14 de mayo, 7:52 a.m. – 14 de mayo, 3:19 p.m.
El sol de la mañana entraba con fuerza por las ventanas de la facultad, pero para Sofía la luz nunca lograba disipar la penumbra de sus pensamientos. Llevaba el frasco pequeño en el bolsillo interior de su chaqueta, cerca del pecho; podía sentir su presencia, fría y pesada, como un latido secreto. No era solo aire: era un fragmento de su mundo, atrapado para siempre.
Llegó al aula 304 ocho minutos antes de la hora habitual, como siempre. Pero hoy no fue directa a su asiento. Se detuvo frente al pupitre de Mateo, pasó la mano con suavidad por la superficie de madera, como si acariciara algo vivo. El olor de su loción todavía flotaba levemente en el aire, mezclado con el polvo y el papel. Sofía cerró los ojos e inhaló profundo, guardando ese recuerdo sensorial en su memoria.
—Todo en su lugar —susurró.
Se sentó en su sitio y esperó. A las 7:58, la puerta se abrió. Mateo entró. Llevaba el libro que ella le había prestado bajo el brazo, y en el bolsillo de su camisa, visible por un pequeño bulto, estaba la pulsera. No la había dejado en casa. Tal vez ya dormía con ella. Sofía sonrió con los labios apretados.
—Buenos días —saludó él al verla, acercándose con paso más ligero que otros días.
—Buenos días. ¿Dormiste bien? —preguntó ella, sabiendo perfectamente que se había despertado a las 6:15, según la luz que se había encendido en su ventana.
—Sí, más o menos. Me quedé leyendo hasta tarde —respondió él, y entonces bajó la voz, como si compartiera un secreto—. Oye, sobre lo que hablamos anoche… estuve pensando mucho. Es raro, pero siento que esa pulsera y este libro llegaron a mí por una razón.
—Las cosas suelen llegar cuando deben llegar —respondió Sofía, con una dulzura que ocultaba el filo de una navaja.
Antes de que pudieran seguir hablando, la puerta se abrió de golpe. Era Camila. Entró con paso rápido, mirando directamente a Sofía con una expresión que mezclaba curiosidad y desconfianza. Se acercó a ellos, sin pedir permiso.
—Hola, chicos —dijo, clavando la mirada primero en Mateo y luego en Sofía—. Te vi ayer en la cancha, Mateo. Jugaste muy bien. Y tú, Sofía, también estabas por allí, ¿verdad? Qué coincidencia, se ven mucho últimamente.
Mateo se rascó la nuca: Señal 1.
—Sí, coincidimos. Sofía me está ayudando con cálculo y me prestó un libro. Nada más.
—Claro, nada más —repitió Camila, con una sonrisa falsa—. Oye, Mateo, ¿qué es eso que llevas en el bolsillo? Se ve rojo.
La mano de Mateo se movió instintivamente para cubrir el objeto.
—Nada importante. Algo que encontré.
—¿Algo que encontraste? —Camila arqueó una ceja—. ¿No será esa pulsera que vi en el casillero abierto el otro día? El 214, ¿verdad?
Sofía sintió cómo la tensión se espesaba en el aire, pero no se inmutó. Mantuvo la mirada tranquila, casi indiferente.
—¿Estabas espiando casilleros ajenos, Camila? —preguntó con suavidad, pero con una precisión que cortó la conversación.
Camila se sonrojó levemente.
—No espiaba, pasaba por ahí y estaba abierto. Cualquiera lo habría visto.
—Cualquiera que tenga tiempo de mirar lo que no le importa —respondió Sofía, y luego cambió de tono, volviéndose hacia Mateo como si Camila ya no existiera—. El profesor va a llegar. ¿Quieres que repasemos el ejercicio de ayer antes de que empiece?
Mateo asintió, agradecido por desviar la atención.
—Sí, por favor.
Camila se quedó unos segundos más, sintiéndose ignorada, y finalmente se fue a su asiento, lanzando una última mirada aguda a Sofía. Esta no le devolvió la mirada. Camila era solo una molestia pequeña, un insecto que zumbaba demasiado cerca. Y los insectos se pueden alejar.
14 de mayo, 12:47 p.m.
La clase terminó y el aula se vació rápidamente. Sofía se quedó esperando, como de costumbre. Mateo guardó sus cosas despacio, como si no tuviera prisa por irse.
