CAPITULO 2 : Casillero 214

1258 Words
10 de mayo, 11:07 p.m. – 11 de mayo, 10:58 a.m. Sofía no durmió. Dormir significaba perder ocho horas de ventaja. A las 11:07 p.m. estaba frente al casillero 214. El pasillo estaba desierto; solo se escuchaba el zumbido monótono de las luces fluorescentes. Contó hasta tres y giró la llave. Clic. Dentro no había libros. Había un altar. Primero: la pulsera. Hilo rojo trenzado con un pequeño dije en forma de brújula. La había “encontrado” en el grupo de ventas de la facultad tres semanas atrás; la publicación fue eliminada a los ocho minutos, pero Sofía tomó la captura en el minuto dos. Era exactamente lo que a él le gustaba, según una historia de i********: de 2019 que él mismo borró poco después: “No soy de usar accesorios, pero el rojo y la brújula me llaman la atención”. Ella lo memorizaba todo. Segundo: una libreta más pequeña que la negra que llevaba siempre. Tapa de cuero azul marino. En la primera página, con letra pulcra y ordenada: Mateo Martínez. Perfil. Debajo, catorce puntos detallados: fecha exacta de nacimiento, alergia al maní, miedo a los perros grandes desde los siete años, la canción que escucha cuando está triste —Yellow, de Coldplay—, su grupo sanguíneo O positivo… Todo recopilado de conversaciones antiguas, fichas médicas filtradas en un grupo de w******p de la facultad y comentarios de amigos en r************* . Tercero: fotografías impresas en papel mate. Mateo en la cafetería, desprevenido. Mateo riéndose durante el partido de fútbol entre facultades. Mateo dormido en la biblioteca a las 3:22 a.m. Esta última no era una imagen pública; era suya. Tomada desde la puerta, con el teléfono en modo silencio y ampliando la imagen poco a poco. Él respiraba con un ronroneo suave. Al reverso escribió: 10 de marzo, 3:24 a.m. Señal 7: duerme boca abierta cuando está muy cansado. Cuarto: un frasco de vidrio vacío. La etiqueta decía con letra manuscrita: Muestra 1. Sofía aún no sabía para qué serviría, pero estaba segura de que los frascos vacíos siempre terminan llenándose. Cerró el casillero a las 11:19 p.m. Faltaban 11 horas y 41 minutos para las 11:00 a.m. 11 de mayo, 8:00 a.m. Llegó antes que el conserje. Dejó su suéter en el asiento de siempre, marcando territorio antes incluso de que saliera el sol. Volvió a revisar el casillero. Ya llevaba la pulsera en la muñeca izquierda, oculta bajo la manga para que nadie la notara, aunque ella sentía su peso constante. A las 9:07 a.m. entró al aula 304. Ocho minutos de margen, justo lo necesario. Mateo llegó a las 9:12. Cinco minutos tarde. Sofía anotó: Retraso. ¿Cansancio? ¿Duda?. Apenas cruzó el umbral, se tocó la nuca dos veces. Señal 1: quiere irse antes de empezar. La clase se hizo interminable. Otra vez Cálculo II. Sofía no levantó la mano hoy; hoy el plan era esperar, dejar que él sintiera que la necesitaba. A las 10:44, el profesor anunció: —Ejercicio para la casa. Entrega mañana. Mateo soltó un suspiro fuerte, tan fuerte que Sofía lo escuchó desde tres filas adelante. Señal 4: estrés. Sonó el timbre a las 10:45. El aula se llenó de ruido y movimiento. Sofía guardó sus cosas despacio, muy despacio. A las 10:48, el salón volvió a quedar vacío. Solo quedaban ellos dos. Ella se giró con calma: —¿Te quedas un rato? Mateo ya tenía la mochila al hombro y dudó. Sofía contó: uno, dos… —Sí —respondió él, sentándose de nuevo—. Dame diez minutos más y creo que le encuentro el sentido. Victoria. Punto dos cumplido. Cambiaron de asiento hasta quedar uno al lado del otro. Ese día, su rodilla quedó a solo 1,5 centímetros