercó a la mesa donde había estado Camila y revisó rápidamente si había dejado algo. Nada. Se giró hacia la ventana y miró hacia la oscuridad exterior.
—Por ahora —susurró—. Pero si vuelves a acercarte…
No terminó la frase. No hacía falta.
15 de mayo, 6:45 a.m.
La mañana siguiente llegó con un cielo gris y una humedad pesada que se sentía en el aire. Sofía entró a la facultad con su aspecto habitual: tranquila, ordenada, inofensiva. Nadie habría imaginado lo que había ocurrido unas horas antes.
Al llegar al aula 304, vio a Mateo ya en su asiento. Tenía el libro sobre la mesa y, al verla entrar, levantó la mano en un saludo breve. Se notaba más relajado que otros días.
—Buenos días —dijo ella, acercándose.
—Buenos días —respondió él, cerrando el libro—. Ya voy por la mitad. Es increíble cómo cada frase parece tener sentido en este momento.
—A veces los libros nos encuentran cuando más los necesitamos —respondió Sofía, sentándose en su lugar.
En ese momento, la puerta se abrió. Todos giraron la cabeza esperando ver a Camila, pero ella no apareció. Pasaron los minutos, el profesor entró y comenzó la clase, pero Camila no llegó.
Sofía no se sorprendió. Sabía que la advertencia había sido suficiente por ahora. El miedo es un gran aliado para mantener a la gente alejada.
Durante la clase, Mateo sacó la pulsera del bolsillo sin darse cuenta y la dejó sobre la mesa, entre sus apuntes. La miraba de vez en cuando, como si esperara que le hablara. Sofía observaba cada uno de esos gestos con satisfacción.
Al terminar la clase, se quedaron solos, como se había convertido en costumbre.
—¿Viste que Camila no vino hoy? —preguntó Mateo, guardando sus cosas—. Es raro, nunca falta.
—Quizás se sintió mal —respondió Sofía con indiferencia—. O tal vez entendió que hay momentos en los que es mejor estar solo.
Mateo asintió, sin darle demasiada importancia. Metió la pulsera de nuevo en su bolsillo y tomó el libro.
—Oye, ¿te gustaría que te invite a almorzar? Para agradecerte por todo. El libro, la ayuda con el cálculo… todo.
Sofía sintió una oleada de placer oscuro recorrer su espalda. El aislamiento avanzaba, la confianza crecía, y ahora él buscaba su compañía de forma voluntaria.
—Me encantaría —respondió ella con una sonrisa suave, que ocultaba la posesión absoluta que sentía en su interior—. Pero yo invito. Es lo menos que puedo hacer.
—Trato hecho —dijo él, sonriendo.
Salieron juntos del aula. Mientras caminaban por el pasillo, Sofía lanzó una mirada rápida hacia el casillero 214. Estaba cerrado, ocultando su contenido. Pero ahora había algo más: el obstáculo principal se había alejado, al menos por el momento.
Esa noche, de regreso en su habitación, abrió el cuaderno n***o y escribió con tinta roja intensa:
15 de mayo, 6:50 a.m. Interferencia temporalmente neutralizada. Sujeto muestra disposición a compartir tiempo de forma voluntaria. El objeto sigue siendo portado y considerado como algo propio. La sensación de vínculo exclusivo se fortalece. Fase 3: aislamiento avanzado. Siguiente paso: profundizar la confianza hasta que no haya secretos entre nosotros. Lo que es mío debe conocerlo todo de mí, así como yo lo conozco todo de él. El siguiente frasco esperará lo que falta.
Cerró el cuaderno y lo guardó bajo llave. Luego tomó los dos frascos del casillero y los colocó en su estante personal, en su habitación, iluminados por la luz tenue de la lámpara. Dos pequeños tesoros, dos fragmentos de un futuro que ya estaba construyendo ladrillo a ladrillo.