21 de mayo – Desde el amanecer hasta las 10:00 p.m.
El calor de Barranquilla no da tregua, ni siquiera cuando amanece. Al despertar, Sofía sintió que el aire era más espeso que el día anterior, como si el mismo ambiente quisiera atrapar cualquier secreto que intentara escapar. Lo primero que cruzó por su mente fue el hilo transparente que había colocado en el depósito; contaba con que fuera su guardián silencioso, una barrera fina pero infalible contra miradas ajenas.
Llegó a la facultad antes de que el sol iluminara del todo las fachadas. Sus pasos eran rápidos y silenciosos, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Al doblar el pasillo hacia la zona olvidada, redujo la marcha y se acercó despacio, entrecerrando los ojos para distinguir el detalle casi invisible. Un segundo después, la sangre pareció congelársele en las venas: el hilo estaba roto.
No hubo señales de fuerza, ni cerraduras dañadas, ni muebles movidos en la entrada. Parecía intacto para cualquiera que pasara por ahí sin saberlo, pero para ella esa pequeña ruptura era un grito de alarma. Entró con cuidado, revisó cada rincón, cada caja, cada centímetro de la caja metálica. Todo seguía en su lugar, nada faltaba, nada parecía haber sido tocado… y eso fue lo que más la asustó. Quienquiera que hubiera estado allí no buscaba robar: solo buscaba confirmar que algo valioso existía.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Camila desayunaba en silencio, repasando mentalmente lo que había visto la noche anterior. Había esperado a que Sofía se alejara lo suficiente, se había acercado con extrema precaución y había notado el hilo antes de tocar el pomo. No lo rompió por accidente —lo deslizó con paciencia, lo soltó y lo dejó caer a propósito: quería que Sofía supiera que ya no estaba sola en su juego. Era una advertencia silenciosa: Sé dónde lo guardas. Y pronto entraré cuando tú no puedas vigilarlo.
Esa mañana, en el salón de clases, la atmósfera se volvió casi irrespirable. Sofía mantenía su postura erguida, su voz suave y sus respuestas perfectas, pero sus ojos iban una y otra vez hacia la puerta, hacia el reloj, hacia el rincón donde sabía que estaba su mayor tesoro… y su mayor debilidad. Cada vez que cruzaba la mirada con Camila, sentía que le leía el pensamiento. En la mirada de su rival ya no había dudas: había paciencia calculada, como la de un cazador que ya conoce el refugio de su presa.
Durante el receso, Mateo se acercó de nuevo, notando su palidez.
—Te ves cansada —le dijo con ternura—. ¿Algo ha pasado?
Sofía apretó con fuerza los dedos alrededor de su bolso.
—Alguien se ha acercado demasiado —susurró con voz baja—. No ha cogido nada, pero ha visto que protejo algo. Eso significa que ahora va a intentar averiguar qué es.
—Podemos hablar con el director, pedir vigilancia especial —propuso él de inmediato.
—No —respondió ella con firmeza, aunque con miedo latente—. Si llamamos la atención, haremos que todos miren exactamente donde no deben mirar. Tengo que resolverlo yo misma.
Pero esa misma tarde, Camila dio el siguiente paso. Aprovechó un momento en que el conserje estaba ocupado reparando una puerta en el ala nueva y se acercó a la oficina de administración. Con una sonrisa convincente y una historia bien preparada —que necesitaba consultar documentos antiguos para su tesis sobre la historia de la universidad— logró ver los registros de asignación de espacios. Allí estaba escrito, con letra clara: Depósito ala sur, permiso especial a nombre de Sofía Varela, para trabajos de investigación confidenciales.
“Confidencial”, repitió para sí misma al salir, guardando esa palabra en su memoria. Cuanto más se oculta algo, más importante suele ser.
Cuando la noche cayó de nuevo sobre Barranquilla, trayendo consigo el sonido lejano de las olas y el canto de los grillos, ambas volvieron a girar en torno a ese mismo punto. Sofía regresó para reforzar la cerradura, colocar dos marcas más de control y revisar incluso las rendijas de ventilación. Esta vez, también escondió un pequeño dispositivo que captaba cualquier sonido en la habitación: si alguien entraba, ella lo escucharía al instante.
Desde las sombras, Camila observó todo una vez más. Apuntó en su cuaderno con trazos firmes: Refuerza sus defensas = confirma que hay algo que vale la pena defender. No hay vuelta atrás.
Antes de marcharse, Sofía apoyó una mano fría sobre la caja metálica y murmuró como si hablara con el pasado:
—Me has mantenido a salvo hasta ahora… pero si me descubren, todo lo que construí se desmoronará.
A kilómetros de distancia, bajo la misma luz de luna que se filtraba entre las nubes cargadas de humedad, Camila cerró su cuaderno y sonrió levemente:
—El hilo está roto, Sofía. El juego ya no es de vigilancia… ahora empieza la carrera para encontrar la verdad.
Y sobre el viejo edificio de la facultad, el viento del Caribe sopló más fuerte, llevando consigo el presagio de que la próxima vez que esas puertas se abrieran, ya no habría lugar para secretos.