de la de él: un milímetro menos que el día anterior. Progreso. Le explicó derivadas durante dieciocho minutos. Mateo, sin embargo, casi no la miró a los ojos; su atención se desviaba hacia la pizarra. Sofía lo registró: Distraído. Nueva variable. Ajustar estrategia. A las 10:58 a.m. faltaban solo dos minutos para la hora acordada. Mateo cerró su cuaderno: —Gracias otra vez. De verdad, eres increíble explicando. Sofía sonrió con naturalidad: —Te dije que no es tan complicado. ¿Listo para ese café? Él se rascó la nuca: una vez, dos veces. Señal 1 repetida. —Ah… mira, Sofi, perdón. Me acaba de escribir mi hermano: tiene que ir al médico y me pide que lo acompañe. ¿Podemos dejarlo para otro momento? Por un instante, el aire se le atoró en el pecho. Cero coma ocho segundos sin respirar: el mismo tiempo exacto que duró el cruce de miradas el día anterior. Por fuera, su voz sonó tranquila: —Claro, no hay problema. La familia es lo primero. No te preocupes. Por dentro, pensó: Mentira. Su hermano subió una foto a la playa hace veinte minutos. Su historia está activa. No está enfermo. Asintió y se puso de pie con lentitud excesiva: —Entonces, ¿mañana a la misma hora, en el mismo lugar? Mateo relajó los hombros, aliviado: —Sí, seguro. Mañana sí sin falta. Te debo dos cafés. Salió a las 11:02, dos minutos antes de lo previsto, sin mirar atrás. Sofía se quedó sola. El silencio del aula pesaba más que el volumen del cuaderno n***o que guardaba en su mochila. Lo abrió y escribió con tinta roja: 11 de mayo, 11:00 a.m. Cancelación. Mentira confirmada: hermano en la playa. Fase 2 en riesgo. Solución: recordatorio. Pulsera activada. Se levantó y caminó directo al casillero 214. Eran las 11:05 a.m. Se quitó la pulsera de la muñeca y la observó: la brújula apuntaba firme hacia el norte… hacia donde estaba él. No la guardó. La dejó sobre el estante, en el centro, colocada con precisión, como si alguien la hubiera olvidado por casualidad. Sofía sabía que Mateo siempre pasaba por ese pasillo al salir: era el atajo más rápido. Dejó la puerta entreabierta, solo tres centímetros, lo justo para que desde afuera se viera el brillo del hilo rojo. Susurró contra el metal frío: —Vas a preguntar de quién es. Cerró la puerta sin echar la llave; el candado quedaba abierto, una invitación tácita. En el baño, frente al espejo, volvió a aplicarse el labial rojo: el que a él le gustaba. Se miró fijamente y se dijo en voz baja: —La Fase 2 no se cancela. Se adapta. Su teléfono vibró. Era un mensaje de Mateo: Perdón otra vez Sofi. Mañana sí o sí. Ella no respondió. Dejó el mensaje marcado como visto. Veintitrés horas de silencio pesan más que cuarenta y siete repeticiones de “buenos días”. Guardó el aparato. En el reflejo del espejo, detrás de ella, pasó una sombra: era Camila. Camila sonrió desde la puerta: —¿Todo bien, Sofi? Te vi hablando con Mateo. Sofía se giró despacio y devolvió una sonrisa perfecta, pero vacía: —Todo bien. Solo le ayudaba con Cálculo. Pobrecito, está bastante perdido. Camila frunció ligeramente el ceño: —Ah… qué amable eres. —Intento serlo —respondió Sofía. Camila se alejó, pero antes de salir lanzó una mirada rápida al casillero 214: vio que estaba entreabierto y distinguió el destello rojo. Sofía lo notó. Y por primera vez en todo el día, sonrió de verdad. Que Camila lo viera también formaba parte del plan. La competencia también se controla. Faltaban veinticuatro horas para las 11:00 a.m. del día siguiente. Y ahora, Mateo tenía un misterio rojo esperándolo en el pasillo.
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