Sergio seguía arrodillado frente a mí, con mis dedos entre los suyos, esperando. Esperando que dijera algo más, que le diera una pista, una dirección, cualquier cosa que le indicara si esto se salvaba o se rompía del todo. Sus ojos estaban fijos en los míos, suplicantes sin llegar a suplicar. Y yo… yo solo sentía un cansancio inmenso, como si hubiera corrido una maratón emocional durante años y ahora, por fin, hubiera llegado a la meta para descubrir que no había nadie esperándome con una medalla. —No sé qué más decirte —murmuré al fin, con la voz tan baja que casi se perdió en el ruido lejano del tráfico de la calle—. Ahora mismo… no me apetece hablar más. Él parpadeó, como si no esperara esa respuesta. Como si hubiera preparado un discurso entero y yo le hubiera cortado el hilo antes d

