CAPITULO 11 : El peso de la duda.

1097 Words
16 de mayo, 12:30 p.m. – 17 de mayo, 1:40 a.m. El calor de la tarde se filtraba por las ventanas altas de la facultad, pero dentro de los pasillos la sensación era de encierro y silencio pesado. Sofía caminaba despacio, con la mochila colgada de un solo hombro, y en su mente repasaba cada palabra que había dicho minutos antes. Sabía que había ganado esa ronda, pero también sabía que las semillas que Camila había sembrado no se marchitaban tan fácil. Permanecían ahí, enterradas bajo la confianza, esperando el momento justo para brotar. Se detuvo frente al casillero 214. Lo abrió con un movimiento rápido y seguro, revisando que todo estuviera en su sitio: la libreta con sus anotaciones, las fotografías cuidadosamente guardadas, los dos frascos pequeños que brillaban con luz propia en la penumbra. No agregó nada nuevo, solo los acarició con la punta de los dedos, como si fueran algo vivo que debía vigilarse de cerca. —Todo sigue en su lugar —murmuró en voz baja, cerrando la puerta con un sonido metálico que resonó en el pasillo vacío. Mientras tanto, a unos metros de distancia, Mateo caminaba sin rumbo fijo. Había salido del aula, pero no tenía ganas de ir a almorzar ni de reunirse con sus amigos. Las palabras de ambas mujeres daban vueltas en su cabeza, chocando unas contra otras como piedras en un río. Por un lado, estaba Sofía: siempre presente, siempre dispuesta, nunca pidiendo nada a cambio. Por otro, Camila: desesperada, acusadora, hablando de cosas que parecían sacadas de una pesadilla. Se llevó la mano al bolsillo y sacó la pulsera. La sostuvo entre sus dedos, observando el hilo rojo y la brújula que seguía señalando al norte sin fallar. ¿Era posible que fuera de Sofía? Si lo era, ¿por qué no lo decía? Y si no lo era, ¿por qué sentía esa sensación extraña, como si ya le perteneciera desde antes de encontrarla? Decidió no ir a casa todavía. Se dirigió a la biblioteca, buscando un lugar tranquilo para ordenar sus pensamientos. Se sentó en una mesa apartada, lejos de las ventanas y de las miradas, y abrió el libro que Sofía le había prestado. Leyó unas líneas, pero no lograba concentrarse. Las palabras se mezclaban con las frases que había escuchado: “te espía”, “tiene cosas raras”, “es de confianza”, “te quiere para sí”. 16 de mayo, 6:15 p.m. El sol empezaba a esconderse tiñendo el cielo de tonos naranjas y morados cuando Camila salió de la universidad. No se había ido a casa durante la tarde; había pasado las horas revisando papeles, buscando alguna prueba, cualquier cosa que le sirviera para demostrar que tenía razón. Pero no encontró nada. Sofía había construido su mundo con tanto cuidado que no dejaba grietas visibles. Sin embargo, no se rindió. Sabía que, si Sofía usaba ese casillero, debía haber alguna forma de saber quién era su dueño real. Se dirigió a la oficina de administración, donde guardaban los registros antiguos. El encargado estaba a punto de cerrar, pero ella se acercó con una excusa preparada: buscaba datos de una amiga que había estudiado años atrás. —¿El casillero número 214? —preguntó el hombre, hojeando un libro de hojas amarillentas—. Déjeme ver… hace años que no se asigna. Quedó fuera de servicio por una reparación que nunca se terminó. —¿Nadie lo usa? —insistió Camila, con el corazón latiéndole fuerte. —Nadie oficialmente —respondió el hombre, encogiéndose de hombros—. A veces la gente toma llaves antiguas o las hace copias. No tenemos control sobre lo que ya no está en uso. Esa respuesta no le daba pruebas, pero confirmaba sus sospechas: Sofía estaba usando algo que no le correspondía, en secreto, sin autorización. Era un detalle pequeño, pero era algo. De regreso a casa, mientras caminaba por las calles oscurecidas, sacó su celular y buscó el nombre de Sofía en todos los grupos y listas de estudiantes. No encontró nada extraño en su historial académico: buenas notas, sin amonestaciones, ninguna queja. Parecía perfecta, demasiado perfecta. Y Camila sabía muy bien que nada en la vida era tan impecable. 17 de mayo, 1:40 a.m. En la otra punta de la ciudad, Sofía también estaba despierta. Su habitación estaba a media luz, solo iluminada por una lámpara pequeña sobre su escritorio. No escribía en el cuaderno n***o, sino que miraba fijamente las fotografías que había tomado de Mateo a lo largo de las semanas. Cada una tenía una fecha, un lugar, un detalle que solo ella entendía. Sabía que Camila no se detendría con una simple advertencia ni con el chantaje sobre el examen. Podía callarse por un tiempo, pero tarde o temprano buscaría otra forma de actuar. Y también sabía que las dudas en la mente de Mateo eran peligrosas: si él empezaba a preguntarse demasiado, si buscaba respuestas por su cuenta, todo lo construido con tanto cuidado podría desmoronarse. Se levantó y se acercó a la ventana. Desde ahí podía ver las luces lejanas del barrio donde vivía Mateo. Sabía que a esa hora él solía estar despierto, leyendo o dando vueltas en su cama, pensando en lo que le habían dicho. —Tienes que elegir —susurró contra el cristal frío—. Y vas a elegirme a mí. Porque yo soy la única que te conoce de verdad. La única que sabe lo que necesitas antes de que tú mismo lo sepas. Mientras decía esto, sacó de su bolsillo la pulsera que había usado para dejarla en el casillero, idéntica a la que ahora llevaba Mateo. La había hecho ella misma, trenzando el hilo rojo durante varias noches, eligiendo cada detalle con precisión. No era un objeto cualquiera: era un puente, una cuerda invisible que lo ataba a ella sin que él pudiera verlo. Y en ese momento, en la habitación de Mateo, él también tenía la pulsera en la mano. La apretó con fuerza contra su pecho, como si buscara en ella alguna respuesta. Al cerrar los ojos, no vio amenazas ni secretos: solo vio a Sofía, sonriendo, explicándole los ejercicios, prestándole libros, escuchándolo sin juzgarlo. Era más fácil creer en lo que sentía que en lo que no entendía. En la oscuridad de la noche, las piezas seguían moviéndose. Camila planeaba cómo demostrar la verdad. Mateo luchaba por ordenar sus sentimientos. Y Sofía, en silencio, ya estaba preparando el siguiente paso para asegurarse de que, al final, no quedara ninguna duda posible.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD