17 de mayo, 7:40 a.m. – 17 de mayo, 6:20 p.m.
El amanecer trajo una humedad espesa que se pegaba a la piel y a las paredes de la facultad. Sofía llegó antes de que abrieran las puertas principales, como si el tiempo le sobrara para asegurarse de que todo estuviera en su sitio. Pasó por el casillero 214 solo un instante: comprobó que el candado estuviera firme, que nada hubiera sido movido, y siguió su camino hacia el aula 304.
Cuando entró, Mateo ya estaba allí. Esta vez no miraba por la ventana ni jugaba con el lápiz. Tenía la pulsera sobre el pupitre, entre sus manos, y al verla acercarse la guardó rápidamente en el bolsillo, como si le hubieran sorprendido haciendo algo prohibido.
—Buenos días —saludó Sofía con la misma calma de siempre, aunque notó al instante la tensión en su postura.
—Buenos días —respondió él, sin levantar mucho la vista.
Durante los primeros minutos de clase, Sofía no dijo nada. Dejó que el profesor hablara, que el ruido de las explicaciones llenara el espacio, mientras observaba de reojo cómo Mateo fruncía el ceño, cómo mordía el interior de su mejilla —esa señal que ya conocía de memoria— cada vez que sus pensamientos se desviaban de la lección.
Sabía que no podía dejar que esa duda creciera más. Tenía que convertir la incertidumbre en certeza, pero a su favor.
Al sonar el receso, cuando el aula se quedó casi vacía, Sofía se giró hacia él con un gesto tranquilo.
—Mateo, sé que estás confundido. Lo noto en tu cara desde ayer.
Él levantó la vista, sorprendido de que ella lo mencionara primero.
—Es que… no sé qué pensar. Una persona dice una cosa, otra dice otra, y yo solo quiero entender qué es real y qué no.
Sofía asintió despacio, como si comprendiera perfectamente su estado.
—Te voy a contar algo que no le he dicho a nadie —empezó, bajando la voz como si compartiera un secreto muy íntimo—. La prima que me dio permiso para usar ese casillero… hace un año tuvo un problema muy parecido. Una chica que se sentía desplazada empezó a inventar historias sobre ella, a decir que escondía cosas, que tenía malas intenciones. Todo porque quería acercarse al chico que le gustaba. Al final, nadie le creyó a la acusadora, pero el daño ya estaba hecho.
Mateo la escuchaba con atención, cada palabra clavándose en su mente.
—¿Quieres decir que Camila hace esto por celos?
—No lo sé con seguridad —respondió Sofía, mirándolo directamente a los ojos—. Pero piénsalo: ¿qué pruebas tiene? ¿Te ha mostrado alguna foto, algún documento, algo que no sean palabras? En cambio, yo estoy aquí, te ayudo, te presto lo que necesito, no te pido nada más que confianza. ¿Es eso tan difícil de creer?
Antes de que él pudiera responder, la puerta se abrió de golpe. Camila entró, con el rostro tenso, los ojos cansados de no haber dormido y una determinación que le daba un aire casi desesperado. No se detuvo en su sitio, sino que caminó directo hacia donde estaban ellos dos.
—¡Ya basta de mentiras! —gritó, llamando la atención de los pocos que quedaban en el pasillo—. Mateo, no te dejes engañar. Sé que el casillero no está registrado, que ella lo usa sin permiso, que guarda cosas que no debería tener.
Sofía se puso de pie despacio, con una expresión de dolor y sorpresa, como si la acusación le doliera profundamente.
—Camila, ¿por qué sigues con esto? ¿Qué ganas con difamarme? ¿Acaso no te advertí que no quería problemas?
—¡Porque tú eres el problema! —replicó Camila, y luego se volvió hacia Mateo—. ¿Quieres ver lo que hay en ese casillero? Vamos ahora mismo. Si no tienes nada que ocultar, Sofía, ¿por qué no nos acompañas y nos lo muestras?
Por un segundo, el aire se detuvo. Mateo miró a una y otra, buscando alguna señal, alguna reacción que le dijera quién decía la verdad. Sofía notó esa mirada vacilante y actuó con rapidez: bajó la cabeza, como si se sintiera ofendida, y habló con voz temblorosa, casi quebrada.