—¿Te quedas un momento? —preguntó ella, con la misma pregunta que ya se había convertido en un ritual.
—Sí —respondió él sin dudar.
Se sentaron lado a lado. Esta vez, sus rodillas se tocaron y ninguno de los dos se apartó. Sofía explicó el tema con calma, pero mientras hablaba, sus ojos no miraban la pizarra: estudiaban cada gesto, cada parpadeo, cada respiración.
—¿Todo bien? —preguntó él de repente, interrumpiéndola.
—Sí, ¿por qué?
—Te ves… muy atenta. Como si quisieras memorizar todo.
—Me gusta entender las cosas bien —respondió ella, y luego añadió con una sonrisa suave—. Y más si es para explicártelo a ti.
Mateo desvió la mirada, algo turbado, y metió la mano en el bolsillo para tocar la pulsera.
—Oye, Sofía… ¿tú crees que es malo sentir que algo te pertenece aunque no sepas de dónde viene?
Sofía inclinó la cabeza, acercándose un poco más. El aroma de su perfume —el mismo que ella había notado que le gustaba a él en otras chicas— envolvió el aire.
—No es malo. Es instinto. A veces sabemos que algo es nuestro incluso antes de verlo claramente. Solo hay que tener el valor de quedárselo, sin importar lo que digan los demás.
Sus palabras se clavaron en él como agujas suaves pero profundas. Asintió lentamente.
—Tienes razón.
En ese momento, el celular de Mateo vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Camila: Esta tarde hay una reunión del grupo de estudio en la biblioteca, te esperamos.
Mateo lo leyó y frunció el ceño. Dudó un segundo y luego guardó el teléfono sin responder.
—¿No vas a ir? —preguntó Sofía, aunque ya sabía la respuesta.
—No, no tengo ganas. Es siempre lo mismo, hablan de todo menos de la materia. Además, prefiero terminar de leer el libro.
Sofía sintió una oleada de satisfacción fría. El aislamiento comenzaba sin que él lo notara. Poco a poco, las demás personas empezarían a parecerle ruidosas, superficiales, innecesarias. Solo ella sería la que entendiera, la que estuviera en silencio, la que estuviera siempre ahí.
—Entiendo —dijo ella—. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.
Se despidieron y salieron juntos del aula, pero Sofía se detuvo antes de llegar a la salida principal.
—Olvidé algo en el casillero. Nos vemos mañana.
—Claro, hasta mañana.
Cuando Mateo se alejó, Sofía giró y caminó rápidamente hacia el ala desierta. Llegó al casillero 214 y lo abrió. Allí estaban los frascos: el vacío original y el nuevo, sellado con cera, con una etiqueta pequeña que decía: Muestra 1: Aire. 14/05.
Lo tomó y lo acercó a su nariz. Cerró los ojos. Por un instante, pudo imaginar que estaba allí, respirando el mismo aire.
Pero entonces escuchó un ruido leve a sus espaldas. Un crujido de suela de zapato sobre el piso de cemento.
Se giró rápido. El pasillo estaba vacío, pero al final, justo antes de doblar la esquina, vio una sombra que se desvaneció. Un mechón de cabello oscuro, una chaqueta azul.
Camila.
La había seguido.
Sofía no se alteró. Simplemente cerró el casillero con llave y guardó el frasco en su bolsillo. Una sonrisa lenta y oscura se dibujó en su rostro.
—Eres muy curiosa, Camila —murmuró al aire—. Pero la curiosidad tiene consecuencias.
Salió del pasillo, tranquila, pero con una nueva decisión tomada. Camila no era solo una molestia. Era un obstáculo. Y los obstáculos, como las puertas cerradas, se pueden abrir… o bloquear para siempre.
Esa noche, en su cuaderno n***o, escribió con trazo firme y tinta roja muy oscura:
14 de mayo, 3:19 p.m. Observación: Sujeto muestra rechazo hacia el grupo y prefiere la soledad o mi compañía. Objeto sigue siendo llevado consigo. Factor de riesgo: Camila ha mostrado un interés excesivo y posiblemente ha espiado. Ya conoce la ubicación del casillero. No puede saber qué hay dentro. Fase 3: Aislamiento en curso. Medida adicional: Eliminar interferencias. Lo que está entre nosotros no debe ser visto por ojos ajenos.
Cerró el cuaderno y acarició el frasco en su bolsillo. Nada ni nadie se interpondría. No esta vez.