—Si tanto lo deseas… vamos. Pero te advierto que cuando veas que no hay nada extraño, tendrás que disculparte. Y después, tendré que pensar si debo denunciar estas calumnias ante la dirección.
Camila sonrió con amargura.
—Adelante. No tienes nada que temer, ¿verdad?
Los tres caminaron en silencio hacia el ala antigua. Cada paso que daban aumentaba la tensión en el aire. Mateo iba en medio, sintiéndose como si estuviera caminando hacia una respuesta que podría cambiarlo todo.
Al llegar frente al casillero 214, Sofía sacó la llave. Sus dedos parecían firmes, sin vacilar, aunque por dentro calculaba cada milisegundo. Sabía que Camila había visto las fotos, los frascos, las anotaciones… pero también sabía que podía cambiar la historia para que todo pareciera inocente.
Giró la llave. El candado se abrió con un sonido seco. Abrió la puerta de par en par, dejando ver el interior.
—Miren —dijo con calma.
Dentro no había fotos espiadas ni frascos etiquetados como “muestras”. Solo se veían libros viejos, cuadernos de apuntes antiguos, una caja de cartón cerrada con una cinta y algunos útiles de escritura. Todo parecía desordenado pero normal, como el lugar donde alguien guarda cosas que no usa a diario.
Camila se quedó con la boca abierta, paralizada.
—No… no es así —murmuró, acercándose para revisar—. Había fotos, había frascos pequeños…
—¿Fotos? ¿Frascos? —preguntó Sofía, fingiendo confusión—. Aquí no hay nada de eso. ¿Te lo inventaste para asustarnos?
Mateo miró el interior, luego miró a Camila. La expresión de duda en su rostro se transformó poco a poco en decepción.
—Camila… ¿de verdad me hiciste venir hasta aquí para ver esto?
—¡No lo entiendes! Ella lo cambió, lo escondió antes de que llegáramos —gritó ella, desesperada, metiendo las manos entre los libros para buscar algo, cualquier cosa—. ¡Estaba aquí ayer!
—Basta —dijo Mateo con voz firme, apartándola suavemente—. Ya es suficiente. No hay nada. Solo estás armando un escándalo por nada.
Camila se detuvo, con las manos temblando, y vio cómo la miraban: Sofía con tristeza fingida, Mateo con desconfianza. Se dio cuenta de que había perdido esa batalla. Sofía había anticipado su movimiento, había reorganizado todo durante la noche, había borrado cualquier rastro que pudiera levantar sospechas.
—Te crees muy lista, ¿verdad? —le susurró Camila a Sofía, con odio contenido—. Pero la verdad siempre sale a la luz.
—Ojalá —respondió Sofía en voz baja, solo para que ella lo oyera—. Pero mientras tanto, nadie te va a creer.
Mateo le pidió a Camila que se calmara y que se fuera, y ella, sintiéndose humillada y derrotada por el momento, salió corriendo del pasillo, dejándolos solos.
Sofía cerró el casillero despacio, guardando la llave en su bolsillo. Mateo se quedó unos segundos en silencio, luego suspiró y se pasó la mano por el cabello.
—Lo siento mucho —dijo él—. No sabía que llegaría a tanto. Te pido perdón por dudar de ti.
—No tienes que disculparte —respondió Sofía con una sonrisa suave, acercándose un poco más—. Es normal querer saber la verdad. Ahora ya la tienes.
En ese instante, Mateo sintió un alivio inmenso, como si le hubieran quitado un peso de encima. La duda se había convertido en culpa por haber desconfiado, y esa culpa lo acercaba más a ella, más de lo que cualquier confianza inicial lo habría hecho.
Mientras caminaban de regreso hacia el aula, Sofía notó cómo él volvía a tocar la pulsera en su bolsillo, con más tranquilidad que antes. Sabía que por ahora tenía el control total. Pero también sabía que Camila no se rendiría fácilmente, y que tendría que vigilar cada paso que diera de aquí en adelante.